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Se
giró en la cama y clavó
su vista en la playa iluminada levemente
por la luna. Las olas rompían
sobra la playa, removiendo con estrépito
los guijarros que se extendían
sobre la arena. Cada ola era distinta;
algunas llegaban cansadas a la playa,
como si la distancia recorrida les
hubiera robado las fuerzas; otras,
embravecidas, la acometían
con violencia inusitada; había
olas impetuosas que se montaban sobre
otras y unas pocas, perdidas, no llegaban,
dejando un instante mudo y un silencio.
No se oía ningún ruido;
sólo el rumor de las olas,
mansas, ya casi dormidas. Imágenes
de suntuosas residencias coloniales
rodeadas de jardines y enormes automóviles
americanos de lujo, de preciosas casas
construidas en madera junto a playas
con atardeceres de ensueño,
de hombres con cuerpos esculturales
y bellísimas mujeres que parecían
haber sido escogidos por el azar para
una vida cómoda, sin esfuerzos
ni sobresaltos, desfilaban en su duermevela.
Y como fondo gris a esas imágenes,
su pequeña habitación
en la colonia. Su miseria al otro
lado del Atlántico. Su pasado
y su presente, de los que no era dueño.
Su vida.
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