Ana
Capítulo 31 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

Ana
El pub invitaba a la intimidad. Rafa había bajado el volumen de la música hasta convertirla en un agradable sonido de fondo, y las luces cálidas de las lámparas que iluminaban los cuadros de las paredes suavizaban las facciones de los rostros.
-Debe ser bonito conservar esa clase de recuerdos -comentó Berta con convencimiento.
Miguel escrutó a Berta. Tras unos instantes de introspección, Berta prosiguió:
-La verdad es que a mí me gustaría tenerlos. Quiero decir que nunca he vivido una relación semejante. Ya sabes cómo somos las mujeres, soñamos de jóvenes con enamorarnos, con príncipes azules y con todas esas cosas. Y la que diga lo contrario, miente. Angya sería muy feliz contigo, no me cabe duda. ¿No te casaste?
Miguel niega con el rostro.
-¡Pero alguna que otra aventurilla habrá habido, digo yo! -Berta sonríe con picardía.
-No, aventuras no, sólo unos pocos encuentros.
-¿Unos pocos encuentros? -preguntó Berta intrigada.
-Sí, personas con las que te cruzas y que sientes que son afines a ti de alguna manera. No es algo que pase a menudo. Por eso, cuando sucede, no sabes cómo reaccionar.
-¿Vive tu padre todavía? -preguntó Berta a Miguel, curiosa.
-Falleció hace ocho años.
-¿Arreglaste tu situación con él antes de morir?
-Murió preguntándome quién era yo. Pero creo que aunque le hubiese llegado su momento totalmente cuerdo no hubiéramos podido arreglar nada en absoluto, entre otras cosas porque para él nunca hubo nada que arreglar. Eso es lo verdaderamente triste.
-¿Le contaste alguna vez a tu padre lo de Angya?
Miguel negó con gravedad, pero no se atrevió a decirle a Berta que ella era la primera persona a la que se había atrevido a hablar abiertamente de Angya. Tal vez, por otra parte, no le hubiera creído. Rafa se aproximó hacia la mesa y les ofreció otra copa. Ambos aceptaron de buen grado la invitación.
-¿Fuiste a Nueva York por motivos de trabajo o simplemente de turismo? -preguntó Miguel a Berta.
-Fui a ver a mi hija. Estudia medicina en la Universidad de Nueva York.
Miguel la miró algo sorprendido.
-Ya sé, te estarás preguntando por qué estoy aquí esta noche en vez de estar con ella. La respuesta es que se ha echado novio formal allí y estas Navidades le tocaba pasarlas con la familia del chico. Pero vendrán los dos para fin de año. La verdad es que el chico es majo, todo lo contrario de lo que en un principio imaginé: moreno, bajito y feote, pero parece muy buena persona. Y sus padres también. Yo estoy divorciada.
-¿Cuánto tiempo hace que te divorciaste? -preguntó Miguel.
-Me casé con veintidós años y me divorcié nada más cumplir los treinta. Ahora tengo cuarenta y cuatro, así que echa la cuenta.
Berta asió su vaso y bebió un sorbo de cerveza; tras unos instantes de introspección, Miguel comentó:
-Antes de venir hacia aquí -dijo Miguel- estuve un buen rato viendo llover asomado a oscuras a la ventana del taller. Quizá media hora, tal vez más. Durante todo ese tiempo me repetía a mí mismo que no existe gran diferencia entre cenar solo en Nochebuena y hacerlo en cualquier otra noche del año. Pero no es cierto, porque hoy la avenida estaba desierta.
-Ocho años cenando solo son muchos.
No habían sido ocho años, sino toda la vida, al menos eso era lo que Miguel sentía, pero prefirió guardarse para sí ese pensamiento.
-Aunque teniendo en cuenta lo que me has comentado acerca de tu relación con tu padre, quizá hayan sido muchos años más.
Miguel alzó la vista hacia Berta, cuyos ojos cálidos y despiertos le miraban con serenidad.
-¿Sigues conservando la "tubería del retrete"?
Miguel sonrió con ganas:
-Sí, pero ahora tengo una un poco mejor.
-¿Y se ve algo con esos chismes?
-Si la atmósfera está limpia y observas desde un sitio oscuro, sí. Hoy hay que alejarse de Madrid por lo menos setenta kilómetros para realizar una observación en condiciones.
-Nunca he mirado el cielo a través de un telescopio.
-Pues el mío está a tu disposición.
Berta le observó en silencio durante unos instantes y finalmente dijo:
-Me pareces un sujeto francamente interesante, ¿sabes?
Berta no parecía ser esa clase de persona capaz de andarse por las ramas, por eso Miguel trató de alejar la imagen de una de esas mujeres con las que se había cruzado tantas veces en la boite y que empezaban a arrinconarle con indirectas y veladas proposiciones en cuanto la ocasión era propicia. Ese no podía ser el estilo de Berta.
-Tengo enchufe -comentó Miguel en broma.
-¿Enchufe? -preguntó Berta extrañada.
-Rafa. Seguro que te ha hablado de mí en más de una ocasión.
-Le conoces bien -dijo Berta sonriendo-. Me ha hablado de ti muchas veces.
Miguel no sospechaba hasta qué punto Rafa le apreciaba, y se sintió halagado, a la vez que agradecido.
-Espero no haberte defraudado.
Berta le miró directamente a los ojos:
-Si lo hubieras hecho no estaría aquí sentada. Y no es porque tenga cosas mejores que hacer, sino porque sería verdaderamente triste compartir una madrugada de Navidad con alguien que no te agrada.
Miguel bajó la vista hacia el paquete de postales que se encontraba aún a medio desenvolver y se fijó en una imagen que parecía muy antigua y que mostraba un viejo faro de planta cuadrada, más bien bajo, erigido pared con pared junto a una casita de dos plantas y tejado de doble vertiente.
-¿Sabes -dijo Berta- que en Long Island ha habido veinticuatro faros? En Kings está el de Coney Island, en Nassau hay tres, y el resto estaban desperdigados por todo Suffolk. Este, en concreto, el de Lloyd Harbor -dijo señalando la instantánea- ya no existe. Se consumió por el fuego en 1947. Luego construyeron otro, el de Huntington, a no mucha distancia. Soy una enamorada de los faros. Mi hija, Ana, que sabe que me gustan, me envía constantemente fotos digitales por internet que ella misma hace. La mayoría pertenecen a Long Island. No en vano los padres de James viven allí. Long Beach, Merrick, Brentwood, Southampton. Me mandó unas imágenes preciosas de Sag Harbor, un antiguo puerto ballenero. Tú lo conoces. Y de Amagansett, el pueblo en el que se rodó la película "Tiburón" -Berta escruta a Miguel con la mirada y continúa tras una breve pausa-. ¿Te gustaría echarlas un vistazo?
Miguel, que miraba a Berta con expresión reservada, no tardó en responder:
-Si son tan buenas fotografías como las que me has enseñado, será una grata experiencia.
-Mi hija no es tan meticulosa a la hora de fotografiar, pero la mayoría de las fotos están bastante bien -Berta consultó su reloj-. ¿Tienes que madrugar mañana? Te lo pregunto porque tengo el presentimiento de que si dejamos lo de las fotos para otro día tal vez no llegues a verlas nunca. Ya sabes, por aquello de los "encuentros" a los que tú has hecho referencia antes.
-Me encantará ver esas fotografías.
Berta se volvió hacia la barra y llamó a su hermano:
-¡Camarero, la cuenta, por favor!
Rafa rió la gracia de Berta y se dirigió hacia la mesa.
-¡Ya te vas! ¡Tan pronto! -exclamó Rafa con cierta desilusión mal disimulada nada más aproximarse a la mesa.
-No, Rafita -dijo Berta-, nos vamos los dos.
-¡Y eso! ¿Os vais a otro sitio? -cuestionó Rafa algo sorprendido.
-Voy a enseñarle a Miguel las fotografías de Ana. Si me pasa algo ya sabes quién es el culpable.
Rafa miró a Miguel algo desorientado.
-No, no le mires a él, mírate a ti, que eres el que nos has enredado -comentó Berta a su hermano en broma-. Nos vemos mañana.
-Se puntual. Ya sabes cómo es mamá con la comida de Navidad -dijo Rafa.
-Sí, hijo, sí.
Tan pronto como abandonaron la mesa, Miguel se vio repentinamente asaltado por un torrente de pensamientos y de imágenes en las que Berta, su intimidad y la de su dormitorio acababan confundiéndose en una misma cosa, sin embargo, la intuición le dictaba que era mejor no dar tiempo a que las dudas abrieran una brecha a través de la cual la razón pudiera cuestionar ni por un solo momento lo acertado de su decisión.

Se despidieron de Rafa y abandonaron el local con la incertidumbre esbozada en sus miradas.

 
 
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