La Cubana
Capítulo 12 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

La Cubana
Pensaba que Angya y el padre de Eve se conocían, pero a juzgar por las presentaciones y por cómo éste la miró, era manifiesto que nunca antes se habían visto. Aquel oso era exactamente como lo imaginaba y, por serlo, no guardó ningún recuerdo relevante de él ni de aquel sórdido lugar que regentaba y del que parecía sentirse tan orgulloso. Salvo uno. Aquel hombre les acomodó personalmente en una de las mejores mesas del concurrido establecimiento. En la pequeña pista de baile, parejas de todas las edades y todas las etnias bailaban agarrados al son de... ¿Los Panchos? Su amigo Carlos sonreía y sonreía, pero los dos sabían muy bien que aquello no acababa de convencerles demasiado. Angya, a la que notó algo inquieta, miraba de un lado a otro, entre temerosa y resignada, a la espera quizá de que el oso se sentara junto a ella y le estropeara la noche. Y Miguel también.

Lo siguiente que recuerda es a Carlos y Eve bailando en la pista y, un poco más allá, mezclándose entre otras parejas, ora a la vista ora no, a Angya bailando con el oso; debería haberla acompañado a la pista cuando ella se lo pidió, pero no lo hizo porque no hubiese podido resistir la fascinación de su proximidad, y hubiera acabado acariciando delicadamente con su rostro el de ella, atrayéndola hacia sí para sentir el roce de sus pezones y percibir su respiración. La hubiera besado en el cuello, en la frente, en las mejillas; la hubiera besado en los labios y lo hubiera hecho sin medir las consecuencias.

Miguel levantó el vaso para beber; fue entonces cuando la vio de nuevo con sus ojos clavados en él. Angya le miraba como no había visto hasta ese momento hacerlo a nadie. Sintió la necesidad de mandarle un beso con los labios, pero el temor al ridículo le impidió moverse y sólo se atrevió a sonreírla con cierta torpeza. Angya le devolvió un gesto lleno de ternura; no sabría describirlo con exactitud, sólo experimentó una oleada de afecto que le envolvió con esa calidez única que sólo puede brotar de lo más hondo del corazón de una mujer. ¡Cómo podría enfrentarse Angya a un amor al que doblaba la edad! ¡Cómo podría decirle que lo amaba desde el mismo instante en que le vio, allí, de pie como un pasmarote en mitad de la sala!

 
 
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