Las sombras (Brooklyn Heights Blues)
Luis de la Fuente. Fragmento inicial de la novela corta "Las Sombras" (2003)
 
Género: drama.
Nº de páginas: 95 (descarga de pago para leer la novela completa).
Sinopsis: historia de amor entre un joven de procedencia humilde y una mujer madura de extraordinario atractivo, cuyos caminos se cruzan en una breve estancia del joven en Nueva York. Se trata de una vivencia intimista, nostálgica y evocadora, que emerge del recuerdo de su protagonista, un hombre maduro a punto de cumplir los cincuenta, que vive sus día atrapado entre lo que pudo ser su vida y lo que ésta se ha convertido en realidad.
 

Las sombras (Brooklyn Heights Blues)
Guirnaldas


Entró en la diminuta oficina del taller sin encender la luz y se aproximó dejadamente hacia la ventana, cuyo vidrio se cubrió rápidamente por el vaho de su respiración. En la avenida, iluminada por las luces multicolores que engalanaban desde hacía días la Navidad, llovía levemente, como aquella tarde gris alejada en el tiempo desde la que Angya se había asomado tantas veces al horizonte yermo de su vida para decirle que la diferencia de edad entre ambos no significaba nada para ella, que le amaba como jamás había amado a nadie y que pronto regresaría a España para estar junto a él.

Entonces él tenía sólo veintiún años y no contaba con medios para poder alargar su estancia en Nueva York ni un solo día más. ¡Cuántas veces a lo largo de su vida se había arrepentido de haber tomado ese vuelo de regreso a Madrid! ¡Cuántas veces se había arrepentido de haber vuelto! Si de algo fue culpable es de no prever que el futuro de ambos pudiera subordinarse a la toma de aquella única decisión, ni de imaginar sus consecuencias. Se despidió de ella en silencio, con el alma hecha jirones y el corazón roto. Fue un adiós amargo con tacto a piel mojada y paladar salobre, que Miguel intuyó definitivo. Si alguna imagen hubiera deseado desterrar para siempre de su pasado sería la de Angya desapareciendo poco a poco de su vista a medida que aquel cochambroso taxi que le llevaría al aeropuerto Kennedy se alejaba por un desolado Riverside Boulevard, aquella tarde húmeda y sin sombras en la que el cielo y el mar se pusieron de acuerdo para teñir Long Island de azabache.

Miguel bajó la vista con pesar y se quedó contemplando ensimismado los reflejos de las guirnaldas luminosas sobre el asfalto mojado de la avenida.


Manhattan

-¿Qué te parece Eve?

Miguel le respondió sin dejar de mirar hacia el East River a través del amplio ventanal del autobús, que en ese momento atravesaba el puente de Brooklyn hacia Manhattan:

-Extrovertida.

Carlos, que esperaba otro tipo de respuesta, miró a su amigo, extrañado:

-¡Extrovertida! ¿Eso es todo?

-¿Y qué quieres que te diga, Carlos?

-Lo que piensas. Para eso te he preguntado.

Miguel se vio obligado a tomar partido:

-No deberías haber cortado con Myriam. Eso es lo que pienso.

-Son cosas que suceden, Miguel. La relación iba cada vez peor. Ella estaba cansada, y si te digo la verdad, yo también.

-Me has preguntado y te he respondido. Myriam es una buena chica.

-En ningún momento he dicho que no lo fuese.

- Además, todavía no sabes si le gustas a Eve o no -dijo Miguel tras un silencio.

-Sí, sé que le gusto. Estoy seguro.

Miguel, que observaba los rascacielos como si fueran a desaparecer bajo las aguas del East River de un momento a otro, no se atrevió a hacer más comentario. ¡Qué pequeña era su barriada de San Fermín contemplada desde la vastedad de aquella ciudad de ensueño! ¡Qué pequeño era su mundo y qué distante y qué próximo estaba de él al mismo tiempo!

-Podría volver en Navidad. -comentó Carlos en voz alta.

Miguel no apartó la vista de la ventanilla; su mirada, absorta, quedó abruptamente suspendida al hilo de un mal pensamiento: él no podría volver en Navidad; ni en Navidad, ni en Semana Santa, ni en el próximo verano ni en el siguiente. Regresaría a su habitación de dos noventa por dos setenta, entre cuyas paredes pasaba las horas imaginando cómo podría llegar a ser su vida cuando tuviera la edad de su padre. Lo que llevaba peor era asomarse al diminuto balcón y no poder ver la calle, ni la gente, ni los coches, ni nada. Nunca le agradeció a su tío Julio lo bastante que le regalara por su cumpleaños aquel telescopio casi de juguete; el cielo, esa pequeña porción de cielo que se dejaba ver allá arriba, entre su casa y los muros de ladrillo y cemento de los bloques vecinos que ahogaban su visión, era para él todo el horizonte, y cuando se asomaba al ocular de su pequeño refractor, aunque la luz de la ciudad apenas le permitiera atisbar estrella alguna, sentía que volaba. Por eso, cuando su padre se echó a reír a carcajadas al verle mirando a través de la tubería del retrete, como él empezó a llamar al monóculo despectivamente a partir de esa noche, creyó escuchar cómo el espíritu de su madre, allá donde se encontrara, lloraba.


