Angya
Capítulo 3 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

Angya
No acababa de comprender muy bien qué incitaba a Eve a lucir aquellas minifaldas plisadas tan cortas que, al menor movimiento, dejaban entrever la ropa interior que usaba esa preciosa cubanita de veinticuatro años que Angya, la tía de Carlos, tenía por vecina. ¿Gustarle? ¡Pero cómo podía gustarle a Carlos esa chica más que Myriam! ¿Había perdido el juicio?
Eve entró en la sala sin prisas, cogió su paquete de tabaco y encendió un cigarrillo dándole una profunda calada. Miguel, que no pudo evitar bajar la vista hacia las piernas de Eve cuando ésta las cruzó, se le quedó mirando con curiosidad.
-¡Así que no conoces todavía a Angya! -exclamó Eve con afabilidad.
-No, pero Carlos me ha dicho que es una persona muy agradable.
Eve le miró, entre curiosa y extrañada:
-¿Eso te ha dicho? ¿Nada más?
Eve recorrió la habitación con la vista y comentó:
-Antes tenía algunas fotos suyas por aquí, pero ahora no las veo. No sé qué habrá hecho con ellas.
Carlos, que en ese momento descendía los últimos peldaños de la escalera que comunicaba con el piso superior de la vivienda, accede a la sala y le pregunta a Eve tratando de restar importancia a su propuesta:
-¿Tienes algo que hacer esta noche, Eve?
-¿Por qué? -preguntó Eve a Carlos haciéndose de rogar.
-He pensado que quizá podríamos salir juntos a cenar.
Eve le pregunta con cierta sorna:
-Cuando dices juntos, ¿te refieres a ti y a mí?
Antes de que Carlos acierte a reaccionar, Eve se vuelve hacia Miguel y le pregunta con velada insinuación:
-¿Qué opinas, Miguel? ¿Debería fiarme?
Miguel, que observaba a Eve mesurado, asiente con la cabeza.
Eve, que mantenía sus ojos clavados en Miguel esperando tal vez otro tipo de respuesta, se vuelve hacia Carlos y le dice con un gesto no exento de picardía:
-Podemos quedar mañana por la tarde… Y si te portas bien… ¡quién sabe!
Todos oyeron cómo se abría la puerta de la casa. Carlos salió de la sala, dirigiéndose hacia el recibidor. Eve se puso en pie, aproximó su rostro al de Miguel, y le susurró al oído con un hilo de voz:
-Eres un encanto. Y no lo sabes.
Eve besó a Miguel en la mejilla y salió de la estancia. Miguel, algo desconcertado ante la actitud de Eve, escuchó cómo ésta, Carlos y su tía se saludaban cariñosamente y, tras intercambiar una breve conversación en tono desenvuelto, se aproximaron hacia la habitación en la que se encontraba. Cuando Miguel vio entrar a Angya, porque en su memoria sólo ella traspasó el umbral de aquella estancia, se puso en pie como disparado por un resorte invisible. Angya era, sin lugar a dudas y con diferencia, la mujer más atractiva que había visto jamás. No muy alta, pero estilizada, sus facciones, extraordinariamente delicadas, parecían haber sido cinceladas con una precisión fuera de este mundo: los labios finos y carnosos; la nariz, ni grande ni pequeña, proporcionada y ligeramente respingona; el cabello rubio, suelto, formando una melena que le llegaba a los hombros y le daba un aire despreocupado y jovial. Y sus bellísimos y profundos ojos azules, ¡oh, Dios mío!, eran como dos ventanas desde las que su alma se derramaba, acariciando con delicada mansedumbre todo lo que se encontraba a su alrededor. ¿Era posible que aquella bellísima mujer, en cuyo rostro el paso del tiempo aún no había dejado huella, le doblase la edad? Fue un instante muy breve, pero ella debió captar todos y cada uno de sus pensamientos, porque cuando Miguel volvió en sí la descubrió mirándole con fijeza y sin pestañear a través de sus ojos del color del mar al atardecer, como si se tratara de una aparición. Cuando Angya distendió sus facciones y le sonrió, obsequiándole con un par de besos, Miguel creyó deshacerse.

 
 
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