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Brooklyn
Heights era un barrio lleno de seducción,
con hermosas callejuelas con nombres
de frutas y de árboles, como
Cranberry, Orange, Willow o Pineapple
Street. Un barrio residencial y burgués
con preciosas casitas cubiertas de
hiedra a las que se accedía
desde la calle a través de
escalinatas flanqueadas por antiguos
pasamanos en hierro forjado. Cranberry
Street, como la mayoría de
las calles de Brooklyn Heights, era
un remanso de paz, una callejuela
irregular y algo estrecha en la que
los vehículos sólo podían
estacionar en uno de sus márgenes
y desde la que era posible percibir
el eco profundo de las sirenas de
los barcos entrando y saliendo de
la bahía de Nueva York, el
suave rumor de las hojas de los árboles
que tamizaban la mágica luz
de sus aceras e incluso el retumbar
de los pasos de algún que otro
caminante solitario. Un rincón
urbano idílico situado frente
a la selva humana de Manhattan, que
se alzaba en la otra orilla del East
River como un giganteso y despiadado
sumidero de almas anónimas.
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