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Angya
estacionó el automóvil
y apagó el motor. El olor del
agua de lluvia evaporándose
sobre los adoquines de la acera les
acompañó hasta que entraron
en aquel pequeño pub de barrio
con cierto aire irlandés, regentado
por David, una especie de John Wayne
bonachón, de angelote enorme
de mirada transparente y ademanes
delicados, que nada más verles
entrar se deshizo en atenciones hacia
ambos. ¡Pobre David, él
también estaba enamorado de
Angya sin quererlo! Las mesas del
establecimiento eran pequeñas,
por eso cuando se sentaron frente
a frente, tan cerca el uno del otro,
se sintieron tan bien. Ninguno de
los dos hacía nada por ocultar
sus sentimientos; se miraban abiertamente
a los ojos, sin importarles lo más
mínimo lo que sucediera a su
alrededor, ajenos a todo lo que no
fueran ellos. Miguel acariciaba el
rostro de Angya con la mirada, se
detenía en sus labios y la
buscaba después, vehemente
y apasionado, en las profundidades
de unas pupilas celestes que parecían
querer entregarse a él sin
reservas.
De repente se hizo el silencio entre
los dos, el amor se abrió paso
y, abrazándolos, los besó.
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