Narraciones breves
Narraciones breves

 

Dominio público
 
Aquellos polvos
Joaquín Belda
 
 
Aquellos polvos
AL DOCTOR SERRANO
 
hombre de gran corazón, de mucha simpatía, y para el cual algunas de las cosas de que se habla en las páginas de este libro son el pan de cada día; de todos los días de una vida consagrada a mitigar el dolor del prójimo, a costa machas veces del suyo propio. Leve testimonio de gratitud de
EL AUTOR
 
Eres como la pileta que dentro la iglesia está: too el que quiere llega y moja, hace la cruz, y se va.
(Cantar popular)
 
Julián dejó el tranvía en Pardiñas y torció a la derecha en busca de la calle de O’Donnell; al volver una esquina tuvo que subirse el cuello del gabán, pues la mañana, de Marzo que parecía Enero, era fría y de mal temple.
Había, sin embargo, cierta alegría en el campo, que por aquella parte de Madrid se metía como de matute en medio de la ciudad; el sol mimaba los sembrados con un principio de resurrección primaveral. Al cruzar la calle de Fernán González vio ya las edificaciones del hospital como las casas de un pueblo que aparece de pronto tras un recodo del camino.
Apretó el paso, pues allí soplaba el viento con furia; la noche antes había llovido, y para cruzar el lodazal del arroyo tuvo que danzar de acera a acera unos compases de tango. Como siempre, sin poderlo remediar, miró a las ventanas del primer pabellón, por encima de la altísima tapia de ladrillo. Nada. Los altos ventanales, separados del resto del mundo por cortinas y celosías, parecían el muro impenetrable de una fortaleza. Tras de aquel muro estaría la Cefe, pasando lo suyo y aguardando, desesperada, el día de la liberación. ¡Pobre Cefe! Se había despedido de él en La Rosa Blanca, como quien va a dar una vuelta por la Bombilla: —Esto no es nada, ¿sabes? Total, ocho días de baños. El médico me ha dicho que para Carnaval ya estoy lista...
Y había pasado el Carnaval e iba ya mediada la Cuaresma y, por lo visto, pasaría también la Semana Santa sin que la pobre Hidrófila pisase las baldosas de la calle. Aquello había empezado como empiezan en este mundo todas las tragedias y algunos discursos de Pablo Iglesias: por una tontería. Dolores de cabeza por las noches, hinchazón leve de la parte baja del vientre, tristezas, aversión al cine y al tabaco de cuarterón... ¡Futesas! Pero Julián, que por los internos no dejaba de tener noticias de la enferma, pudo ir siguiendo casi día por día el proceso alarmante de aquella pequeñez.
Los dolores de cabeza —las cefalalgias, como les llamaban técnicamente los internos— aumentaban; luego, la piel había empezado a poblarse de manchitas rosadas, como el lienzo de un pintor futurista que quiere dibujar el retrato de un amigo; después vino ese período de confusión en que las molestias del cuerpo enfermo no se sabe si se deben a la enfermedad o a la medicación, y un día por poco si Julián se pega con Ortiz, que al salir del hospital aquella mañana, y mientras volvían al centro, por la calle de Alcalá, le iba diciendo, con no disimulada alegría:
—Chico, creo que con el tiempo se presentará el goma.
—¡Recuerno! Parece que te alegras.
Y, como futuro hombre de ciencia, no cabía duda que se alegraba. El iba al hospital a aprender, y su ideal hubiera sido que todos los casos que pasasen por su mano fuesen famosos por lo graves y complicados.
Era célebre este Ortiz, con su cara sonrosada de ángel de Murillo, y la mirada siempre perdida en la lejanía, como mirando la cisura ideal de una ingle imaginaria. A lo mejor llegaba a la tertulia del café — a la que concurría Julián por derecho propio como ex futuro médico —, frotándose las manos y con el rostro radiante de satisfacción:
—Hoy hemos tenido un terciario; al ir a subirse a la cama, se le han doblado las piernas.
Se refería a la consulta del doctor Azpiaza, a la que asistía como ayudante, y con igual regocijo que a una función del teatro Eslava. Otra vez llegó orondo, mirando a todos con orgullo:
—Acabamos de aplicar el «606» a un tipo curioso: un paralítico con síntomas de locura.
Y lo decía con igual júbilo conque un coleccionista de sellos acogería el hallazgo de un ejemplar único en el mundo, o conque un astrónomo descubriría la existencia de un nuevo planeta en el que no se conocieran las casas de empeño. A pesar de ello era un buen chico y un amigo excelente. Julián, ahora, le molía a preguntas:
—¿Tú crees que se pondrá buena?
—Hombre... con el tiempo, ¿por qué no?
—Pero, desde luego, es cosa de mucho tiempo...
—¡Claro! Esta chica la ha pescado buena... Y luego, lo de siempre en esta clase de mujeres; la enfermedad se encuentra con una naturaleza pobre, gastada por el exceso, y se apodera del organismo por completo. ¡Es una desdicha!
Hablaba con suficiencia, con un tonillo no exento de petulancia, como el sabio que disfruta descubriendo a los demás nuevos caminos inexplorados. Julián insistía:
—Te advierto que esta chica no lleva más que unos catorce o quince meses en la vida.
—¿Te parece poco? Le sobra tiempo para estar hecha un guiñapo.
—Eso sí...
Ahora fue Ortiz el que preguntó:
—Pero ¿tanto te interesas por ella? ¿Es que la quieres?
—No; es una cuestión de lástima nada más. Me ha pasado una cosa muy rara, y ha sido que desde que se puso enferma he empezado a pensar en ella, a preocuparme... Hace más de medio año que la conozco, y mientras ha estado sana, no me ha interesado lo más mínimo; nos veíamos con alguna frecuencia, casi siempre por casualidad, y nada más. Pero el día en que me dijo que no se encontraba bien y que probablemente la mandarían al hospital, me dio lástima; ¡es tan joven! Comprendo que soy un idiota, pues me ha pasado lo contrarío de lo que les pasa a los demás; es decir, que en cuanto sospechan que una de estas mujeres no están buenas, les dan de lado. No lo he podido remediar; pensé que un poco de compasión no la haría ponerse peor.
—Sí; la compasión y el aceite gris obran verdaderos prodigios.
En esta mañana fría de Marzo, Julián recordaba esa conversación de hacía tres días. No había vuelto a ver a Ortiz, y mientras cruzaba la verja de entrada al hospital, se afianzaba en la idea de no marcharse aquella mañana sin tener noticias de la Cefe. ¿Estaría peor?... Dio los buenos días al portero, que dejó escapar un saludo afectuoso entre el almacén de pelos de la barba y el bigote, y torció a la izquierda para encaminarse al pabellón donde el doctor Navarro tenía la consulta...
 
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