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La
luz de la vivienda situada al otro
lado de la estrecha callejuela se
reflejaba en el espejo del armario,
incidiendo directamente sobre los
ojos de Miguel, pero no se atrevió
a levantarse y bajar la persiana por
temor a despertar a Angya. Observó
durante unos instantes su reflejo
en el espejo del armario y se notó
extraño, como si no se reconociera,
como si fuera otro a quien miraba.
Se giró en la cama muy despacio,
procurando mover el colchón
lo menos posible para no perturbar
el descanso de Angya, pero al volverse
descubrió a ésta con
la vista clavada en el techo de la
habitación y el rostro descompuesto.
Un brillo húmedo alrededor
de sus ojos delataba que había
estado llorando. Angya no se movió,
se limitó a respirar profundamente
de manera entrecortada, con la mirada
perdida en la oscuridad del cielo
raso. Miguel no podía arrodillarse
ante la vida y suplicarle para que
devolviera a Angya todo lo que había
ido robándole. El era sólo
un muchacho compartiendo la intimidad
con una mujer que, por edad, bien
podría ser su madre.
La luz de la casa de enfrente se apagó
con las primeras luces del alba; como
las ilusiones de Angya. Como la vida
truncada de su pequeño hijo
Jaime.
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