El monitor
Capítulo 35 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

El monitor
La casa de Berta no era grande, pero estaba decorada con muebles de mimbre y madera de exquisito gusto y resultaba acogedora. Desde la ventana del salón, situada en un chaflán del edificio, se tenía una agradable vista de la calle Bravo Murillo, iluminada por centenares de bombillas multicolores que felicitaban la Navidad a todos los que transitaban bajo ellas. El debería haberse mudado a una casa así, haber buscado un lugar desde el que fuera posible contemplar el ir y el venir de las gentes y poder pasar las horas muertas, un lugar que le hubiera permitido dejar definitivamente atrás su pasado y sus referencias.
-Estoy deseando que se acaben las fiestas para que quiten esas malditas luces. No me dejen dormir -comentó Berta mientras se perdía de vista tras la pared del pasillo.
-Con las persianas bajadas no debería entrarte luz.
-No puedo dormir con las persianas bajadas del todo. Me empiezo a angustiar y acabo desvelada. Ese es el problema. Ven, estoy en la cocina.
Miguel salió al encuentro de Berta, pasillo adelante.
¿Te preparo un whisky?
-Sí, sólo con hielo.
-Si el whisky mejora con el tiempo éste deber ser de primera calidad; lleva aquí por lo menos ocho años -dijo Berta según asía una botella de Jonnie Walker que acababa de sacar de una estantería llena de licores y bebidas alcohólicas de distintas clases. Miguel observó en silencio cómo Berta echó un buen montón de cubitos de hielo en un vaso largo, vertió después sobre él una generosa cantidad de whisky y se lo tendió por último a Miguel; éste agradeció a Berta el gesto y bebió un sorbo mientras la observaba con disimulo; que Berta había sufrido a manos llenas se notaba, pero este hecho sólo se hacía patente en sus silencios, cuando la pena le nublaba la mirada y las sombras oscurecían sus ojos enormes y llenos de vida. Berta era todo cuanto un hombre amante de la integridad y de la franqueza podía esperar cabalmente de una mujer, y esto resultaba tan obvio que cualquier otra manifestación por conocer de su carácter, aunque no fuese tan afortunada, quedaría necesariamente relegada a un segundo plano. Podrían estar juntos una hora, una semana o un año; Berta sería fiel a sí misma en todo momento.
-Tengo cerca de quince mil fotografías en el ordenador -comentó Berta mientras rellenaba con delicadeza unas mediasnoches con diversos tipos de fiambres.
-¿Son todas de Long Island? -preguntó Miguel con manifiesto asombro.
-No, sólo las de mi hija, alrededor de quinientas. El resto son mías. Soy aficionada a la fotografía.
Berta introdujo las medianoches en el horno microondas con el que contaba la cocina y se dirigieron posteriormente hacia su despacho, una habitación cálida y funcional, con una amplia mesa de trabajo sobre la que reposaba un monitor de pantalla plana de considerables dimensiones, una impresora de última generación, varios cables sueltos para conectar periféricos, un teclado y un ratón inalámbrico, ambos de diseño, así como una lámpara que iluminaba con tonos esmeraldas otros objetos dispuestos en el escritorio, entre ellos, un marco conteniendo la fotografía de una chica joven, que, por sus rasgos, Miguel imaginó que debía tratarse de Ana. Era evidente que Berta pasaba muchas horas sentada a la mesa de su despacho y que usaba el ordenador con frecuencia para algo más que ver fotografías.

Berta y Miguel se acomodaron frente al monitor en la grata penumbra en la que quedó sumida la estancia.
-Esta es mi hija -dijo Berta entregando a Miguel la fotografía enmarcada.
-Muy guapa -comentó Miguel tras observar el retrato con calma durante unos instantes.
-Si alguien me hubiera dicho cuando era adolescente que alguna vez tendría una hija y que podría pagarle los estudios de medicina en Nueva York, no me lo hubiese creído -dijo Berta mientras ponía en marcha el ordenador-. Mi padre trabajaba de conserje. Cuando nos tocó la lotería fue como si de repente se nos abriera el cielo delante de nosotros. Eramos muy pobres, tan pobres que a mi hermano y a mí nos vestían con la ropa usada de mis primos. A mi madre eso le ponía enferma y, si te soy sincera, a mí también. Vivíamos en una corrala en el número diez de la calle Almansa Todo el mundo tenía que enterarse de todo, hasta de las bragas que usabas. Menos mal que mi hija no conoció nada de eso. Cuando a mis padres les tocó la lotería dejaron la corrala, pero no abandonaron el barrio. Mi madre no quería hacerlo; compraron este piso y más tarde otro más amplio a dos manzanas de aquí, que es donde viven ahora. En realidad, este piso es de mi hermano también, pero acordé con él en que le pagaría la ocupación de la mitad de la superficie que le corresponde en concepto de alquiler. El no quería aceptarlo, pero como su mujer es un poco quisquillosa... Berta no acabó la frase, dando por hecho que Miguel comprendía lo que quería darle a entender.
