La
mujer del marinero observa con tristeza
el mar desde su ventana. Los pesqueros
salen del puerto en comitiva, como
en un cortejo fúnebre, y se
adentran en el mar despacio. No estarán
de vuelta para la boda de la hija
de María. Los hombres se alejan
en sus barcos, y sus rostros ajados
tienen el aire grave de una sentida
despedida. Algunos marineros lloran
al ver a María. El pueblo se
ha quedado otra vez solo, con su faro
diminuto, sus callejuelas encaladas
y sus caminos en cuesta que desembocan
en la plaza de la iglesia.
En el bar del puerto los viejos juegan
a las cartas, y en la panadería
las mujeres se lamentan por María.
Un marinero no estará de vuelta
para la boda de su hija. Ya no podrá
partir de ningún puerto.