La brisa
Capítulo 33 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

La brisa
Angya y Miguel se encontraban a oscuras asomados a la ventana del salón. Aquella noche inolvidable fue realmente calurosa y resultaba un verdadero placer sentir en el rostro la suave brisa procedente de la bahía. De fondo, y si se prestaba algo de atención, también podía percibirse un constante ruido del tráfico procedente de la Brooklyn-Queens Expressway, o BQE, autopista que discurría bajo El Paseo dividida en dos alturas, según el sentido de marcha de los vehículos, y a la que Angya, en un inglés con acento americano tan perfecto como ininteligible, denominaba "the rumble", el rumor.

Angya, cuya exultante belleza se intuía gracias a la iluminación procedente de la calle, se volvió hacia Miguel y le miró con tal profundidad que logró intimidarle:
-No tengo palabras para expresar lo que siento por ti, Miguel. Ni si quiera en mis sueños de adolescente imaginé que pudiera vivir alguna vez algo semejante. Y replantearme que podría ser tu madre no me sirve para mucho porque he conocido hombres hechos y derechos a los que tú podrías dar toda una lección de madurez. Siento que he sido verdaderamente afortunada al conocerte.
Miguel asió a Angya por la cintura, la atrajo hacia sí y se unió a ella en un beso prolongado. Después, sin soltarse de la mano, se volvieron de nuevo hacia la ventana y dejaron que la brisa secara sus lágrimas y sus pensamientos se diluyeran en el silencio.

Un automóvil dobló la esquina de Columbia Hights y se adentró por Cranberry Street, iluminando con sus faros a su paso la estrecha callejuela, que quedó nuevamente en calma tan pronto como el vehículo se perdió de vista calle abajo, desviándose finalmente por Henry Street.
-¿Por qué te despediste, Angya? ¿En qué pensabas cuando lo hiciste? -preguntó Miguel rompiendo el silencio en el que estaba sumida la estancia.
-En morirme, Miguel. Pensaba que iba a morirme, por eso me despedí. Lo hice desde Houston. Creía que las pruebas serían desfavorables y que me darían unos pocos meses de vida. Mi horizonte eras sólo tú y quería aprovechar hasta el último minuto contigo.
Angya dedicó una sonrisa a Miguel y le acarició la mejilla con exquisita delicadeza.

Aquella noche el tráfico de la Interestatal 278, como también era conocida la BQE, apenas se dejaba escuchar; eran casi las dos de la madrugada en Brooklyn Heights y la quietud en la que se hallaba sumido el barrio permitía incluso percibir la caída esporádica de las primeras hojas de los árboles anunciando la llegada inminente del otoño, que pronto cubriría con su color parques y jardines antes de que el invierno los volviera tristes y grises.
-He pensado -dijo Angya- que en vez de ir a Finger Lakes podríamos alquilar una pequeña casita junto al mar. Luego, ya veremos.

Miguel bajó la vista hacia la calle y contempló ensimismado cómo un caprichoso remolino de viento arrastraba en círculos la hojarasca de una acera a otra. ¿Qué significaba "luego, ya veremos"? Su vuelo con destino a Madrid salía el domingo tres de octubre a las cinco de la tarde. No habría un "luego", ni un "después", si para entonces no contaba con algún trabajo, o con la esperanza al menos de conseguirlo. Imaginarse viviendo a expensas de Angya, aunque fuese sólo unos meses, incluso unas pocas semanas, era una idea que rechazaba de pleno. Dentro de catorce días, si nada lo evitaba, volvería a formar parte de la barriada de San Fermín, de la que salió para vivir un sueño en el que se daban cita sus mejores deseos, pero del que pronto se vería obligado a despertar si el destino no se ponía de su lado.

Aquella noche apenas pudo conciliar el sueño; no lograba quitarse de la cabeza el taller y, por extensión, todo lo que tuviera alguna relación con él. Se imaginó a sí mismo escuchando, un día tras otro, el viejo transistor que su padre empleaba para amenizar la jornada en aquel recinto insalubre y grasiento mientras cambiaba los amortiguadores destrozados de un utilitario con alerones y ruedas de aleación, que lo único que tenía de deportivo, aparte de las absurdas pegatinas que cubrían casi por entero su cristal trasero, era el ruido provocado por los gases del motor saliendo por algún tramo picado del tubo de escape. Y luego estaba Paco, al que todos llamaban "el oscuro", el mecánico que trabajaba como asalariado de su padre, un individuo soez que se pasaba el día eructando y metiéndose los dedos en la nariz sin importarle lo más mínimo quién pudiera haber en el taller. Miguel miró a Angya, que dormía plácidamente, y el contraste entre lo que pensaba y lo que veía le hizo sonreír. Era evidente que, o bien su abuela tenía razón, y su madre se había casado con la persona equivocada, o simplemente el alma de Miguel erró de sitio al nacer, de lo contrario le era difícil comprender cómo entre sus padres y él había existido siempre tan poca afinidad.

