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Recordaba
a Angya asomada a la pequeña
terraza del apartamento contemplando
en silencio la playa totalmente anegada
mientras su verdadera mirada se perdía
por momentos en las profundidades
de un universo descarnado, cuyos únicos
pobladores eran ya sólo fantasmas
que el paso de los años había
vuelto cada vez más y más
transparentes. Angya había
vivido alimentándose de ellos,
aislándose del resto del mundo
en un intento de salvaguardar la parte
más hermosa de su existencia,
que, de otra manera, hubiera acabado
diluida entre el devenir de una vida
plena. Pero el tiempo había
ido poco a poco distorsionando sus
recuerdos hasta convertir algunos
de ellos en una especie de vulgar
caricatura; la película de
su vida no podía ser reproducida
una y otra vez sin deteriorarse, y
algunas partes de ella estaban tan
veladas que sólo la imaginación
de Angya era capaz de darles algún
color.
Podían haber regresado a Brooklyn
sin haber abierto las maletas, pero
se quedaron en aquel horrible lugar,
que sería el último
en el que la levedad de sus existencias
convergirían.
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