Eran
instantes sencillos y pletóricos que
le hacían sentir una extraña
sensación de mareo, una especie de
vértigo en forma de diminutos estallidos
que nacían cerca del corazón
y se diluían rápidamente por
todo su cuerpo, provocándole escalofríos.
Caminó sin rumbo, primero por Cobble
Hill y después por Carroll Gardens
y Park Slope. Recorrer aquel paisaje urbano
situado a seis mil kilómetros de casa
era como formar parte de una de esas películas
americanas que solían echar los sábados
en el viejo cine de su barrio. Cuando terminaba
la proyección y salía de la
sala el tiempo y el espacio parecían
otros, como si las imágenes y los sonidos
de la película se le hubieran quedado
adheridos al cuerpo y sólo las rachas
de aire frío de la avenida fueran capaces
de ir poco a poco desprendiendo. Esa misma
sensación fue la que le acompañó
aquella tarde; se sentía tan extraño
que necesitaba mirarse a menudo en las lunas
de los automóviles y de los escaparates
para constatar que él estaba allí
en cuerpo y alma, en el centro del mundo.