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Estaba
en la sala cuando la vio entrar. Angya
era, sin lugar a dudas y con diferencia,
la mujer más atractiva que
había visto jamás. No
muy alta, pero estilizada, sus facciones,
extraordinariamente delicadas, parecían
haber sido cinceladas con una precisión
fuera de este mundo: los labios finos
y carnosos; la nariz, ni grande ni
pequeña, proporcionada y ligeramente
respingona; el cabello rubio, suelto,
formando una melena que le llegaba
a los hombros y le daba un aire despreocupado
y jovial. Y sus bellísimos
ojos azules, ¡oh, Dios mío!,
eran como dos ventanas desde las que
su alma acariciaba con delicadeza
todo lo que se encontraba a su alrededor.
¿Era posible que aquella bellísima
mujer, en cuyo rostro el paso del
tiempo aún no había
dejado huella, le doblase la edad?
Fue un instante muy breve, pero ella
debió captar todos y cada uno
de sus pensamientos, porque cuando
Miguel volvió en sí
la descubrió mirándole
con fijeza y sin pestañear
a través de sus ojos del color
del mar al atardecer, como si se tratara
de una aparición. Cuando Angya
distendió sus facciones y le
sonrió, obsequiándole
con un par de besos, Miguel creyó
deshacerse.
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