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Las
sombras
(Brooklyn Heights Blues)
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Fragmento
inicial de la novela "Las sombras".
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Género:
drama romántico.
Nº de páginas: 95
Sinopsis: historia de amor entre un joven
y una mujer madura que transcurre en Nueva
York. |
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Guirnaldas
Entró en la diminuta oficina del taller
sin encender la luz y se aproximó dejadamente
hacia la ventana, cuyo vidrio se cubrió
rápidamente por el vaho de su respiración.
En la avenida, iluminada por las luces multicolores
que engalanaban desde hacía días
la Navidad, llovía levemente, como
aquella tarde gris alejada en el tiempo desde
la que Angya se había asomado tantas
veces al horizonte yermo de su vida para decirle
que la diferencia de edad entre ambos no significaba
nada para ella, que le amaba como jamás
había amado a nadie y que pronto regresaría
a España para estar junto a él.
Entonces él tenía sólo
veintiún años y no contaba con
medios para poder alargar su estancia en Nueva
York ni un solo día más. ¡Cuántas
veces a lo largo de su vida se había
arrepentido de haber tomado ese vuelo de regreso
a Madrid! ¡Cuántas veces se había
arrepentido de haber vuelto! Si de algo fue
culpable es de no prever que el futuro de
ambos pudiera subordinarse a la toma de aquella
única decisión, ni de imaginar
sus consecuencias. Se despidió de ella
en silencio, con el alma hecha jirones y el
corazón roto. Fue un adiós amargo
con tacto a piel mojada y paladar salobre,
que Miguel intuyó definitivo. Si alguna
imagen hubiera deseado desterrar para siempre
de su pasado sería la de Angya desapareciendo
poco a poco de su vista a medida que aquel
cochambroso taxi que le llevaría al
aeropuerto Kennedy se alejaba por un desolado
Riverside Boulevard, aquella tarde húmeda
y sin sombras en la que el cielo y el mar
se pusieron de acuerdo para teñir Long
Island de azabache.
Miguel bajó la vista con pesar y se
quedó contemplando ensimismado los
reflejos de las guirnaldas luminosas sobre
el asfalto mojado de la avenida.
Manhattan
-¿Qué te parece Eva?
Miguel le respondió sin dejar de mirar
hacia el East River a través del amplio
ventanal del autobús, que en ese momento
atravesaba el puente de Brooklyn hacia Manhattan:
-Extrovertida.
Carlos, que esperaba otro tipo de respuesta,
miró a su amigo, extrañado:
-¡Extrovertida! ¿Eso es todo?
-¿Y qué quieres que te diga,
Carlos?
-Lo que piensas. Para eso te he preguntado.
Miguel se vio obligado a tomar partido:
-No deberías haber cortado con Myriam.
Eso es lo que pienso.
-Son cosas que suceden, Miguel. La relación
iba cada vez peor. Ella estaba cansada, y
si te digo la verdad, yo también.
-Me has preguntado y te he respondido. Eso
es todo. Myriam es una buena chica.
-En ningún momento he dicho que no
lo fuese.
- Además, todavía no sabes si
le gustas a Eva o no -dijo Miguel tras un
silencio.
-Sí, sé que le gusto. Estoy
seguro.
Miguel, que observaba los rascacielos como
si fueran a desaparecer bajo las aguas del
East River de un momento a otro, no se atrevió
a hacer más comentario. ¡Qué
pequeña era su barriada de San Fermín
contemplada desde la vastedad de aquella ciudad
de ensueño! ¡Qué pequeño
era su mundo y qué distante y qué
próximo estaba de él al mismo
tiempo!
-Podría volver en Navidad. -comentó
Carlos en voz alta.
Miguel no apartó la vista de la ventanilla;
su mirada, absorta, quedó abruptamente
suspendida al hilo de un mal pensamiento:
él no podría volver en Navidad;
ni en Navidad, ni en Semana Santa, ni en el
próximo verano ni en el siguiente.
Regresaría a su habitación de
dos noventa por dos setenta, entre cuyas paredes
pasaba las horas imaginando cómo podría
llegar a ser su vida cuando tuviera la edad
de su padre. Lo que llevaba peor era asomarse
al diminuto balcón y no poder ver la
calle, ni la gente, ni los coches, ni nada.
Nunca le agradeció a su tío
Julio lo bastante que le regalara por su cumpleaños
aquel telescopio casi de juguete; el cielo,
esa pequeña porción de cielo
que se dejaba ver allá arriba, entre
su casa y los muros de ladrillo y cemento
de los bloques vecinos que ahogaban su visión,
era para él todo el horizonte, y cuando
se asomaba al ocular de su pequeño
refractor, aunque la luz de la ciudad apenas
le permitiera atisbar estrella alguna, sentía
que volaba. Por eso, cuando su padre se echó
a reír a carcajadas al verle mirando
a través de la tubería del retrete,
como él empezó a llamar al monóculo
despectivamente a partir de esa noche, creyó
escuchar cómo el espíritu de
su madre, allá donde se encontrara,
lloraba.
