Corner´s
Capítulo 24 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

Corners
Rafa salió de la barra para saludar con júbilo a la persona que acababa de acceder en ese mismo momento al local. Miguel, que alzó la vista hacia la enorme pantalla de televisión procurando hacerse el desentendido, escuchó cómo Rafa felicitaba la Nochebuena a su hermana y se aproximaba después junto a ella hacia el lugar que él ocupaba en la barra.
-Miguel, te presento a mi hermana Berta.
Miguel, que imaginaba lo que se le echaba encima, se volvió hacia ellos. Berta era una mujer de una belleza singular extraordinaria, de gestos espontáneos y formas honestas y francas de expresarse y de mirar, sobre todo de mirar. La mirada de Berta, ya no olvidaría su nombre, era limpia y clara, despierta, chispeante, curiosa, como a él le gustaban las miradas, una mirada cálida y vigorosa, arrebatadora. La belleza de Berta, cuya sola presencia llenaba el local, emanaba de su espíritu, noble y generoso. De repente, creyó volver a experimentar esa desconcertante sensación de afinidad que sólo recordaba haber sentido aquel atardecer de septiembre, cuando Angya y él se vieron por vez primera.

Berta ladeó la cabeza y le interrogó graciosamente con la mirada:
-No querrás que te firme un autógrafo, ¿verdad?
Miguel sonrió e intentó hacer algún comentario ocurrente, pero no le salieron las palabras, no supo qué decir; hacía demasiado tiempo que no había tenido tan cerca una mujer como Berta. Hacía demasiado tiempo que no había tenido cerca una mujer. Lo cierto es que cuando bajaba a la boite lo hacía por no acostarse con la sensación de que su mirada no se había cruzado ese día con la de otro ser humano y por dejar en manos del destino la posibilidad de volver a vivir un amor de ensueño en un atardecer frente al mar. Pero la realidad se imponía, y raro era el día que no salía de allí casi ebrio, con el estruendo de la música retumbándole en la cabeza y el alcohol pitándole en los oídos con un agudo silbido. Y los años fueron tornando sus sienes plateadas y ahogando paulatinamente, entre whiskys y desengaños, la esperanza de encontrar a una mujer con quien compartir un instante de sinceridad, pues si bien los cuerpos con los que se cruzaba parecían estar dispuestos para el encuentro, por dentro no eran sino oquedades de amor. ¿Sería eso mismo lo que los demás veían en él? ¿Un ser vacío, oscuro, atormentado?

La voz de Berta se materializó de pronto no muy lejos de su oído:
-¿Cuánto tiempo hace que estuviste en Nueva York?
-Veintiocho años.
-¡Veintiocho años! ¡Díos mío, serías un muchacho entonces!
Berta le observa con una mezcla de extrañeza y curiosidad.
-¿Llegaste a ver las Torres Gemelas?
-Sí, las habían edificado dos o tres años antes; estuve haciendo cola para subir al mirador por lo menos dos horas, quizá más.
-¡Qué tragedia lo del atentado, verdad!
-Horrible. Una masacre.
Berta cambió rápidamente el rumbo de la conversación, consciente de que ese tema no era precisamente el más apropiado para una noche como aquella:
-¿Y qué es lo que más te gustó de Nueva York? ¡A ver, cuéntame!
Miguel sonrió ante la afabilidad y el carácter abierto y espontáneo de Berta.
-Brooklyn.
-¿Brooklyn? -repitió Berta, extrañada.
-Brooklyn Heights -matizó Miguel.
-¿Conociste Long Island?
-Estuve en varios sitios: Old Westbury, Port Washington, Sag Harbor, Long Beach...
Berta se entusiasma:
-Tengo un montón de fotografías y de postales de Long Island en el coche; algunas son antiguas, de primeros de siglo. Las compré en una especie de anticuario. No sé ni cómo logré entenderme con aquel sujeto. ¿Te imaginas? ¡Al final no me quedó otro remedio que ir señalándole con el dedo lo que quería comprar! ¡Qué hombre más pintoresco! Tenía la cara colorada como un tomate y una gran barba blanca muy cuidada. Parecía un lobo de mar. Tal vez lo fuera, vete a saber.
-¿Qué tal si os sentáis en una mesa y os sirvo las copas allí? -interrumpió Rafa con la sutileza propia de un camarero experimentado.
No sabría decir cómo, pero Miguel se encontró de pronto sentado en una de las pequeñas y acogedoras mesitas del local, esperando a que Berta regresara de su automóvil con todo el cargamento de estampas y pósters que había adquirido en esa vieja tienda de Long Island. Se preguntaba qué motivo habrían conducido a esa mujer a desplazarse a Nueva York en unas fechas tan poco usuales para realizar un viaje turístico.

