La brújula
Capítulo 19 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

La brújula
Una gran decepción se esbozó en el rostro de Angya nada más atravesar la puerta del local; desencantada y algo confusa, hizo un ademán a Miguel para que retrocediera sobre sus pasos y saliera de nuevo a la calle. Era evidente que aquel establecimiento abarrotado de mujeres que se hablaban al oído no tenía nada que ver con aquel otro al que pretendía llevarle y que existía ya sólo en algún recoleto rincón de su memoria.

Acabaron en un local que a él le recordó, aun sin parecerse, a ese pequeño y entrañable garito de su barrio al que acudía muchas noches de viernes y de sábado a consumir entre alcohol la madrugada, y al que no dejó de ir nunca del todo. Hablaron del sonido del mar y de su olor, de Harlem y de otros lugares que jamás llegaría a conocer de Nueva York, hasta que el espíritu del amor se cernió de nuevo sobre ellos y se apoderó de todos sus pensamientos, de todos sus gestos, de todas y cada una de sus palabras y de sus miradas, de todos sus silencios y de toda la vida en un instante, de la vivida y de la que aún les quedara por vivir, de los latidos de sus corazones y el de sus sexos, humedecidos y anhelantes, que se buscaban desde los albores del tiempo, cuando ni el amor si quiera soñaba con nacer y encarnar en cuerpo de hombre o de mujer.

Entraron en la casa sin hacer ruido y cerraron la puerta de aquel dormitorio limpio y ordenado tras de sí; no había nada a la vista, sólo la lámpara, un despertador y una brújula antigua de madera decorada con motivos marinos. Le llamó la atención este detalle y observó con detenimiento la dirección que marcaba. Pensó que de este modo sabría hacia dónde mirar cuando se encontrara recostado en su cama hablando con Angya por teléfono. Tendría que trabajar en el taller para pagar las conferencias y poder ir y venir. Bien mirado, tampoco era tanto: ocho horas de ida y siete de vuelta. Ese era exactamente el tiempo que les separaba.

Un inesperado relámpago inundó de luz cenicienta la habitación de Angya, que se tiñó por unos instantes de un blanco opalino y espectral. Afortunadamente, esa tarde había lucido el sol en Long Island.

 
 
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