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Llegaron
al atardecer, con el sol ya muy bajo;
se descalzaron y pasearon por la orilla
de aquella playa interminable de arena
blanca y fina hasta que la noche les
robó el azul del mar. Apenas
guardaba algún recuerdo de
la conversación que mantuvieron;
el tiempo se había llevado
consigo sus palabras, incluso su voz,
pero no había conseguido aún
borrar los destellos de los últimos
rayos de sol reflejados en las pupilas
de Angya cuando ésta le miró.
Sucedió algo más tarde,
en un rincón en penumbra y
apenas transitado del paseo. Sus miradas
se volvieron a hacer una, y se quedaron
suspendidos en un instante infinito
que les invitó a aproximarse
y a fundirse lentamente en un abrazo
de amantes, y a besarse y acariciarse
los brazos, el rostro y el cabello,
sintiendo cómo sus ojos lloraban
y las lágrimas mojaban poco
a poco sus mejillas. Estuvieron abrazados
el uno al otro mucho tiempo, primero
de pie y luego sentados en uno de
los bancos del paseo, escuchando las
gaviotas y el ruido de las olas rompiendo,
una a una, sobre la playa desierta
y el armazón de madera del
pequeño embarcadero. Y el tacto
de sus labios y el olor de su perfume
y el de su piel, y sus ojos claros
buscándole desde algún
punto fuera del tiempo y del espacio
en el que Angya se hacía uno
con él.
Y en aquel rincón oscuro sintió
por vez primera la aterradora angustia
de su ausencia. Sucumbió para
siempre la materia de la que estaba
hecha la emoción de amor de
ese recuerdo y se hundió en
el Universo.
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