Berta entró de nuevo en el local, entregó a su hermano cinco o seis tubos de cartón en los que venían protegidos los pósters y se sentó después frente a Miguel. Sin dilación, sacó de la bolsa que llevaba consigo varios paquetes y los depositó sobre la mesa. Miguel se los quedó mirando con cierta expectación. Berta asió uno de los paquetes y se lo entregó a Miguel; éste lo abrió y extrajo un mazo de fotografías que se encontraba en su interior. La primera instantánea le impactó sobremanera: ahí estaba, a contraluz, magníficamente retratado, con la playa al fondo y el sol de atardecer, medio cubierto por unas nubes tormentosas y amenazadoras, dominando la imagen y creando un bellísimo contraste de luces y de sombras, aquel rincón del paseo, la barandilla, su banco, las farolas -¿eran las mismas?- y el pequeño embarcadero, que en la imagen no parecía ahora tal, sino una prolongación hacia la playa del paseo; todo tal y como lo recordaba, pero cubierto por una gruesa capa de nieve de forma ondulada e irregular, que confería a la imagen un aspecto dramático; el suelo de madera, la barandilla, la arena de la playa: todo era de un blanco azulado y frío. Miguel fijó su atención en el banco y, por un instante, creyó escuchar las olas del mar rompiendo sobre la arena y el agudo reclamo de las gaviotas sobrevolando la playa, ingrávidas y majestuosas, y después la voz de Angya, cuyo tono y timbre, que el paso de los años había borrado, podía percibir ahora, nítido y próximo, casi al oído, dando forma y sentido a aquellas palabras que estremecieron su alma: "Cuando me recuerdes, imagíname aquí, sentada contigo en el embarcadero mirando al mar. Siempre contigo". Miguel contempló la instantánea durante largo rato, el suficiente como para que Berta intuyera que aquella imagen había causado en Miguel una profunda impresión.
-Ha cambiado poco desde entonces -comentó Miguel con un hilo de voz.
Berta, que le observaba con su mirada honesta y franca, esperó paciente a que Miguel continuara.
-Todo está según lo recuerdo -comentó Miguel con seriedad mientras echaba una rápida ojeada a las otras fotografías que componían el mazo.
-En veintiocho años algo habrá cambiado necesariamente -dijo Berta posando su vista sobre el mazo de las fotografías.
Miguel, al que se le notaba bastante afectado, comentó:
-No conservo ningún recuerdo de cuando estuve allí; ni una postal, ni una fotografía, ni siquiera un billete de autobús. Nada. Como si no hubiese estado allí jamás.
Berta quedó extrañada ante el comentario de Miguel, pero no se atrevió a preguntar nada.
-Fui a Nueva York con un compañero de la Facultad -prosiguió Miguel-. Era él quien llevaba la cámara de fotos. Tras mi regreso no volvimos a vernos nunca más.
Berta le pregunta, intrigada:
-¿Os enfadasteis?
-Su tía y yo nos enamoramos -Miguel bajó la vista y continuó tras una pausa-. Carlos no comprendió aquella relación. Ni la comprendió ni la aceptó.
-¿Su tía era joven? -preguntó Berta con cierta curiosidad.
-Me doblaba la edad. Tenía cuarenta y tres años, pero no los aparentaba en absoluto.
Berta y Miguel alzaron la vista hacia la enorme pantalla de televisión con la que contaba el pub, atraídos por las imágenes finales de Los puentes de Madison County, la película que en ese momento se estaba proyectando en la enorme pantalla del pub.

Aquella noche, después de intentarlo inútilmente durante años, Miguel había logrado escuchar de nuevo la voz de Angya. Y era a Berta a quien se lo debía.

 
 
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