Angya

No acababa de comprender muy bien qué incitaba a Eve a lucir aquellas minifaldas plisadas tan cortas que, al menor movimiento, dejaba entrever la ropa interior que usaba esa preciosa cubanita de veinticuatro años que Angya, la tía de Carlos, tenía por vecina. ¿Gustarle? ¡Pero cómo podía gustarle a Carlos esa chica más que Myriam! ¿Había perdido el juicio?

Eve entró en la sala sin prisas, cogió su paquete de tabaco y encendió un cigarrillo, dándole una profunda calada. Miguel, que no pudo evitar bajar la vista hacia las piernas de Eve cuando ésta las cruzó, se le quedó mirando con curiosidad.

-¡Así que no conoces todavía a Angya! -exclamó Eve con afabilidad.

-No, pero Carlos me ha dicho que es una persona muy agradable.

Eve le miró, entre curiosa y extrañada:

-¿Eso te ha dicho? ¿Nada más?

Eve recorrió la habitación con la vista y comentó:

-Antes tenía algunas fotos suyas por aquí, pero ahora no las veo. No sé qué habrá hecho con ellas.

Carlos, que en ese momento descendía los últimos peldaños de la escalera que comunicaba con el piso superior de la vivienda, accede a la sala y le pregunta a Eve tratando de restar importancia a su propuesta:

-¿Tienes algo que hacer esta noche, Eve?

-¿Por qué? -preguntó Eve a Carlos haciéndose de rogar.

-He pensado que quizá podríamos salir juntos a cenar.

Eve le pregunta con cierta sorna:

-Cuando dices juntos, ¿te refieres a ti y a mí?

Antes de que Carlos acierte a reaccionar, Eve se vuelve hacia Miguel y le pregunta con velada insinuación:

-¿Qué opinas, Miguel? ¿Debería fiarme?

Miguel, que observaba a Eve mesurado, asiente con la cabeza.

Eve, que mantenía sus ojos clavados en Miguel esperando tal vez otro tipo de respuesta, se vuelve hacia Carlos y le dice con un gesto no exento de picardía:

-Podemos quedar mañana por la tarde… Y si te portas bien… ¡quién sabe!

Todos oyeron cómo se abría la puerta de la casa. Carlos salió de la sala, dirigiéndose hacia el recibidor. Eve se puso en pie, aproximó su rostro al de Miguel, y le susurró al oído con un hilo de voz:

-Eres un encanto. Y no lo sabes.

Eve besó a Miguel en la mejilla y salió de la estancia. Miguel, algo desconcertado ante la actitud de Eve, escuchó cómo ésta, Carlos y su tía se saludaban cariñosamente y, tras intercambiar una breve conversación en tono desenvuelto, se aproximaron hacia la habitación en la que se encontraba. Cuando Miguel vio entrar a Angya, porque sólo recuerda haberla visto entrar a ella, se puso en pie como disparado por un resorte invisible. Angya era, sin lugar a dudas y con diferencia, la mujer más atractiva que había visto jamás. No muy alta, pero estilizada, sus facciones, extraordinariamente delicadas, parecían haber sido cinceladas con una precisión fuera de este mundo: los labios finos y carnosos; la nariz, ni grande ni pequeña, proporcionada y ligeramente respingona; el cabello rubio, suelto, formando una melena que le llegaba a los hombros y le daba un aire despreocupado y jovial. Y sus bellísimos y profundos ojos azules, ¡oh, Dios mío!, eran como dos ventanas desde las que su alma se derramaba, acariciando con delicada mansedumbre todo lo que se encontraba a su alrededor. ¿Era posible que aquella preciosidad, en cuyo rostro el paso del tiempo aún no había dejado huella, le doblase la edad?

Fue un instante muy breve, pero ella debió captar todos y cada uno de sus pensamientos, porque cuando Miguel volvió en sí la descubrió mirándole con fijeza y sin pestañear a través de sus ojos del color del mar al atardecer, como si se tratara de una aparición. Cuando Angya distendió sus facciones y le sonrió, obsequiándole con un par de besos, Miguel creyó deshacerse.


El restaurante

Quizá fueran sus exquisitos modales, la seguridad con la que se expresaba y se movía, su extraordinaria belleza o la suma de todo ese conjunto de atributos, pero la presencia de Angya, además de imponerle, le turbaba. Por eso Miguel apenas se atrevía a mirarla.

-Me ha dicho Eve que enseguida os localizó en el aeropuerto. -Angya se dirigió a su sobrino.

