Tengo
que ducharme con los ojos abiertos
porque cada vez que los cierro siento
que me acecha una presencia. No sabría
decir qué es ni lo que quiere,
pero se me hiela la sangre cuando
mis sentidos la detectan. El peor
momento es cuando me lavo la cabeza;
el champú me entra en los ojos,
se me irritan y me escuecen, y al
final tengo que cerrarlos. La semana
pasada se cortó la luz mientras
me duchaba y no sucedió nada
extraño, lo que prueba que
la presencia no tiene relación
alguna con la luz, sino conmigo y
mi consciencia. Por eso cuando duermo
no siento la presencia. He pensado
más de una vez si ese algo
que me acecha no hará acto
de presencia mientras parpadeo. A
escala humana es un lapso de tiempo
muy breve, pero quién sabe
cómo podría aprovechar
ese instante un ente capaz de moverse
muy deprisa. A partir de mañana
me ducharé con gafas de buceo.