¿Celos?
Capítulo 23 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

¿Celos?
Eve trabajaba y no podía compartir todo su tiempo con Carlos, por esa razón éste se presentó en la casa un poco antes de la hora de comer. Si su memoria no le traicionaba, él estaba intentando localizar Finger Lakes en un mapa de carreteras del estado de Nueva York. Carlos le preguntó por su tía y Miguel le respondió que se había ido a Houston y que no regresaría hasta el jueves. Carlos se sentó en uno de los tresillos de la sala y estuvo durante largo tiempo en silencio. Finalmente, espetó a Miguel de repente:
-¿Qué piensas hacer? ¿Dejar la carrera? ¿Quedarte aquí y buscar trabajo, o cambiar pastillas de frenos en el taller de tu padre para poder venir aquí dos o tres veces al año? Mi tía no va a moverse de aquí, de Nueva York; lo sé, estoy seguro.
Las palabras de Carlos, tan demoledoras como una bofetada a destiempo, resonaron en el interior de su cabeza con más fuerza y más firmeza que la propia voz de su conciencia. Pero, ¿acaso estaba de su mano cambiar algo? ¿Podría dejar de amar a Angya y querer a Marta o a Susana por vivir sólo a dos manzanas de su casa? ¿O hubiera sido mejor mirar para otro lado, como hacen los cobardes, como hicieron todos cuando enfermó su madre, con la única excepción de su tío Julio? ¿Dónde estaba el primo Luis entonces? ¿Dónde estaba el primo Antonio? ¿Y el tío Pedro? ¿Y la tía Blanca? ¿Dónde estaba aquel cura, que amenazó a su padre con acabar en el infierno porque le oyó comentar que hubiese sido mejor ponerla una inyección para dormirla y evitarla todo aquel sufrimiento inútil, cuando su madre se retorcía de dolores en la cama mientras sus pulmones encharcados la asfixiaban? ¿Acaso existía un infierno peor que el que su madre, María, estaba padeciendo? Durante esos meses aprendió que no sobre todos los hombres había consentido Dios manifestar su capacidad y su entendimiento, que había muchos que eran como esos niños revoltosos que sólo se quedan satisfechos importunando una y otra vez a sus compañeros de colegio, obligándoles con tediosa insistencia a hacer lo que ellos quieren, niños tontos, como los llamaba su abuela. ¡Cuánta idea preconcebida y cuánta ignorancia, cuánta falta de respeto hacia la dignidad humana, cuánto niño necio y tonto!

Esa noche Carlos bajó al apartamento de Eve, pero no durmió allí, regresó a eso de la una y se recluyó en su habitación. Eve -¡cuántas veces se había arrepentido de haberla juzgado así por aquel entonces!- era leve, insustancial, vacía y caprichosa, y su relación con Angya no pasaba de ser un intento de aproximación hacia alguien que, por su belleza física o de carácter, causaba en ella una profunda admiración. ¿Se sintió Carlos rechazado por Myriam cuando ésta le dijo que no le acompañaría a Nueva York debido a su pánico a volar y fue Eve el sujeto que dio forma y cuerpo a su resentimiento? Carlos se estaba equivocando, pero sabía que cualquier intento de razonamiento con él chocaría frontalmente contra el sentimiento de incomprensión que parecía haberle causado el hecho de que su tía y él se quisieran. ¿Acaso Angya y Miguel debían sentirse culpables por amarse?

 
 
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