Cranberry Street
Capítulo 30 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

Cranberry Street
Cuando salió del supermercado de la calle Henry y dobló la esquina hacia Cranberry Street volvió a sentir la misma sensación de quietud que le invadió aquella primera tarde en la que Eve, tras ir a buscarles al aeropuerto en su automóvil, estacionó el vehículo frente a la casa de Angya. Recuerda que salió del coche con expresión bobalicona y se quedó mirando ensimismado a su alrededor. Brooklyn Heights era un barrio lleno de seducción, con hermosas callejuelas con nombres de frutas y de árboles, como Cranberry, Willow, Orange o Pineapple Street. Un barrio residencial y burgués de preciosas casitas cubiertas de hiedra y en el que los precios de los alquileres eran tan elevados como en Manhattan. La brownstone que habitaba Angya se encontraba en el 19 de la calle Cranberry haciendo esquina con Willow Street. Era un pequeño edificio de dos plantas en color rojo oscuro, coronado por un ático decorado en pizarra negra al que se accedía desde la calle por una escalinata de siete peldaños flanqueada por sendos pasamanos de hierro y que contaba con dos puertas, una exterior, que daba a la escalinata y otra interior de acceso a la vivienda, y un sótano espacioso cuyas ventanas se encontraban situadas algo por debajo del nivel de la calle, en una especie de foso convenientemente separado de la misma por una verja de hierro de similar diseño al del pasamanos de la escalera.

Cranberry Street, como la mayoría de las calles de Brooklyn Heights, era un remanso de paz, una callejuela irregular y algo estrecha, hasta el punto de que los automóviles sólo podrán estacionar en uno de sus márgenes, desde la que era posible percibir el eco profundo de las sirenas de los barcos entrando y saliendo de la bahía de Nueva York, el suave rumor de las hojas de los árboles que tamizaban la mágica luz de sus aceras e incluso el retumbar de los pasos de algún que otro viandante solitario. Un lugar demasiado bonito y caro como para que Angya, mujer juiciosa y de temperamento reflexivo, lo dejara escapar entre sus manos por una ligereza. Que su presencia fuera capaz de trastocar de manera tan determinante la vida de otro ser humano hasta el punto de obligarle a decidir entre su trabajo y compartir su tiempo con él, era algo totalmente inimaginable hasta ese momento por Miguel, y sus implicaciones le abrumaban. El era sólo el hijo de un mecánico que tras años de privaciones había conseguido adquirir a duras penas uno de los tres pequeños talleres que daban servicio a la barriada obrera de San Fermín; era un estudiante universitario del montón, de esos que al finalizar la carrera, sin más recomendación que unas calificaciones mediocres, se ven abocados a engrosar las filas del paro y a ejercitar una y otra vez la dura tarea de opositor mientras la ilusión va quedando reducida poco a poco a cenizas. No tenía, ciertamente, oficio ni beneficio. Ni futuro, salvo el foso del taller, que le esperaba, paciente.

Recuerda que pensaba todo esto según subía despreocupadamente por Cranberry Street cuando, al mirar hacia adelante, vio a Angya sentada en el interior de su automóvil. Tal vez fuese sólo una apreciación equivocada, pero creyó notar cómo Angya no sólo se puso nerviosa al verle, sino que hizo todo lo posible para evitar que se aproximara hacia donde se encontraba:
-Subo ahora mismo, Miguel. Tú ve poniendo a cocer el agua para la pasta -le gritó con nerviosismo asomándose apenas desde la ventanilla del coche.
-De acuerdo -respondió Miguel desconcertado sin atreverse a desviar su trayectoria ni un solo milímetro.
Nada más entrar en la casa se dirigió apresuradamente hacia una de las ventanas de la sala, se agazapó tras el visillo y escudriñó a Angya procurando que ésta no intuyera su presencia. Fue una visión fugaz, una percepción fugitiva que apenas perduró un instante en su retina, pero creyó ver cómo una de las piernas de Angya se convulsionaba levemente, y de manera incontrolada, pese a la firmeza con la que la mujer intentaba sujetarla entre sus manos. Miguel se retiró a toda prisa de la ventana al notar que Angya alzaba la vista. Recuerda que se quedó muy quieto mientras su mente se vio repentinamente trasladada a la habitación 2S0212 del Hospital Clínico en la que su madre pasó sus últimas cinco noches. Felisa, la compañera de habitación de su madre, padecía una extraña e infrecuente dolencia que los médicos denominaban "Esclerosis Lateral Amiotrófica de presentación bulbar", un mal implacable, cruel y devastador que en apenas cuatro meses la llevó a la muerte por insuficiencia respiratoria terminal. No olvidará cuando la bajaron a la UVI, con el rostro blanco como el mármol y los labios azules por la falta de oxigeno. El marido de Felisa se opuso a que le realizaran una traqueotomía para la conexión definitiva a un respirador artificial, pues sabía que eso sólo alargaría su agonía inútilmente. Afortunadamente para Felisa, y en contra de todo pronóstico, falleció esa misma noche tras una parada cardiorrespiratoria. Su madre lloró la pérdida de su compañera de habitación como si se tratara de alguien que hubiera conocido desde siempre. Teodoro, el marido de Felisa, al que recuerda vagando por los pasillos del hospital como ánima en pena y con el rostro siempre congestionado, les contó a él y su padre que su mujer había comenzado a padecer temblores ocasionales en brazos y piernas meses atrás, que los médicos habían achacado por error a algún tipo de desarreglo psicológico.

Tan sumido se encontraba en esos sobrecogedores momentos de su pasado que no escuchó cómo Angya entraba en la casa y hacía acto de presencia en la sala. La mujer, al verle, le sonrió, se aproximó hacia donde estaba y, asiéndole con suavidad de la mano, le hizo tomar asiento junto a ella en uno de los tresillos con los que contaba la habitación.
-No te he contado nada para evitarte preocupaciones. En realidad, no fui a Houston por motivos de trabajo, sino para una revisión médica de evaluación.
Miguel bajó la cabeza con abatimiento.
-No, no, Miguel -continuó Angya-. No debes preocuparte. Estoy bien. He tenido mucha suerte. Padezco un tipo de esclerosis benigna cuyos síntomas han ido remitiendo poco a poco. Ahora sólo tengo brotes esporádicos que los doctores me han asegurado que irán desapareciendo poco a poco. En el peor de los casos no empeoraré. Simplemente tendré algún que otro temblor en las manos o en las piernas, pero sin más consecuencias, eso es todo.
-¿Y si te pasa conduciendo? -preguntó Miguel mirando a Angya con enorme tristeza.
Angya, no le respondió; acarició con sus manos el rostro de Miguel y comenzó a besarlo con vehemencia:
-¡Oh, Dios mío, Miguel, perdóname, perdóname! No quería hacerte sufrir. Lo he pasado muy mal estos dos últimos años, pensaba que iba a morir.
Miguel abrazó a Angya y la tarde se llenó de silencio. Y de rayos de sol desde cuyo seno partículas suspendidas danzaban al son de los amantes en un instante de amor pleno.

 
 
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