-Sí, lo del cartel fue buena idea.

-Lo cierto es que yo tampoco tenía un recuerdo muy claro tuyo, por eso pensé que lo más socorrido sería un cartel.

-¿A qué fuiste a Houston? -preguntó Carlos despreocupadamente a su tía Angya, que durante unos instantes pareció vacilar.

-A buscar algún local para las nuevas oficinas de la compañía -contestó la mujer sin profundizar más en el tema.

-¿Y lo encontraste? Angya miró a su sobrino algo contrariada.

-No. Tendré que volver.

-¿A Houston?

Carlos no parecía darse cuenta de que estaba incomodando a su tía.

-Sí, a Houston.

-¿Este mes? -Carlos insistía.

-Sí, Carlos, este mes, pero serán sólo unos días.

La alegría contagiosa, aunque mesurada, que hasta ese momento parecía haber acompañado a Angya durante la cena se había disipado, quién sabe por qué, tras esa breve tanda de preguntas. Angya se dirigió a Miguel, que no pudo evitar azorarse.

-Háblame de ti, Miguel. ¿Tienes hermanos?

- No. -contestó Miguel con un monosílabo mientras sentía cómo una oleada de calor invadía su cara.

-A tus padres les habrá gustado que hayas venido a los Estados Unidos, imagino.

Miguel cruzó una rápida mirada con Carlos y se armó de valor para responder:

-Mi madre murió hace dos años. En cuanto a mi padre, lo cierto es que no creo que le importe demasiado.

¡Qué podría haber dicho sino la verdad! -pensó Miguel mientras su mirada se perdía irremediablemente en el azul cristalino de los ojos de Angya.

-Pero te ha pagado el viaje. -dijo Angya, interrogando a Miguel con la mirada.

-Tenía algo ahorrado.

Angya se le quedó mirando con cierta gravedad. Finalmente, tras unos instantes de introspección, dijo aparentando jovialidad:

-Yo tampoco me llevaba muy bien con mi padre, así que ya tenemos algo en común. Mientras estéis aquí ninguno de los dos tendréis que preocuparos por la manutención. Se lo dije a Carlos antes de venir. Y también lo hablé con mi hermano Nacho por teléfono.

Angya destapó la bandeja que había dejado el camarero sobre la mesa apenas unos instantes antes y dijo con cierto disgusto al ver su contenido:

-¡Esto no es lo que hemos pedido! Aquí en cuanto te descuidas te ponen las sobras.

La mujer se levantó, encaminándose hacia la barra del restaurante. Carlos la siguió con la mirada. Después se dirigió a Miguel:

-Te has puesto rojo como un tomate, y no por el vino precisamente.

Miguel no supo qué decir.

-No te apures, no creo que mi tía se haya percatado.

Carlos le miró en silencio durante unos instantes; finalmente, se sinceró:

-Yo no supe que tenía una tía hasta los diez años. Cuando la conocí…, bueno, no pude hacer otra cosa que pensar en ella durante las tres semanas que estuvo alojada en mi casa. Mi hermano Esteban y yo intentamos dar con alguna actriz de cine que nos pareciera más guapa que mi tía. Y no la encontramos. ¡Hicimos una lista y todo, no te vayas a pensar! Nos enamoramos perdidamente de ella; todo lo perdidamente que podrían enamorarse unos niños de diez y doce años. Carlos observa con cierta introspección a Miguel durante unos instantes y le dice en tono paternalista:

-Procura que no se te note tanto. Imagino que me tía estará harta de determinadas actitudes. Ya me entiendes.

Durante el resto de la velada, Miguel apenas se atrevió a levantar la vista de su plato por temor a que sus miradas se cruzaran.

 
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Autores
Luis de la Fuente
Alberto Garijo
 
Textos breves
Luis de la Fuente
Alegoría
A oscuras
Angya
Año Nuevo
Azul
Brooklyn Heights
Cuando nos hayamos ido
El amor los besó
El callejón
El hijo del mecánico
El hogar roto
El rumor
Flotando
Herrumbre
Insomnio azul
Justo y Teófila
La casa de mis abuelos
La ducha
La explosión
La llamada
La mujer del marinero
La partida
Long Beach
Mi infancia se quedó allí
Nocturno
Ojos líquidos
Sag Harbor
Se atenúa la risa
Su primer viaje a Nueva York
Todo había terminado
Un destello de consciencia
Un recuerdo
Una canción de amor
Una estación de tren...
 
Alberto Garijo
Azar eólico
Contacto cósmico
Don Fulgencio
El peor piso de la ciudad
Estirpe Báquica
Instinto, instinto
La antena parabólica
La emanación
La sinceridad del batracio
Las fuentes del río Padre
Manolo echa una cana al aire
Mi auditorio
Misterio menor
Orbital
Otro papelucho más
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Reflejos íntimos
Sinonimia frutal
Un bulo
 
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