Navidad
Capítulo 20 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

Navidad
El trueno hizo temblar el viejo edificio hasta los cimientos; Miguel se sobresaltó al escucharlo y retiró de la ventana su rostro, cuyo reflejo se fundía con el de las bombillas multicolores que adornaban burdamente la tristeza que bañaba la avenida principal de la Colonia. La tormenta arreció y él, a oscuras en la oficina del taller, observando cómo llovía a cántaros, se sintió terriblemente solo. ¡Cuánto hubiese agradecido entonces contar con la comprensión de Carlos o con la de Juan "el negro"! O con la de su padre.

Miguel salió del taller y echó el cierre metálico, que rasgó la noche con ese ruido ensordecedor al que no llegó nunca a acostumbrarse del todo. La lluvia había limpiado el aire y aunque hacía frío resultaba agradable caminar por la avenida bajo la luz de las farolas y las lámparas de colores, que a él se le antojaban tristes luminarias despojadas a una feria centenaria, como aquéllas del parque de atracciones de Coney Island.

Pasó junto a la puerta de la antigua boite, de cuyo interior, al que se accedía por una angosta y empinada escalera, escapaba hacia la calle ese olor que tanto le desagradaba, mezcla de perfume barato y desinfectante. El chaval de la puerta, que ya tendría bien cumplidos los cuarenta, le felicitó las Fiestas y le invitó a una copa al pasar. ¡En aquellos bajos de espejos oscuros y terciopelos rojos había conocido tanta soledad y tanta pena, tanta desgracia encubierta!

Miguel dobló la esquina del callejón y entró en Corner's, el garito de siempre, que había cambiado tres veces ya de dueño y dos de nombre, pero entre cuyas paredes a él le daba la sensación de ser joven todavía. Rafa le sonrió nada más verle y le sirvió un whisky con hielo en vaso largo según se acomodaba junto a la barra. Creyó oírle hablar algo acerca de su hermana, que era una mujer honesta y buena, que todos decían que se parecía mucho a Susan Sarandon y que se pasaría por el local algo más tarde. A Miguel le divertía que medio barrio pretendiera convertirle en su cuñado y a veces se dejaba llevar por mero juego, haciéndose el interesado. Rafa introdujo una película en el vídeo con el que contaba el pub ante la ociosa mirada de Miguel.
-Mi hermana va a traerme algunos pósters para colocar en el pub. Estuvo en Nueva York a primeros de mes y le pedí que me trajera algo para decorar las paredes.
Miguel centró su atención en Rafa. Tras unos instantes, se atrevió a decir:
-Yo estuve allí cuando era joven -Miguel trató de sonreír según realizó el comentario, pero los músculos de su rostro no le obedecieron.
-¿En Nueva York?
Miguel asintió con un movimiento de cabeza, pero no dijo nada más. Rafa, que le observaba con cierta curiosidad mal disimulada, fue prudente y no se atrevió a preguntarle. Miguel bajó la vista hacia la barra y contempló los destellos que las lámparas del local arrancaban al whisky contenido en su vaso; se acordó de pronto de aquella brújula decorada con anclas, faros, barquitos y delfines y se vio de nuevo trasladado al dormitorio de Angya, cuyos bellísimos ojos, casi traslúcidos, le miraban arrobados a través de las primeras luces de aquel amanecer sombrío. Se preguntaba entonces, mientras yacían en el lecho uno junto al otro, cuál era el misterio que encerraban sus pupilas y por qué brillaban como si a través de ellas se pudiera llegar a vislumbrar un retazo de Infinito. Recuerda que Angya acabó durmiéndose en sus brazos mientras él imaginaba a Carlos entrando en la casa y llamando a la puerta de su habitación vacía. ¿Intuía Carlos? ¿Lo sabía? ¿Fue esa la razón por la que no hizo acto de presencia en todo el día, o simplemente Eve consiguió hacerle olvidar hasta su nombre, como le había sucedido a él con Angya?

Miró hacia el despertador y éste empezó a sonar. Angya no tenía buena cara. Miguel la dejó descansando en la cama y se dirigió al baño. Se había acostumbrado a hablarle a su madre en voz baja mientras se duchaba; una vez escuchó su voz, que le decía que olvidara el resentimiento hacia su padre, que la quiso a su manera y que lloraba muchas veces cuando se quedaba solo en casa. Esa mañana de domingo, por más que preguntó a su madre sobre Angya bajo el chorro de la ducha, no logró escuchar nada.

 
 
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