Levedad
Capítulo 34 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

Levedad
Esa mañana resplandeciente de sábado, de un azul celeste intenso y limpio, compraron varios periódicos en los que se anunciaban alquileres para vacaciones y se sentaron en la terraza que David acababa de inaugurar. Llevaba detrás de ella mucho tiempo, pero no había conseguido el permiso para instalar las mesas al aire libre hasta esa misma semana, un poco tarde quizá, sobre todo teniendo en cuenta lo rápido que desciende la temperatura en Nueva York en cuanto el verano llega a su fin. David era, en efecto, una bellísima persona, de esas a las que se les suben los colores con tan sólo imaginar que alguien pueda mal interpretar alguno de sus gestos o de sus palabras.

Angya realizó varias llamadas telefónicas desde el teléfono público con el que contaba el pub y regresó a la mesa un tanto descorazonada; todas las propiedades que se anunciaban en los periódicos y que había reseñado previamente, tanto las que se alquilaban a precios asequibles como las que no, estaban ya ocupadas. David, que probablemente había escuchado las conversaciones de Angya al teléfono, se aproximó a la mesa y comentó que su hermana quizá podría alquilarles un pequeño apartamento en Long Beach. No se trataba precisamente de esa casita solitaria frente al mar que ambos tenían en mente, pero su relativa proximidad a Brooklyn era una ventaja en caso de que Angya lograra recuperar el trabajo, pues la distancia que separaba Cobble Hill de las playas de Long Beach no se tardaba en recorrer más de cuarenta minutos. Angya habló por teléfono desde el pub con la hermana de David y apalabró sin demora el alquiler del apartamento. El pago deberían efectuarlo al portero del edificio, que era asimismo la persona encargada de facilitarles las llaves de la casa.

No podría olvidar la expresión de profundo desconcierto que adquirió el rostro de David cuando éste les sorprendió a Angya y a él besándose. Su amor hacia ella se consumaba ante sus ojos en unos brazos que no eran los suyos, llevándose consigo la esperanza de compartir con Angya algún día esos instantes anhelados y poniendo de manifiesto que su actitud de paciente espera no hubiera rendido jamás fruto alguno. Esa sería la última vez que vería al bueno de David y el detalle que de él conservaría más arraigadamente en su memoria. No sabía aquella espléndida tarde de sábado que tampoco volvería a ver a Carlos, cuyo rostro acabaría diluyéndose en el tiempo para acabar reducido a un vago recuerdo, como el de su madre, o el de la propia Angya.

Caminaba feliz por las calles de Brooklyn dando la espalda al devenir y dejando que sus sentidos se deleitaran; la vista con la diáfana luz que bañaba la bahía y arrancaba preciosos brillos dorados a los cabellos de Angya, el oído con el rumor de la brisa meciendo suavemente las hojas de los árboles situados a ambos lados de las callejuelas mientras Angya le hablaba, el olfato con el delicado perfume de su piel, el tacto con el roce de sus manos y el gusto con el de los besos de su boca cuando sus labios se buscaban. Eran instantes sencillos y pletóricos que le hacían sentir una extraña sensación de mareo, una especie de vértigo en forma de diminutos estallidos que nacían cerca del corazón y se diluían rápidamente por todo su cuerpo provocándole escalofríos.

Caminaron sin rumbo, primero por Cobble Hill y después por Carroll Gardens y Park Slope. Brownstones y residencias privadas con las fachadas granates, algunas con frontones, otras rematadas con una especie de torrecillas, se disponían a ambos lados de calles con suave pendiente y aire victoriano que desembocaban en Prospect Park. Recorrer aquel paisaje urbano era como formar parte de una de esas películas americanas que solían echar los sábados en el viejo cine de su barrio. Cuando terminaba la proyección y salía de la sala el tiempo y el espacio parecían otros, como si las imágenes y los sonidos de la película se le hubieran quedado adheridos al cuerpo y sólo las rachas de aire frío de la avenida fueran capaces de ir poco a poco desprendiendo. Esa misma sensación fue la que le acompañó aquella tarde; se sentía tan extraño y desconcertado, que necesitaba mirarse a menudo en las lunas de los automóviles y de los escaparates para constatar que él estaba allí en verdad, junto a Angya, y que no se trataba de una de esas fantasías que a veces le daba por recrear en la soledad de su habitación mientras escuchaba alguna música evocadora y que conseguían distraer su tediosa existencia.

El sol de atardecer destellaba sobre los rascacielos de Manhattan y él estaba allí en cuerpo y alma, en el centro del mundo, con Angya.

 
 
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