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El
apartamento que alquilaron se encontraba
en el segundo piso de un horrible
y deprimente pabellón de cuatro
plantas ubicado en primera línea
de playa, justo en la esquina de Riverside
Boulevard y Road Shore.
Miguel no olvidaría jamás
la expresión que adquirió
el rostro de Angya al bajar del automóvil
y mirar a su alrededor porque fue
devastadora. No era el horrible pabellón
de ladrillo rojo lo que Angya tenía
ante sí, no era la playa encharcada
por la lluvia ni las farolas del paseo
marítimo, cuyas luces algún
dispositivo automático había
ya encendido en un vano intento de
dar luz a una tarde tan lóbrega
como los pensamientos que la mirada
de Angya dejaba traslucir, sino a
su hijo corriendo junto a la orilla
de la playa tras aquella enorme pelota
de colores que su abuela le compró
en alguna tienda del paseo; veía
a su hijo en el puesto de helados
preguntándola si volverían
a Long Beach el próximo verano;
abrazándose a su padre, a quién
quería con locura; contemplando
el horizonte desde el embarcadero;
dormido en el asiento de atrás
del viejo Chevrolet aquel domingo
de regreso a Brooklyn. Veía
a su hijo muerto allá donde
mirara.
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