Irish-coffee
Capítulo 13 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

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Sobre el cristal delantero del automóvil caía una ligera llovizna que el limpiaparabrisas del vehículo barría a intervalos. Recuerda el suave ruido del aire fluyendo hacia el interior del vehículo por los conductos de ventilación y a Angya conduciendo en silencio. Le hubiera gustado contar con un pequeño tomavistas y filmar su perfil a contraluz, como si se tratara de la secuencia de una película de cine, para que sus compañeros de facultad, no los que tenía, que resultaban en su mayoría vulgares y carentes de la menor sensibilidad, sino los que en ese momento imaginaba tener, le hicieran mil y una preguntas acerca de aquella mujer española de increíble belleza que conoció en Nueva York.

Angya estacionó el automóvil y apagó el motor. El olor del agua de lluvia evaporándose sobre los adoquines de la acera les acompañó hasta que entraron en aquel pequeño pub de barrio con cierto aire irlandés, regentado por David Bartlet, una especie de John Wayne bonachón, de angelote enorme de mirada transparente y ademanes delicados, que nada más verles entrar se deshizo en atenciones hacia ambos. ¡Pobre David, él también estaba enamorado de Angya sin quererlo! Las mesas del establecimiento eran pequeñas, por eso cuando se sentaron frente a frente, tan cerca el uno del otro, se sintieron tan bien. Ella le dijo que no solía ir mucho por ahí, pero que a veces, sobre todo en invierno, bajaba a tomarse una copa para no sentirse demasiado sola. Ninguno de los dos hacía nada por ocultar sus sentimientos; se miraban abiertamente a los ojos, sin importarles lo más mínimo lo que sucediera a su alrededor, ajenos a todo lo que no fueran ellos. Miguel acariciaba el rostro de Angya con la mirada, se detenía en sus labios y la buscaba después, vehemente y apasionado, en las profundidades de unas pupilas celestes que parecían querer entregarse a él sin reservas. De repente se hizo el silencio entre los dos y se quedaron como suspendidos en mitad de un vacío que les arrastraba de manera irremisible el uno hacia el otro. Angya, que notó de pronto cómo Miguel se rompía por dentro en mil pedazos, volvió la vista hacia la puerta del local, alertada: Eve y su sobrino se aproximaban hacia ellos cogidos de la mano.
-Pero, bueno, ¿no estabais en Tramps? -preguntó Angya haciendo todo lo que estaba de su mano por aparentar normalidad.
-No nos han dejado entrar -comentó Carlos en tono despreocupado mientras aproximaba un par de sillas hacia la mesa que ocupaban Miguel y su tía.
Eve murmuró algo en voz baja, tras lo cual se perdió de vista camino de los aseos. Carlos se sentó a la mesa y comenzó a mirar aquí y allá con total despreocupación. Miguel, algo incomodado, bajó la vista hacia su vaso de whisky y empezó a darle vueltas nerviosamente entre sus manos hasta que Angya, en un gesto que Miguel no esperaba que pudiera llevar a cabo delante de su sobrino, le sujetó la mano con firmeza en un intento de calmarle. Lo hizo con tal naturalidad que Carlos se rió de buena gana, pensando que su tía estaba bromeando con Miguel. Pero tras ese gesto se escondía el deseo irreprimible de tocarlo. Y ambos lo sabían.

 
 
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