Carta a Azucena
Luis de la Fuente (2017)
 

Carta a Azucena
No, Azucena, no sufrí un accidente de coche; tampoco enfermé gravemente ni tuve que salir del país a toda prisa por haber cometido algún delito inconfesable. No era un hombre casado cuando nos conocimos ni mantenía ninguna otra relación con otra mujer. Bueno, sobre este último supuesto, eso era al menos lo que hubiese asegurado entonces.

He intentado durante todos estos años sin éxito recordar cómo y dónde nos conocimos, pero sólo me viene a la cabeza aquel primer día, cuando te fui a buscar a la salida del trabajo. ¿Recuerdas? No podía dejar de mirar tu rostro, al que hace relativamente poco asocié al de la actriz Blythe Danner, imaginando cómo podrías quizá ser hoy, veinticinco años después de nuestro encuentro.

¿Por qué alguien que te trató con modales exquisitos, que no podía apartar su vista de ti, que te besó en los labios con tanta delicadeza desapareció del horizonte de sucesos de tu vida como un fantasma, evaporándose sin más? ¿Por qué no volví a ponerme al teléfono, parapetándome tras un contestador automático?

Tuve el primer encuentro con quien ahora es mi compañera un año antes de conocerte. Pero creí que algo no había salido bien. Y lo creí porque, tras esas primeras citas, perdimos el contacto. Se dieron tal cúmulo de casualidades para que las circunstancias convergieran de tal modo que si tratara de describirlas en este misiva, sólo conseguiría hacer las cosas más incomprensibles todavía. Lo cierto, Azucena, es que cuando te conocí ya había dado por perdida cualquier posibilidad de reencuentro con aquel intento de amor. A lo largo de todos esos meses surgió en mí una indefinible sensación de apremio en forma de voz interior que me decía "a qué esperas, tienes ya casi treinta años, busca una mujer con quien compartir tu vida".

Y en ese punto tu bellísimo rostro se materializó frente a mi. Tu forma de ser, de comportarte, de moverte, tu educación, tu elegancia, la paz que emanaba de ti me conquistó. ¡Y vaya cómo lo hizo! Sí, Azucena, mirarte era como mirar al mar, y disfruté esas pocas semanas perdiéndome en los brillos de tus ojos azules, que eran, sin duda, los más bonitos en los que me había visto reflejado jamás. ¿Recuerdas las alabanzas de José Pedro cuando nos dirigimos a su camerino tras finalizar la obra de teatro? No me incomodó que él sintiera lo mismo que yo al verte. ¡Quién en su sano juicio no podría sucumbir ante tu belleza!

Pero el destino quiso que aquel amor que conocí antes que a ti se cruzara fortuitamente de nuevo conmigo y sucedió que fue como si el tiempo no hubiese transcurrido. No alcanzo a comprender por qué el destino me enfrentó en el cruce de dos calles a un dilema irresoluble.

Sabía que la que ahora es mi compañera me necesitaba, o al menos necesitaba de una persona como yo, que quizá no sea lo mismo, pero no llegué a tener la intimidad suficiente contigo para conocer hasta qué punto podría tu ser necesitarme. Ante esa aciaga encrucijada, me vi obligado a admitir que no hubiera sido capaz de mirarte a los ojos y decirte adiós. Tu mirada me hubiese embriagado y la decisión hubiese quedado en suspenso, postergada tal vez indefinidamente... Dejar desgranar tu voz en el contestador asumiendo que no volvería a verte de nuevo, además de tremendamente doloroso para mí, fue una actitud reprobable. Pero ¡cómo hubiese podido dejar morir al amor más antiguo si era como una parte de mi mismo reencontrada! Mi amor te liberó de una vida de carencias que asumió con resignación y al que debo mi más absoluta gratitud, pues padeciéndola nunca dejó de estar a mi lado. Te liberó de mis circunstancias y lo hizo con entereza, superando sus propias limitaciones, sus temores, sus penas e inquietudes, su salud a ratos precaria, acompañándome en el viaje de la vida sin perder la esperanza.

Aunque me separase de ti, Azucena, aunque nuestras almas no llegaran del todo a conocerse, en un lugar en mi corazón hay una llama que no se apaga. No importa cuánto tiempo haya transcurrido. Donde quiera que vaya una parte de ti siempre va conmigo.

 
 
 
 
Autores
Luis de la Fuente
Alberto Garijo
 
Textos breves
Luis de la Fuente
Alegoría
A oscuras
Angya
Año Nuevo
Azul
Brooklyn Heights
Cuando nos hayamos ido
El amor los besó
El callejón
El hijo del mecánico
El hogar roto
El rumor
Flotando
Herrumbre
Insomnio azul
Justo y Teófila
La casa de mis abuelos
La ducha
La explosión
La llamada
La mujer del marinero
La partida
Long Beach
Mi infancia se quedó allí
Nocturno
Ojos líquidos
Sag Harbor
Se atenúa la risa
Su primer viaje a Nueva York
Todo había terminado
Un destello de consciencia
Un recuerdo
Una canción de amor
Una estación de tren...
 
Alberto Garijo
Azar eólico
Contacto cósmico
Don Fulgencio
El peor piso de la ciudad
Estirpe Báquica
Instinto, instinto
La antena parabólica
La emanación
La sinceridad del batracio
Las fuentes del río Padre
Manolo echa una cana al aire
Mi auditorio
Misterio menor
Orbital
Otro papelucho más
Productos Concienzudos, S.A.
Reflejos íntimos
Sinonimia frutal
Un bulo
 
Novela corta
Las sombras
 
Guiones cinematográficos
La casa vacía
Momentos
 
Creatividad
Láminas, bolsos, relojes...
 
Transcomunicación
Psicofonías y psicoimágenes
 
In Memoriam
In Memoriam
 
Enlaces de interés
Enlaces de interés
 
Contacto
staff[arroba]dosautores.com
 
 
Advertencia legal: todos los contenidos de esta página están sujetos a copyright.
Cualquier plagio de los textos o imágenes publicados en www.dosautores.com será puesto en conocimiento de los juzgados de Madrid y/o San Sebastián.
Esta actuación se hará extensiva a la publicación de la totalidad, o parte del texto, fuera o dentro de internet, sin consentimiento por escrito del correspondiente autor.
 
Ayudan a mantener este espacio en la red:
www.25kmh.es
www.alquilerplaya.com