La mirada de Carlos
Capítulo 21 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

La mirada de Carlos
Angya y él se quedaron en la casa. Fuera no había nada.
Comieron de manera informal, obsequiándose carantoñas y mimos, caricias y besos; besos amistosos, besos robados, ávidos, lujuriosos. Se acomodaron uno frente al otro en uno de los dos tresillos de la sala. Ella le preguntó si se lo había pasado bien el día anterior y después, esbozando esa sonrisa tan franca y arrebatadora de la que en ocasiones hacía gala, se sinceró, diciéndole:
-Me enamoré de ti desde el mismo instante en que te vi, ahí -señaló un punto de la habitación con la vista-, de pie como un pasmarote en mitad de la sala.
-¿De verdad? -preguntó Miguel, incrédulo.
Angya asintió.
-A mí me sucedió lo mismo. Sentí como si ya nos conociéramos -dijo Miguel.
-Quizá nos conocimos en una vida anterior -bromeó Angya.
-¿Crees en esas cosas? -preguntó Miguel, curioso.
-No -reafirmó su respuesta negando con un movimiento de cabeza. Después, y tras un silencio, dijo, circunspecta:
-Mañana tengo que ir a Houston.
Sus labios seguían sonriendo, pero sus ojos se volvieron opacos. Se apagaron.
-Pero volveré el jueves por la noche. Tendremos dos semanas para nosotros. Estoy pensando en alquilar una casa en Finger Lakes. Es un poco caro, pero creo que merecerá la pena. ¿Qué te parece la idea?
Miguel recuerda que aproximó su rostro hacia el de Angya y comenzó a acariciarle con delicadeza el cabello.
-Eres bellísima -pronunció estas dos palabras sin dejar de mirarle fijamente a los ojos. Angya asió la mano con la que él le acariciaba para besarla. Escucharon en ese instante el ruido de la puerta de la casa al abrirse y la voz de Carlos que, imaginando quién sabe qué, parecía querer avisarles de su llegada de algún modo:
-¡Soy yo! ¡Vengo a cambiarme de ropa!
Miguel se sintió como aquella tarde en San Fermín, cuando Carmen y él no esperaban que su padre acabara tan pronto la partida de cartas de la tarde de domingo. Pero, como Angya, no se movió, no supo cómo hacerlo; se limitaron simplemente a dejar las manos quietas. Carlos entró en la sala y se les quedó mirando; luego hizo aquel extraño gesto con la boca, como mordiéndose los labios, bajó la vista y se encaminó hacia su habitación sin decir nada.

 
 
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