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Que
su presencia fuera capaz de trastocar
de manera tan determinante la vida
de otro ser humano, que por edad podría
ser su madre, hasta el punto de obligarle
a decidir no sólo entre su
trabajo y compartir su tiempo con
él, sino a quedarse o a regresar
a España, dejando tras de sí
todo el complejo entramado de relaciones
que había ido creando en torno
suyo a lo largo de más de veinticinco
años de permanencia en Estados
Unidos, era algo totalmente inimaginable
hasta ese momento por Miguel, y sus
implicaciones como ser humano lo abrumaban.
El era sólo el hijo de un mecánico
que tras años de privaciones
había conseguido adquirir a
duras penas uno de los tres pequeños
talleres que daban servicio a la barriada
obrera de San Fermín; era un
estudiante universitario del montón,
de esos que al finalizar la carrera,
sin más recomendación
que unas calificaciones mediocres,
se ven abocados a engrosar las filas
del paro y a ejercitar una y otra
vez la dura tarea de opositor mientras
la ilusión va quedando reducida
poco a poco a cenizas. No tenía,
ciertamente, oficio ni beneficio.
Ni futuro, salvo el foso del taller,
que le esperaba, paciente. El sólo
era el hijo del mecánico.
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