Inquietud
Capítulo 25 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

Inquietud
Angya no le había llamado la noche del lunes, por eso estaba seguro de que el teléfono sonaría de un momento a otro. Y así fue. El tono de Angya era normal, desenfadado, divertido incluso, pero cuando colgó el auricular tuvo el extraño presentimiento de que algo marchaba mal. Y de pronto empezó a temer el regreso de Angya, por si en vez de abrazarle a su llegada, le sentaba en uno de los tresillos del salón para exponerle las razones por las cuales deberían poner fin a su ¿quizá irreflexiva y precipitada relación?

No hizo otra cosa a lo largo del día siguiente que bosquejar todas las posibles objeciones que Angya pudiera traer consigo de Houston, no para rebatírselas, lo que probablemente no hubiera conseguido, sino para evitar que la turbación y el nerviosismo le impidieran encontrar las palabras adecuadas con las que poder al menos contestarla de una manera coherente y razonada. Alumbró en su imaginación la escena tantas veces y bajo argumentos tan dispares, que acabó extenuado bajo la redundancia de toda esa palabrería farfullada frente a las sillas desocupadas de aquella casa vacía. Y de pronto, hilvanando ideas, se descubrió a sí mismo lucubrando la manera de decirle a su padre que necesitaba trabajar en el taller de vez en cuando para ganar algún dinero. Y la esperanza se vino abajo. No sólo no sería capaz de comprenderle, en el caso extremo de que se viera obligado a hablarle acerca de Angya, sino que tampoco realizaría el menor esfuerzo por hacerlo. Sus padres, bien lo sabía, no se casaron por un impulso del corazón, sino por una ecuación matemática planteada en el rincón más racional de sus cerebros, aunque mal resuelta: lo hicieron porque el tiempo les plantaba cara y les anunciaba a cada uno por separado que se estaba haciendo tarde. No, no iba a permitir que su padre, capaz de reírse hasta del nombre de Angya, le cuestionara algo que ni si quiera podría alcanzar a entender por ser totalmente ajeno a su experiencia de vida: el sentimiento desinteresado de amor. Tenía sólo dos opciones, abandonar la Universidad y ponerse a trabajar en el taller, sin prerrogativas ni condiciones, y por supuesto sin comentar a su padre lo más mínimo acerca de Angya, o buscarse trabajo por su cuenta. Pero esto último ya lo había intentado, sin suerte. ¿A quién podría pedir trabajo si desde la enfermedad de su madre no se trataba con ningún familiar, salvo con su abuela? Y si su familia no le ayudaba, ¿quién lo haría entonces? Fuera como fuese, y en el mejor de los casos, parecía estar condenado a ver a Angya solamente una o dos veces al año. Quizá Eve pudiera recomendarle para trabajar de camarero, o de cualquier otra cosa, en el garito de su padre, eso no podría ser peor que estar metido todo el día en el taller bajo la luz de un fluorescente, y además le permitiría quedarse en Nueva York.

Miguel se dirigió a la cocina y abrió una botella de cerveza; mientras refrescaba su garganta concluyó que Angya era la única persona que realmente podría ayudarle. Miguel se dejó caer, agotado, en uno de los tresillos del salón. Se encontraba aturdido de dar tantas vueltas a la cabeza. Lo único que deseaba era volver a estar con Angya y dormir junto a ella al llegar la noche, abrazados en el silencio de su dormitorio en penumbra. ¿Qué sería de ellos dentro de unos días, cuando su avión despegase y se convirtieran el uno para el otro durante meses sólo en una evocación de ese misterio que algunos llaman alma y que para otros sólo es un vasto conjunto de neuronas y reacciones químicas? ¿Qué sería de él, tras haber conocido el amor, en aquella casa triste y fría, cuyas paredes rezumaban instantes terribles? Tenía que conseguir un trabajo como fuera. Y apenas contaba con veinte días para conseguirlo.

 
 
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