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Aquella
noche fue realmente calurosa, y resultaba
verdaderamente placentero escuchar
cómo la brisa, formando caprichosos
remolinos de viento, arrastraba en
círculos la hojarasca de una
acera a otra. De fondo, y si se prestaba
algo de atención, también
podía percibirse un constante
rumor de tráfico procedente
de la Brooklyn-Queens Expressway,
o BQE, autopista que discurría
bajo El Paseo dividida en dos alturas,
según el sentido de marcha
de los vehículos.
Un automóvil dobló la
esquina de Columbia Hights y se adentró
por Cranberry Street, iluminando con
sus faros a su paso la estrecha callejuela,
que quedó nuevamente en calma
tan pronto como el vehículo
se perdió de vista calle abajo,
desviándose finalmente por
Henry Street. Eran casi las tres de
la madrugada en Brooklyn Heights y
la quietud en la que se hallaba sumido
el barrio permitía percibir
incluso la caída esporádica
de las primeras hojas de los árboles,
que pronto cubrirían con sus
colores escarlatas parques y jardines,
hasta que el invierno los volviera
tristes y grises.
Un gato maulló en la lejanía.
Todos dormían.
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