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La clientela del supermercado asistía
con desigual atención al derroche
de vitalidad comunicativa que protagonizaba
aquel individuo. Sus ademanes rápidos
y comentarios chistosos suscitaron
toda clase de reacciones, desde miradas
compasivas a sonrisas cómplices.
No faltó incluso algún
bisbiseo peyorativo que el espontáneo
animador se apresuró a eliminar
al casi grito de "¡Silencio,
silencio! ¡Hoy es el día
de don Fulgencio!". Lo más
curioso fue que el pintoresco charlatán
-un hombre mayor de complexión
huesuda, pelo entrecano y ropa anticuada-
se marchó finalmente sin comprar
nada y desapareció entre la
lluvia sin paraguas ni capucha. Yo
estuve allí ese día;
y hoy, meses después, he comprendido
al fin la razón de su ávido
entusiasmo. Para él fue, sin
duda, una ocasión única
y muy especial. Lo supe esta tarde,
cuando encontré por casualidad
su fotografía. El retrato no
le hace mucha justicia; pero aun así,
al reconocer su faz en ese pequeño
óvalo de tono sepia sobre una
losa fría y descuidada, reverencié
su deseo de vivir, que eclipsó
durante una preciosa fracción
de tiempo -qué importa cuánto-
la más pavorosa y definitiva
de las soledades.
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