Angya
No
acababa de comprender muy bien qué
incitaba a Eva a lucir aquellas minifaldas
plisadas tan cortas que, al menor movimiento,
dejaban entrever las pequeñas braguitas,
ayer rosas, hoy blancas, mañana a saber
de qué color, que usaba esa preciosa
cubanita de veinticuatro años que Angya,
la tía de Carlos, tenía por
vecina. ¿Gustarle? ¡Pero cómo
podía gustarle a Carlos esa chica más
que Myriam! ¿Había perdido el
juicio?
Eva entró en la sala sin prisas, cogió
su paquete de tabaco y encendió un
cigarrillo, dándole una profunda calada.
Miguel, que no pudo evitar bajar la vista
hacia las piernas de Eva cuando ésta
las cruzó, se le quedó mirando
con curiosidad.
-¡Así que no conoces todavía
a Angya! -exclamó Eva con afabilidad.
-No, pero Carlos me ha dicho que es una persona
muy agradable.
Eva le miró, entre curiosa y extrañada:
-¿Eso te ha dicho? ¿Nada más?
Eva recorrió la habitación con
la vista y comentó:
-Antes tenía algunas fotos suyas por
aquí, pero ahora no las veo. No sé
qué habrá hecho con ellas.
Carlos, que en ese momento descendía
los últimos peldaños de la escalera
que comunicaba con el piso superior de la
vivienda, preguntó a Eva según
entraba en la sala:
-¿Tienes algo que hacer esta noche,
Eva?
-¿Por qué? -preguntó
Eva a Carlos sin saber muy bien qué
pensar.
-Bueno, como me dijiste que no tenías
ningún compromiso, he pensado que quizá
podríamos salir juntos a cenar.
Eva le pregunta con cierta sorna:
-Cuando dices juntos, ¿te refieres
a ti y a mí?
Carlos, que no sabe bien muy cómo reaccionar
ante una pregunta tan directa, asiente con
cierta torpeza.
-Eres un picarón tú, ¡eh!
Eva se dirige a Miguel, y pregunta:
-¿Qué opinas, Miguel? ¿Debo
fiarme?
Miguel alza los hombros haciéndose
el desentendido. Eva, que miraba a Miguel
esperando tal vez otro tipo de respuesta,
se vuelve hacia Carlos:
-Hoy no puedo, pero podemos salir juntos mañana,
si quieres.
Todos oyeron cómo se abría la
puerta de la casa. Carlos salió de
la sala, dirigiéndose hacia el recibidor.
Eva se puso en pie, aproximó su rostro
hacia el de Miguel, y le susurró al
oído con un hilo de voz antes de salir
de la estancia:
-Hubiese preferido cenar a solas contigo.
Miguel, desconcertado ante las palabras de
Eva, aunque no del todo sorprendido, escuchó
cómo ésta, Carlos y su tía
se saludaban cariñosamente y, tras
intercambiar una breve conversación
en tono desenvuelto, se aproximaron hacia
la habitación en la que se encontraba.
Cuando Miguel vio entrar a Angya, porque sólo
recuerda haberla visto entrar a ella, se puso
en pie como disparado por un resorte invisible.
Angya era, sin lugar a dudas y con diferencia,
la mujer más atractiva que había
visto jamás. No muy alta, pero estilizada,
sus facciones, extraordinariamente delicadas,
parecían haber sido cinceladas con
una precisión fuera de este mundo:
los labios finos y carnosos; la nariz, ni
grande ni pequeña, proporcionada y
ligeramente respingona; el cabello rubio,
suelto, formando una melena que le llegaba
a los hombros y le daba un aire despreocupado
y jovial. Y sus bellísimos y profundos
ojos azules, ¡oh, Dios mío!,
eran como dos ventanas desde las que su alma
se derramaba, acariciando con delicada mansedumbre
todo lo que se encontraba a su alrededor.
¿Era posible que aquella preciosidad,
en cuyo rostro el paso del tiempo aún
no había dejado huella, le doblase
la edad?
Fue un instante muy breve, pero ella debió
captar todos y cada uno de sus pensamientos,
porque cuando Miguel volvió en sí
la descubrió mirándole con fijeza
y sin pestañear a través de
sus ojos del color del mar al atardecer, como
si se tratara de una aparición. Cuando
Angya distendió sus facciones y le
sonrió, obsequiándole con un
par de besos, Miguel creyó deshacerse... |
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Las
sombras © 2003, Luis de la Fuente
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