El lago
Capítulo 7 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

El lago
Primero se dirigieron hacia Promenade y lo recorrieron sin prisas en dirección a Montague Street. Las vistas de Manhattan y del puerto de Nueva York a lo largo del trayecto eran simplemente de ensueño. Se detuvieron junto a la balaustrada del paseo marítimo. Angya apoyó sus manos sobre la barandilla y observó embebida el espléndido paisaje que ambos tenían ante sí. Recuerda que se fijó en sus manos, eran delicadas, con dedos largos y finos acabados en unas uñas muy cuidadas. Tampoco el tiempo había conseguido borrar el recuerdo de aquella brisa suave y cálida jugueteando con los dorados cabellos de Angya entre los árboles del paseo.

Miguel se cuestionaba cómo era posible que cupiese tanta belleza en un ser anónimo, cuyo tiempo se malgastaba fútilmente vendiendo y alquilando brownstones y apartamentos remozados para una inmobiliaria de Cobble Hill, de la que, como ella misma le confesó aquella tarde, se hubiera despedido el primer día si eso no hubiese significado tener que abandonar su sueño de convertirse en actriz y regresar a Madrid. Porque si le resultaba difícilmente soportable la adoración exaltada de sus compañeros de escuela y el desprecio que dicha circunstancia parecía ejercer entre las otras aspirantes a actriz -le comentó mientras encaminaban sus pasos hacia Prospect Park-, más difícil le era aún soportar la idea de verse obligada a regresar a España, un país en blanco y negro enterrado bajo la losa de una anacrónica dictadura.

Con todo, lo que más le intrigaba a Miguel era no haberle oído hablar todavía de ningún hombre. Por eso, cuando el anochecer se les echó encima sentados en un banco frente al precioso lago de aquel parque público inmenso enclavado en mitad de Brooklyn, no le quedó otro remedio que enfrentarse, si no le traicionaba su memoria, torpemente, a la tan delicada cuestión:
-¿No sales con nadie?
Angya se volvió hacia él y le miró pensativa durante unos instantes; después bajó la vista hacia las uñas de una de sus manos y negó con un movimiento de cabeza. Si mantiene fresco en el recuerdo este detalle es porque la respuesta negativa de Angya fue como si le hubiera abierto de par en par las puertas de un sueño, en cuyo centro no podría encontrarse otra cosa que su alma. No imaginaba entonces hasta qué punto este sueño acabaría convirtiéndose en realidad.

 
 
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