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LAS
SOMBRAS
(Brooklyn
Heights Blues)
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Luis
de la Fuente
Fragmento inicial de la novela "Las
sombras"
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Guirnaldas
Entró en la diminuta oficina del taller
sin encender la luz y se aproximó dejadamente
hacia la ventana, cuyo vidrio se cubrió
rápidamente por el vaho de su respiración.
En la avenida, iluminada por las luces multicolores
que engalanaban desde hacía días
la Navidad, llovía levemente, como
aquella tarde gris alejada en el tiempo desde
la que Angya se había asomado tantas
veces al horizonte yermo de su vida para decirle
que la diferencia de edad entre ambos no significaba
nada para ella, que le amaba como jamás
había amado a nadie y que pronto regresaría
a España para estar junto a él.
Entonces él tenía sólo
veintiún años y no contaba con
medios para poder alargar su estancia en Nueva
York ni un solo día más. ¡Cuántas
veces a lo largo de su vida se había
arrepentido de haber tomado ese vuelo de regreso
a Madrid! ¡Cuántas veces se había
arrepentido de haber vuelto! Si de algo fue
culpable es de no prever que el futuro de
ambos pudiera subordinarse a la toma de aquella
única decisión, ni de imaginar
sus consecuencias. Se despidió de ella
en silencio, con el alma hecha jirones y el
corazón roto. Fue un adiós amargo
con tacto a piel mojada y paladar salobre,
que Miguel intuyó definitivo. Si alguna
imagen hubiera deseado desterrar para siempre
de su pasado sería la de Angya desapareciendo
poco a poco de su vista a medida que aquel
cochambroso taxi que le llevaría al
aeropuerto Kennedy se alejaba por un desolado
Riverside Boulevard, aquella tarde húmeda
y sin sombras en la que el cielo y el mar
se pusieron de acuerdo para teñir Long
Island de azabache.
Miguel bajó la vista con pesar y se
quedó contemplando ensimismado los
reflejos de las guirnaldas luminosas sobre
el asfalto mojado de la avenida.
Manhattan
-¿Qué te parece Eva?
Miguel le respondió sin dejar de mirar
hacia el East River a través del amplio
ventanal del autobús, que en ese momento
atravesaba el puente de Brooklyn hacia Manhattan:
-Extrovertida.
Carlos, que esperaba otro tipo de respuesta,
miró a su amigo, extrañado:
-¡Extrovertida! ¿Eso es todo?
-¿Y qué quieres que te diga?
-Lo que piensas. Para eso te he preguntado.
Miguel se vio obligado a tomar partido:
-Carlos, me conoces de sobra. Llevas saliendo
con Myriam casi dos años. Quizás
deberías pensártelo un poco,
¿no crees? Además, todavía
no sabes si le gustas a Eva o no.
-Sí, sé que le gusto. Lo sé.
-¿Te lo ha dicho?
-No, pero lo sé, estoy seguro.
Miguel, que observaba los rascacielos como
si fueran a desaparecer bajo las aguas del
East River de un momento a otro, no se atrevió
a hacer ningún comentario. ¡Qué
pequeña era su barriada de San Fermín
contemplada desde la vastedad de aquella ciudad
de ensueño! ¡Qué pequeño
era su mundo y qué distante y qué
próximo estaba de él al mismo
tiempo!
-Lo que sí tiene Eva es mucha suerte
-dijo Miguel sin dejar de mirar hacia Manhattan-.
Me refiero al hecho de vivir aquí,
a tener trabajo, dinero, a ese tipo de cosas.
Carlos, que le había escuchado sólo
a medias, dijo muy seguro de sí mismo:
-Creo que volveré en Navidad.
Miguel no apartó la vista de la ventanilla;
su mirada, absorta, quedó abruptamente
suspendida al hilo de un mal pensamiento:
él no podría volver en Navidad;
ni en Navidad, ni en Semana Santa, ni en el
próximo verano ni en el siguiente.
Regresaría a su habitación de
dos noventa por dos setenta, entre cuyas paredes
pasaba las horas imaginando cómo podría
llegar a ser su vida de adulto. Lo que llevaba
peor era asomarse al diminuto balcón
y no poder ver la calle, ni la gente, ni los
coches, ni nada. Nunca le agradeció
a su tío Julio lo bastante que le regalara
por su cumpleaños aquel telescopio
casi de juguete; el cielo, esa pequeña
porción de cielo que se dejaba ver
allá arriba, entre su casa y los muros
de ladrillo y cemento de los bloques vecinos
que ahogaban su visión, era para él
todo el horizonte, y cuando se asomaba al
ocular de su pequeño refractor, aunque
la luz de la ciudad apenas le permitiera atisbar
estrella alguna, sentía que volaba.
