A oscuras
Capítulo 27 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

A oscuras
La luz de la vivienda situada al otro lado de la estrecha callejuela se reflejaba en el espejo del armario incidiendo directamente sobre los ojos de Miguel, pero no se atrevió a levantarse y bajar la persiana por temor a despertar a Angya.

Observó durante unos instantes su propio reflejo en el espejo del armario y se notó extraño, como si no se reconociera, como si fuera otro a quien miraba. Se giró en la cama muy despacio procurando en lo posible no mover el colchón para no perturbar el descanso de Angya, pero al volverse descubrió a ésta con la vista clavada en el techo de la habitación y el rostro descompuesto. Un brillo húmedo alrededor de sus ojos delataba que había estado llorando. Angya no se movió, se limitó a respirar profundamente de manera entrecortada, con la mirada perdida en la oscuridad del cielo raso. Miguel abrazó a Angya y ésta se aproximó a él, reclinando la cabeza sobre su pecho; el sufrimiento aborrece las palabras y ninguno de los dos dijo nada.

Le vino a la cabeza de repente ese abrazo que dejó de dar a su madre aquella noche de fin de año porque estaba enfadado y se maldijo. Ni arrodillándose ante el tiempo y suplicándole podría ahora dar marcha atrás para poder volver a acariciar su cabello canoso a través de aquella redecilla que usaba al dormir y que a él le hacia tanta gracia. ¡Cuántas cosas desconocería ya siempre acerca de su madre por no haberla prestado suficiente atención mientras hablaba! Con su muerte su naturaleza se volvió triste y reservada. Muchos de sus amigos se vieron incapaces de comprender el profundo cambio de personalidad que operó en él y fueron paulatinamente relegándole. Sólo Juan "el negro" se mantuvo a su lado, aunque desde que se echó novia formal apenas se veían. A Carlos le conoció algo más tarde, casi al mismo tiempo que a Carmen, cuando ya había aprendido a aceptar que la mejor forma de tener amigos era no exigirles demasiado ni esperar gran cosa de ellos. Su relación con Carmen sólo fue un intento, tan tenaz como infructuoso, de comprender su condición humana. Carmen, como Angya, también tenía los cabellos dorados y poseía unos preciosos ojos azules que le brillaban en un sinfín de pequeños destellos de una belleza incomparable en cuanto el sol se posaba sobre ellos; su nariz, pequeña y respingona, daba a su rostro una apariencia delicada, pero, a diferencia del de Angya, sus rasgos carecían de fuerza. La mirada de Carmen era la de un felino domesticado que sólo busca un lugar seguro en el que procrear y sacar adelante a su prole; la de Angya poseía el vigor y la nobleza de la mirada del halcón. Miguel no podía dar a Carmen lo que buscaba, en ningún sentido; por eso se marchó como vino, poco a poco, hasta desaparecer totalmente de su vida. ¿Debería afrontar la soledad en la que transcurrirían sus años venideros antes que compartir su tiempo de vida sólo a medias con otro ser humano, a quererle sólo a medias y a medias sólo ser querido, como les sucedió a sus padres?

Ya nada podría ser igual. Angya le había entregado lo más valioso que poseía y estaba dispuesto a atesorarlo. Qué sería de ellos no lo sabía. El futuro de ambos era un universo oscuro lleno de preguntas, al igual que la Existencia.

La luz de la casa de enfrente se apagó con las primeras luces del alba; como las ilusiones de Angya. Como la vida truncada de su hijo.

 
 
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