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Se
incorporó en la cama, recostándose
en el cabecero, y observó,
medio dormido, el deambular por la
playa de un solitario paseante cuya
figura desgarbada se perdía
a lo lejos junto a la de su fiel compañero
canino. Fue una mañana lluviosa
en la que todo parecía extrañamente
detenido, menos el tiempo, que se
abría paso como la proa de
un rompehielos, separando su realidad
en dos mitades, la que dejaba y la
que le esperaba a su regreso. Pasearon
sin ganas, por no quedarse en casa,
y mal comieron, tristes, en un bar
vacío, cuya camarera entrada
en años intuía la separación
de la partida y no les quitaba el
ojo.
Se besaron con vehemencia mientras
la lluvia les calaba hasta los huesos
y el taxista esperaba impaciente con
el motor en marcha. El cristal trasero
del taxi se convirtió en la
pantalla de cine desde la que vio
a su primer amor desvanecerse para
siempre aquella tarde húmeda
y sin sombras en la que el cielo y
el mar se pusieron de acuerdo para
teñir Long Island de azabache.
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