La cama vacía
Capítulo 22 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

La cama vacía
Esa noche se acostaron pronto y, pese a la falta de costumbre ante la proximidad de sus cuerpos, que no de sus corazones, en seguida se durmieron. Hasta ese momento el azar, si es que tal cosa existe, había hecho posible que compartieran dormitorio esas dos noches sin que Carlos les obligara a plantearse otras alternativas -¿quizá más responsables?-. ¿Se arriesgaría Angya a que su sobrino le viera junto a él en la cama, o dormirían separados si Carlos decidía regresar a su habitación y no pasar la noche junto a Eve? A Angya no parecía importarle mucho eso, a decir verdad, no parecía importarle nada. ¿Cómo era Angya? ¿Qué se escondía tras ese ser de mirada angelical, como su nombre, que se diría no haber tenido existencia propia antes de coincidir con él ese verano tardío de septiembre? ¿A qué lugar sin nombre había relegado sus amantes, su experiencia de vida y su pasado? Angya no podría seguir ocultándose durante mucho tiempo y esto le asustaba, porque temía que lo que estaba por descubrir pudiera acabar separándoles.

A él le hubiera gustado acompañarle a Houston, invitarle a comer en algún restaurante y pasearse con ella conduciendo un gran descapotable americano para que todos pudieran admirar la belleza de su ángel de cabellos dorados y cutis fino como la cera, pero no hubiera podido pagar ni el desayuno en el aeropuerto. Por otra parte, si no era capaz de prescindir de Angya durante tres o cuatro días, ¿cómo podría asumir después dejar de verla durante meses?

Angya se levantó sin apenas hacer ruido y cuando quiso darse cuenta le estaba dando un beso de despedida. Se abrazaron. El la miró y le dijo:
-Estás muy guapa, Angya.
-Gracias, Miguel.
-¿Y si vuelve Carlos? -Miguel le cuestionó, muy serio.
Angya aproximó sus labios a los de Miguel y volvió a besarle con extrema dulzura.
-Quédate en la cama. Te llamaré por la noche, hoy o mañana.
Angya desapareció tras la puerta del dormitorio, que dejó cerrada, y salió de la casa. Miguel escuchó cómo Angya ponía en marcha su automóvil y se alejaba en éste callejuela abajo. Soñó que Angya y él caminaban de nuevo cogidos de la mano por un embarcadero parecido al de Long Island y que su madre les hacía señas con el brazo desde el final de la escollera. Soñó que se aproximaron hacia ella y que su madre se convertía de pronto en una sombra negra que agarraba a Angya brutalmente por un brazo, llevándosela consigo flotando sobre las aguas de un océano marrón y verde, cuyo horizonte se perdía entre tinieblas nacaradas. Se despertó a eso de las once empapado en sudor frío, como tantas veces le había pasado desde que murió su madre. En Madrid no habría aún amanecido. Su padre estaría tumbado, como él, en una cama vacía. Una vez, tal vez la única que le oyó mencionar algo relacionado con la muerte de su madre, le dijo que pedía a Dios todas las noches para que cuando le llegara a él su momento le sucediera de golpe y ninguno de los dos tuviera que volver a pasar de nuevo otro calvario. María, su madre, tenía cincuenta y nueve años cuando murió, pero sólo era una cabeza con peluca pegada a un cuerpo que no le respondía, atada a un lastre muerto que debía ser alimentado, aseado, limpiado de heces y de orina y volteado varias veces al día para que la sangre fluyera y no le salieran llagas. Miguel sufría tanto que a veces no le quedaba más remedio que encerrarse a toda prisa en su cuarto y hundir con fuerza el rostro en la almohada de la cama para poder verter a raudales todas esas lágrimas que le quemaban los ojos, sin que su madre alcanzara a oír su pena. Y así, día tras día, semana tras semana, hasta que llegó el desenlace. A veces se observaba desnudo frente al espejo, buscándose ronchones, manchas, bultos o cualquier otra señal de alarma que le pusiera sobre aviso de que la genética comenzaba a hacer acto de presencia en las células de alguna parte de su cuerpo. No tenía por qué correr necesariamente la misma suerte que su madre, pero la mera probabilidad basada en la estadística le resultaba inquietante. El había visto la muerte de cerca y su sola mención le causaba pavor. Por eso admiraba a los médicos, que eran capaces de abrir los cuerpos y cerrarlos sin demasiadas concesiones al lugar en el que en los mismos se pudiera encontrar la esencia divina. No, la muerte de su madre no tuvo nada de sublime, fue una muerte horrible. Debería haber leyes que impidieran morir de forma tan espantosa a un ser humano, leyes que le permitieran morir dignamente cuando ya no hay cabida ni tan si quiera para la esperanza. La morfina no evita el sufrimiento de la esencia divina, allá donde ésta se encuentre, y aquel buen doctor lo sabía y lo repetía siempre, pero no podía hacer nada.

Se volvió hacia el armario empotrado de la habitación y luego hacia la cómoda; cualquier otro hubiese revisado los cajones de esos muebles uno a uno para averiguar de qué color eran los recuerdos de Angya y si usaba o no pañuelos de seda para enjugarse los malos y buenos momentos de su vida. Pero él no lo hizo porque siempre consideró la intimidad como un bien privado y que, como tal, podía ser cedida, donada, regalada, conferida o traspasada, pero jamás saqueada ni robada.

Miguel se levantó, entró en el baño y habló de nuevo a su madre. Bajo el chorro de la ducha, como hacía siempre.

 
 
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