Miguel se levantó de la cama y asomó medio cuerpo por la ventana del dormitorio; en la acera, frente a la esquina de la casa de Angya y justo en el cruce de las calles Willow y Cranberry, había una vetusta estructura en color bermellón, de algo más de dos metros de altura, que estaba formada por una base en forma de columna facetada coronada por una especie de hornacina rectangular, todo el conjunto construido aparentemente en hierro macizo y con estilo propio de principios del siglo XX. Se trataba de un viejo puesto telefónico contra incendios, idéntico a los existentes en muchas de las esquinas de Nueva York, cuya línea había sido desconectada por el Ayuntamiento para evitar falsas alarmas. Los tiempos en los que fueron erigidos eran otros y hoy resultaba más fácil llamar al 911 desde cualquier teléfono, pero la ciudad rendía tributo a sus viejos teléfonos de emergencia conservándolos en sus emplazamientos originales. Recorrió con la vista la fachada de la casa de enfrente, con su pared azafranada cubierta de hiedra, su escalera de emergencia y su cornisa rematada en madera negra.
-¿No puedes dormir? -la voz de Angya se dejó escuchar de pronto en la habitación.
Miguel se volvió hacia donde la oscuridad permitía barruntar la silueta del cabecero de la cama y respondió lacónicamente con cierto tono de pesadumbre:
-No.
La voz cálida de Angya rompió de nuevo el silencio:
-Con lo que tengo ahorrado, podría comprar una buena casa en Madrid, incluso con jardín. Y si mi hermano me ayudara, también podría conseguir trabajo en poco tiempo. No debes preocuparte por nada.
Miguel se estremeció; las palabras de Angya eran como piedras preciosas esparcidas por la habitación: transparentes, luminosas y de tal consistencia que llegaron a sobrecogerle. Un torbellino de emociones encontradas le impidió responder de inmediato.
-Creo que es hora de regresar a España -dijo Angya rompiendo de nuevo el silencio.
Miguel se dirigió hacia la cama y recostó su cuerpo junto al de Angya; ésta se volvió hacia él y se le quedó mirando con curiosidad.
-Aquella noche, cuando estuvimos en La Cubana... -Miguel hizo una pausa para pensar las palabras a emplear.
-¿Qué? -preguntó Angya intrigada.
-¿En qué pensabas mientras bailabas con el padre de Eve?
Angya esbozó una sonrisa llena de ternura sin dejar de mirarle:
-En ti, Miguel, pensaba en ti. Y tú te diste cuenta, ya lo sé. En realidad, no sabía qué hacer, ni cómo enfrentarme a lo que nos estaba sucediendo. Hacía mucho tiempo que no sentía algo semejante y tú eras tan joven que... Eso era la que estaba pasando por mi cabeza en aquel momento. Si te hubieses decidido a bailar conmigo no sé lo que habría pasado, me hubiera vuelto loca.
-¡Y yo, por eso no me atreví a hacerlo! -dijo Miguel.
-Debo confesarte que el vestido negro y los zapatos los compré esa misma tarde. Los compré para ti.
Miguel se perdió en las profundidades celestes de las pupilas de Angya.
-Se me hace difícil aceptar que estés conmigo. Me parece un sueño. Me parece un sueño todo lo que estoy viviendo.
-Tienes una autoestima muy baja. Crees estar en inferioridad de condiciones con respecto a los demás y eso no es cierto. No eres el patito feo del cuento. Tienes un cuerpo bien proporcionado, un rostro hermoso, unos ojos azul verdosos preciosos que dan vida a una mirada noble y cautivadora, unos modales exquisitos. Eres sincero, equilibrado, paciente y discreto. De ti emana una enorme fortaleza, incluso cuando estás relajado, como ahora. Tu presencia no podría pasar desapercibida jamás a una persona dotada con un mínimo de sensibilidad. No debes sentirte inferior por haber nacido en el seno de una familia humilde o por carecer de medios económicos. Eso no hace a las personas.

Miguel no se sentía desdichado por su procedencia, sino por la presunción de un destino que, agazapado tras un futuro supuestamente incierto, intuía ya escrito con letras grises y frases entrecortadas, dando forma a un devenir que se le antojaba, más allá de lo conjeturable, rubricado inexorablemente por la impotencia de no poder vivir de acuerdo a sus principios. La profunda soledad en la que transcurrían sus días debido a la carencia más absoluta de diálogo entre su padre y él no ayudaba tampoco a ahuyentar los malos augurios. En realidad, no se trataba sólo de eso. Describir la convivencia entre ambos era, por lo absurdo de la misma, una tarea casi imposible y, sin embargo, las consecuencias de dicha convivencia impregnaban toda su existencia, proyectándose hacia el futuro como si se trataran de una descomunal sombra de atardecer. La mayoría de las veces cenaba solo, y cuando su padre llegaba de la tasca, lugar por el que, tras la muerte de su madre, pasaba indefectiblemente tras cerrar el taller, se sentaba a oscuras frente al televisor de la salita, al que previamente había quitado el sonido, y se quedaba medio amodorrado frente a las imágenes saltarinas proyectadas por el receptor hasta la hora de acostarse. La casa por la noche era una especie de mausoleo en la que no se oía ni un murmullo. Era como vivir en una tumba. Los fines de semana no lo soportaba y con Carlos, o sin él, se marchaba de casa nada más cenar y no regresaba hasta bien entrada la madrugada. Su padre no le preguntaba. Si se hubiera cruzado con Angeles Lladó en alguno de los garitos del centro que frecuentaba, no se hubiera atrevido ni a mirarla, simplemente se la hubiera imaginado comprometida con el refinado dueño de algún descapotable de importación aparcado en doble fila frente a la puerta del local y a tal distancia de él como la existente entre la Tierra y el Sol. Angeles no podría ser confundida con ninguna niña de papa entrada en años; su extraordinario atractivo no tenía nada en común con el que exhibían muchas de las criaturas adineradas con las que se cruzaba las noches de los fines de semana y cuya estúpida y maleducada arrogancia les desagradaba tanto a Carlos y a él. Puede que Angya tuviera razón y la vida le diera una oportunidad. Sentirse amado por ella ya lo era.

 
 
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