El restaurante
Capítulo 4 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

El restaurante
Quizá fueran sus exquisitos modales, la seguridad con la que se expresaba y se movía, su extraordinaria belleza o la suma de todo ese conjunto de atributos, pero la presencia de Angya, además de imponerle, le turbaba. Por eso Miguel apenas se atrevía a mirarla.
-Me ha dicho Eve que enseguida os localizó en el aeropuerto. -Angya se dirigió a su sobrino.
-Sí, lo del cartel fue buena idea.
-Lo cierto es que yo tampoco tenía un recuerdo muy claro tuyo, por eso pensé que lo más socorrido sería un cartel.
-¿A qué fuiste a Houston? -preguntó Carlos despreocupadamente a su tía Angya, que durante unos instantes pareció vacilar.
-A buscar algún local para las nuevas oficinas de la compañía -contestó la mujer sin profundizar más en el tema.
-¿Y lo encontraste?
Angya miró a su sobrino algo contrariada.
-No. Tendré que volver.
-¿A Houston?
Carlos no parecía darse cuenta de que estaba incomodando a su tía.
-Sí, a Houston.
-¿Este mes? -Carlos insistía.
-Sí, Carlos, este mes, pero serán sólo unos días.
La alegría contagiosa, aunque mesurada, que hasta ese momento parecía haber acompañado a Angya durante la cena se había disipado, quién sabe por qué, tras esa breve tanda de preguntas. Angya se dirigió a Miguel, que no pudo evitar azorarse.
-Háblame de ti, Miguel. ¿Tienes hermanos?
- No. -contestó Miguel con un monosílabo mientras sentía cómo una oleada de calor invadía su cara.
-A tus padres les habrá gustado que hayas venido a los Estados Unidos, imagino.
Miguel cruzó una rápida mirada con Carlos y se armó de valor para responder:
-Mi madre murió hace dos años. En cuanto a mi padre, lo cierto es que no creo que le importe demasiado.
¡Qué podría haber dicho si no la verdad! -pensó Miguel mientras su mirada se perdía irremediablemente en el azul cristalino de los ojos de Angya.
-Pero te ha pagado el viaje. -dijo Angya, interrogando a Miguel con la mirada.
-Tenía algo ahorrado.
Angya se le quedó mirando con cierta gravedad. Finalmente, tras unos instantes de introspección, dijo aparentando jovialidad:
-Yo tampoco me llevaba muy bien con mi padre, así que ya tenemos algo en común. Mientras estéis aquí ninguno de los dos tendréis que preocuparos por la manutención. Se lo dije a Carlos antes de venir. Y también lo hablé con mi hermano Nacho por teléfono.
Angya destapó la bandeja que había dejado el camarero sobre la mesa apenas unos instantes antes y dijo con cierto disgusto al ver su contenido:
-¡Esto no es lo que hemos pedido! Aquí en cuanto te descuidas te ponen las sobras.
La mujer se levantó, encaminándose hacia la barra del restaurante. Carlos la siguió con la mirada. Después se dirigió a Miguel:
-Te has puesto rojo como un tomate, y no por el vino precisamente.
Miguel no supo qué decir.
-No te apures, no creo que mi tía se haya percatado.
Carlos le miró en silencio durante unos instantes; finalmente, se sinceró:
-Yo no supe que tenía una tía hasta los diez años. Cuando la conocí…, bueno, no pude hacer otra cosa que pensar en ella durante las tres semanas que estuvo alojada en mi casa. Mi hermano Esteban y yo intentamos dar con alguna actriz de cine que nos pareciera más guapa que mi tía. Y no la encontramos. ¡Hicimos una lista y todo, no te vayas a pensar! Nos enamoramos perdidamente de ella; todo lo perdidamente que podrían enamorarse unos niños de diez y doce años. Tras una breve pausa, Carlos dice a Miguel con cierto tono paternalista:
-Procura que no se te note tanto. Imagino que me tía estará harta de determinadas actitudes. Ya me entiendes.
Durante el resto de la velada, Miguel apenas se atrevió a levantar la vista de su plato por temor a que sus miradas se encontraran.

 
 
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