La nota amarilla
Capítulo 29 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

La nota amarilla
Carlos hizo acto de presencia a media mañana. El padre de Eve les había invitado a pasar el fin de semana en su casa de campo de Rhode Island, uno de los rincones más bonitos de todo el nordeste de Estados Unidos, según la opinión de Eve. La invitación se hacía extensible a ellos también, pero, además de no encontrarse muy animados para sobrellevar las vanas formalidades que exige la etiqueta social, necesitaban de manera apremiante compartir su intimidad.

Recuerda que Angya entró en la sala con aquel álbum oscuro y desgastado y lo depositó con suavidad sobre sus rodillas; luego se excusó y le dejó sólo frente a esas hojas negras que conservaban en tonos grises perla y colores desvaídos algunos de sus recuerdos detenidos. Ya sabía a lo que se enfrentaba al abrir el álbum, sin embargo, no pudo evitar que se le formara un nudo en la garganta al contemplar al pequeño Jaime abrazado a su madre en la playa, ni al verle soplando aquella tarta de cumpleaños en la que sólo acertaba a contar cinco velas. Le estremeció contemplar la devoción con la que madre e hijo se miraban en casi todas las fotografías y la radiante felicidad que desprendía el joven rostro de Angya. De cuando en cuando, fotografías huérfanas compartiendo páginas junto a espacios huecos dejados por imágenes arrancadas, en las que Miguel conjeturaba que el padre de Jaime debió de tener alguna vez su impronta. Al final del álbum, entre la última página y la tapa, apareció una hoja doblada de papel cuadriculado que el paso del tiempo había vuelto amarillo. Tras unos instantes de indecisión, se decidió finalmente a abrir la nota, en la que con letra garabateada, se alcanzaba a leer:
"Cuando me haga mayor cuidaré de mi papás para que no estén solos".
Miguel dobló la hoja de papel y la dejó de nuevo en su sitio, cerró el álbum sobre sus rodillas y se quedó muy quieto escuchando los golpes secos de la pena intentando abrirse hueco entre los pliegues de su alma.
Angya entró en ese momento en la sala, se sentó junto a él y le asió una mano con fuerza y sin hacer ningún comentario. Miguel, rompiendo el silencio, comentó en voz baja:
-Cinco meses después de que mi madre muriera, escuché su voz en la ducha.
Angya se le quedó mirando muy seria. Miguel prosiguió:
-Me dijo que ya no le dolía. Que estaba bien. Me dijo que en mis átomos figuraba su espíritu. No llegué nunca a entender del todo lo qué quiso decirme con esto, aunque intuitivamente he estado muchas veces cerca de lograrlo. Y también me dijo que debía ser fuerte. Nunca más he vuelto a oír su voz. He imaginado que hablaba con ella y que me contestaba, pero no he vuelto a escuchar su voz.
Angya, que le miraba con gravedad, preguntó tras unos instantes de introspección:
-¿De qué murió tu madre?
-De cáncer.
Angya bajó la vista, apenada.
-Tienes que ayudarme, Angya. Necesito encontrar algún trabajo. No puedo regresar a Madrid como si nada de esto hubiera sucedido. Necesito estar aquí contigo. No puedo marcharme. Allí no tengo a nadie. Estoy solo. Solo. Necesito tener algún trabajo. Cualquier cosa. Algo que me permita cubrir mis gastos. Miguel, sintiéndose repentinamente cercado por la angustia, se puso en pie y encaminó sus pasos hacia una de las ventanas del salón mientras intentaba poner en orden sus ideas. ¿Cómo podría hacer comprender a Angya lo que suponía convivir con su padre, un ser castrado y roto, egoísta, frío y carente del menor atisbo de sensibilidad? ¿Cómo podría hacer entender a Angya lo que es un padre que por su voluntad no lo debería haber sido jamás?
Angya, que le miraba con aire grave, comentó con un hilo de voz:
-Me he despedido del trabajo.
Miguel se aproximó hacia Angya y se sentó de nuevo junto a ella. Al borde del aturdimiento, exclamó en voz alta:
-¡No entiendo nada! ¿Qué estás diciendo? ¿No estabas de vacaciones?
-Llevaba años sin tomarme apenas días libres. Pedí a la empresa un par de semanas para estar contigo. Y empezaron a ponerme pegas: que si esto, que si lo otro, que si les hubiera avisado antes. Así que les llamé desde Houston y me despedí.
-¿Y qué vas a hacer ahora? -preguntó Miguel con manifiesta preocupación.
Angya clavó sus ojos en los de Miguel y dijo muy seria:
-Estar contigo. No cambiaría estos días por nada.
Miguel, que se sintió de pronto como una diminuta boya flotando errática en el océano a merced de la marea, se dejó abrazar por Angya mientras desfilaban por su mente los escalones de hormigón de su pequeño bloque de viviendas situado a espaldas de la avenida principal de la Colonia. Cuando los subía era como si el mundo se despidiera de él, como si la vida se resistiera a acompañarle y prefiriese quedarse fuera de aquel horrible edificio gris en el que la frustración vagaba como un fantasma silencioso tras las puertas de cada uno de sus moradores. Imaginarse que podría escapar de aquella realidad espantosa de la que formaba parte y a la que no hallaba el menor sentido sin pagar algún tributo era una entelequia, y lo sabía. Angya, ni en su imaginación ni fuera de ella, podría subir jamás aquellos peldaños sin desvanecerse como la bruma en la mañana.

 
 
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