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Un
penetrante olor a fuel procedente
de los pesqueros amarrados a puerto
se extendía por todo el muelle
de Sag Harbor. Fue una tarde tranquila
en la que el sonido tardo y cadencioso
de los grandes motores diesel de los
barcos se mezclaba con el de las gaviotas
y con el del agua, grasienta, chapoteando
entre los huecos de las embarcaciones,
cuyos cascos de madera crujían
desde lo más profundo con cada
vaivén de la marea.
Sag Harbor era un pueblecito de pescadores
en cuyos embarcaderos relucían
los mástiles de un buen número
de yates y veleros pertenecientes
a la alta sociedad de los Hamptons,
gentes cuya visión de la vida,
a tenor de sus actitudes, debía
ser del todo superficial. Sin embargo,
paseando aquella serena tarde entre
aquellas lujosas embarcaciones, nadie
hubiera acertado a sospechar que el
mundo al cual él pertenecía
se encontraba en las profundidades
abisales de un estrecho patio de ladrillo
y cemento que ni el sol de mediodía
era capaz de iluminar.
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