Lluvia
Capítulo 32 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

Lluvia
Las luces de la calle se reflejaban en el pavimento mojado de las aceras y las de los vehículos, cuyos neumáticos levantaban ruidosas cortinas de agua a su paso, relucían sobre el asfalto, polícromas y cambiantes.

Miguel miraba ensimismado a través de la ventanilla del automóvil de Berta mientras pensaba lo rápido que había transcurrido su vida. A punto de cumplir los cincuenta, se sentía como un adolescente habitando un cuerpo viejo que en algunas ocasiones le costaba reconocer como suyo. Había entrado en el otoño de sus días casi sin darse cuenta, dócilmente, pero la posibilidad de acostarse y no despertar al día siguiente se cernía cada vez con más frecuencia entre las oscuras sombras, algunas con formas vagamente humanas, que deambulaban por su dormitorio. Eso y su pasado, que se había convertido con el tiempo en simples retazos de recuerdos que se mezclaban con dudosa continuidad, llenaban la soledad de sus noches.

Berta detuvo el automóvil frente a un semáforo en rojo:
-Estás muy callado -dijo Berta.
-No me has dicho a qué te dedicas -comentó Miguel.
-A nada. Me dedico a nada.
Miguel se la quedó mirando sin saber qué decir.
-A mis padres -dijo Berta- les tocó la lotería hace quince años. Compraron seis pisos además del suyo, dos por la zona de Bravo Murillo y los otros cuatro por la del Retiro. Vivimos, literalmente y como suele decirse, de las rentas.
El semáforo se puso en verde y Berta arrancó el automóvil, cuyo cristal delantero se cubrió rápidamente con gruesas gotas de lluvia que el único brazo del limpiaparabrisas no tardó en arrastrar.
-¿Por qué no acabaste derecho? -preguntó Berta rompiendo el ensimismamiento de Miguel.
-En quinto suspendí todas las asignaturas.
-¿No te arrepentiste de dejar la carrera a medias?
-Nací con la palabra mecánico escrita en la frente. Podría haber sido peor; hay quien nace con la frente en blanco; yo al menos tenía el taller.
-Pero lo odiabas.
-Sí, lo odiaba porque sabía que era allí donde acabaría tarde o temprano. Sentía que mi padre me había condenado a ser mecánico incluso antes de nacer.
-Entonces, ¿por qué no hiciste todo lo que estaba en tu mano para terminar la carrera? No lo acabo de entender.
-Porque dejó de importarme. Además, no era muy bueno -dijo Miguel con cierto laconismo tras un silencio-. A decir verdad, era bastante mal estudiante -remató finalmente.
-¿Tu padre tuvo que ver algo con eso?
-No -contestó Miguel reafirmando su respuesta con un movimiento de cabeza-, en realidad él lo sintió. Le hubiera gustado presumir ante sus amigos de tener un hijo abogado.
-Vivo en el 188 de la calle Bravo Murillo. Aún no te lo había dicho. Es una zona muy ruidosa, pero tengo cariño al barrio. Crecí allí. Nada más divorciarme, me instalé en una de las casas que mis padres habían comprado.

Sofía, cuyo recuerdo había emergido súbitamente del pasado más sórdido de Miguel, también vivía en la misma calle, justo en el portal que acaban de dejar atrás. La conoció una noche en un bar del centro. Era una mujer libertina y obscena que no dudó en llevarle a su casa para entregarse a él con la misma rapidez que vaciaba cualquier botella que cayera entre sus manos. Sofía, cuyo aliento apestaba a alcohol a todas las horas del día, fue víctima del abandono más ruin que mente alguna pueda imaginar, y su actitud hacia la vida sólo era consecuencia del terrible sufrimiento al que se vio sometida durante su infancia y su primera adolescencia. El universo de Sofía no tenía horizontes, ni perspectivas, era un mundo plano que sólo podía recorrerse cuesta arriba y, como el de todos, sin posibilidad de vuelta atrás.

El automóvil de Berta pasó bajo un adorno luminoso, suspendido de una acera a otra de la avenida, en el que se alcanzaba a leer las palabras "Feliz Navidad" delineadas mediante la luz de varias decenas de bombillas coloreadas; después, tras aminorar su velocidad, enfiló la puerta de un garaje, cuya rampa descendió con suavidad.

Berta y Miguel se apearon del vehículo; el sonido sordo causado por las puertas del automóvil al cerrase reverberó en el lóbrego aparcamiento.
-¿Qué recuerdos conservas de Long Island? -preguntó Berta encaminándose hacia la rampa del estacionamiento. Para Miguel Long Island era un lugar triste y decadente, con cielos oscuros teñidos de color violeta cubiertos casi siempre por un manto de nubes grises. Un lugar desapacible anclado en un invierno eterno en cuyas playas abiertas al Atlántico batían las olas con fuerza desmedida. Pero la respuesta de Miguel fue más sutil:
-Tengo los recuerdos algo mezclados. Estuvimos en varios sitios. Angya alquiló un apartamento en Long Beach; un lugar absolutamente deprimente.
-¿Long Beach o el apartamento?
-Ambas cosas -respondió Miguel con determinación.
Berta y Miguel salieron a la calle, doblaron la esquina de la callejuela por la que se habían adentrado en el automóvil apenas unos momentos antes, y desembocaron de nuevo en la avenida. Miguel respiró profundamente: olía a lluvia y a "Aire" de Loewe. El perfume de Berta le atraía casi tanto como cada uno de sus gestos y maneras, y en ese instante sintió el deseo de tomarla entre sus brazos y abrazarla. Berta, que notó algo, se volvió hacia Miguel; cuando sus miradas se encontraron se sintió de pronto convertida en el centro del mundo, y ese sentimiento probablemente no hubiera sido diferente si Miguel le hubiese mirado de idéntica manera hace veintiocho años. La mirada de Miguel era cautivadora y Angya debió quedar prendida de ella nada más verle.

 
 
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