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Levantó
la vista hacia el cartel luminoso
que se encontraba dispuesto de un
lado a otro de la avenida y se quedó
mirándolo, absorto; en sus
ojos el pasado se derramaba lentamente
convertido en sal mojada mientras
el reflejo de su rostro en el vidrio
de la ventana se confundía
con el de su abuela, su padre, su
madre, Angya y su pequeño hijo
Jaime.
Desde fuera, la lluvia le convertía
en una silueta de rasgos imprecisos
asomada a una oquedad iluminada por
las bombillas multicolores de un adorno
de felicitación navideña,
cuyo mensaje luminoso se reflejaba
en el vidrio de la ventana al revés.
Y al revés se reflejaba su
existencia, que observada desde fuera
y a distancia, era tan imprecisa como
su silueta y tan frágil como
una hoja a punto de desprenderse del
árbol que le dio la vida cuando
el otoño hace presencia sobre
sus ramas. Su abuela, su padre, su
madre, Angya y su pequeño hijo
Jaime; todos eran hojas caídas.
Todos eran sombras.
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