Por eso, cuando su padre se echó a
reír a carcajadas al verle mirando
a través de la tubería del retrete,
como él empezó a llamar al monóculo
despectivamente a partir de esa noche, creyó
escuchar cómo el espíritu de
su madre, allá donde se encontrara,
lloraba.
Angya
No acababa de comprender muy bien qué
incitaba a Eva a lucir aquellas minifaldas
plisadas tan cortas que, al menor movimiento,
dejaban entrever las pequeñas braguitas,
ayer rosas, hoy blancas, mañana a saber
de qué color, que usaba esa preciosa
cubanita de veinticuatro años que Angya,
la tía de Carlos, tenía por
vecina. ¿Gustarle? ¡Pero cómo
podía gustarle a Carlos esa chica más
que Myriam! ¿Había perdido el
juicio?
Eva entró en la habitación sin
prisas, cogió su paquete de tabaco
y encendió un cigarrillo, dándole
una profunda calada. Miguel, que no pudo evitar
bajar la vista hacia las piernas de Eva cuando
ésta las cruzó, se le quedó
mirando con curiosidad.
-¡Así que no conoces todavía
a la tía de Carlos! -exclamó
Eva con afabilidad.
-No, pero Carlos me ha dicho muchas veces
que es una persona muy agradable.
Eva le miró, entre curiosa y extrañada:
-¿Eso te ha dicho? ¿Nada más?
Carlos, que estaba al tanto de la conversación
pese a encontrarse en otra parte de la casa,
alzó el tono de voz para hacerse oír:
-Cuando era joven quería ser actriz.
Por eso vino a Nueva York.
Eva recorrió el salón con la
vista y comentó:
-Antes tenía algunas fotos suyas por
aquí, pero ahora no las veo. No sé
qué habrá hecho con ellas.
La voz de Carlos resonó de nuevo en
el pasillo:
-¿Tienes algo que hacer esta noche,
Eva?
-Hoy tengo que acostarme pronto, pero podemos
salir juntos mañana, si quieres.
Todos oyeron cómo se abría la
puerta de la casa. Eva se puso en pie, aproximó
su rostro hacia el de Miguel, y le susurró
al oído con un hilo de voz antes de
encaminarse hacia el recibidor de la casa:
-Hubiese preferido que me lo hubieras preguntado
tú.
Miguel, desconcertado ante las palabras de
Eva, aunque no del todo sorprendido, escuchó
cómo ésta, Carlos y su tía
se saludaban cariñosamente y, tras
intercambiar una breve conversación
en tono desenvuelto, se aproximaron hacia
la habitación en la que se encontraba.
Cuando Miguel la vio entrar, porque sólo
recuerda haberla visto entrar a ella, se puso
en pie como disparado por un resorte invisible.
Angya era, sin lugar a dudas y con diferencia,
la mujer más atractiva que había
visto jamás. No muy alta, pero estilizada,
sus facciones, extraordinariamente delicadas,
parecían haber sido cinceladas con
una precisión fuera de este mundo:
los labios finos y carnosos; la nariz, ni
grande ni pequeña, proporcionada y
ligeramente respingona; el cabello rubio,
suelto, formando una melena que le llegaba
a los hombros y le daba un aire despreocupado
y jovial. Y sus bellísimos y profundos
ojos azules, ¡oh, Dios mío!,
eran como dos ventanas desde las que su alma
se derramaba, acariciando con delicada mansedumbre
todo lo que se encontraba a su alrededor.
¿Era posible que aquella preciosidad,
en cuyo rostro el paso del tiempo aún
no había dejado huella, le doblase
la edad?
Fue un instante muy breve, pero ella debió
captar todos y cada uno de sus pensamientos,
porque cuando Miguel volvió en sí
la descubrió mirándole con fijeza
y sin pestañear a través de
sus ojos del color del mar al atardecer, como
si se tratara de una aparición. Cuando
Angya distendió sus facciones y le
sonrió, obsequiándole con un
par de besos, Miguel creyó deshacerse... |
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Las
sombras © 2003, Luis de la Fuente
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