-Es una casa muy acogedora -comentó Miguel casi al mismo que el aviso acústico del microondas.
-Las medianoches me reclaman -dijo Berta, levantándose de su silla y saliendo del despacho.
Miguel aprovechó la ausencia de Berta para fisgonear a su alrededor; exceptuando un precioso póster de enormes proporciones en el que aparecía retratado en primer término un faro bañado en una preciosa luz de atardecer, dorada y mística, rodeado de un mar violento y encrespado del que destellaban puntos de luz que la cámara del fotógrafo había conseguido plasmar con soberbia destreza y que daban a la imagen una apariencia casi irreal, el resto de las paredes del cuarto estaban desnudas. Miguel reparó en una estantería, a juego con la mesa del despacho, en la que se apilaban numerosos archivadores cuidadosamente dispuestos, todos ellos rotulados con nombres y números de identificación correlativos que, desde su posición, no alcanzaba a leer con claridad.
Berta entró de nuevo en el despacho llevando consigo una bandeja sobre la que reposaban las medianoches, humeantes y apetitosas.
Ese póster es una ampliación de una fotografía que hice en Pontevedra hace algunos años. La publicaron en la portada de una guía de viajes. Con lo que me pagaron no me alcanzó ni para invitar a cenar a mi hija en un buen restaurante, pero a mí me hizo mucha ilusión ver impresa una de mis fotografías en la portada de un libro.
-¿Eres profesional? -preguntó Miguel, interesado.
-No, esa ha sido la única fotografía que he vendido y lo hice más por compromiso que por otra cosa. Hago fotos porque me gusta. Todos esos archivadores que ves en esa estantería están llenos de fotografías hechas por mí. Me gusta cualquier foto en la que aparezca el mar bien retratado. A veces me paso horas mirando las fotografías que tengo en el ordenador. Ahora trabajo sólo con cámaras digitales; puedo hacer las fotos y verlas al instante, retocarlas, modificar el encuadre y llevar a imprimir sólo las imágenes que me interesan.
Berta enmudeció de pronto; tras unos instantes de silencio, preguntó a Miguel:
-¿Qué sucedió con ese amigo tuyo?
-No lo volví a ver jamás. Se quedó en Rhode Island. Eso fue lo último que supe de él. Regresé solo a Madrid. Quería hablar con mi abuela y contarle lo que me había sucedido, contarle lo de Angya, decirle que nos queríamos y que pronto la conocería.
Berta, que le observaba muy seria, no se atrevió a hacer ningún comentario; se volvió hacia el ordenador, abrió en el mismo un programa para visualizar imágenes y éste comenzó a desplegar en la pantalla un sinfín de miniaturas fotográficas dispuestas por carpetas. Berta hizo doble clic con el ratón sobre la carpeta denominada "New York" y de nuevo el monitor comenzó a cubrirse de diminutas imágenes fotográficas. De pronto, y sin apenas sucesión de continuidad, una imagen llenó por entero la pantalla del monitor.
-¿Lo reconoces? -preguntó Berta a Miguel.
Miguel afirmó.
-Es el paseo marítimo de Long Beach, lo que allí llaman The Boardwalk -dijo Berta para erradicar cualquier posible duda-. Lo que ves sobre algunos de los bancos de madera son ramos de flores que colocaron en memoria del atentado del once de septiembre. En los respaldos de los bancos han colocado pequeñas placas conmemorativas con los nombres de las víctimas que residían en Long Beach.
Berta desplegó otra imagen a toda pantalla; en esta ocasión se apreciaba una vista general de una magnífica playa de arena blanca situada muy cerca de un bosque y bordeada por innumerables dunas.
-Esto es Great South Bay, en Fire Island. ¿Te suena? -preguntó Berta a Miguel con curiosidad.
Miguel negó con la cabeza. Por más que trataba de localizar en la imagen algo que le resultara vagamente familiar, no lo encontraba; en realidad, Angya y él no volvieron a pasear descalzos por la arena de ninguna playa; el tiempo cambió de repente, empezó a llover a cántaros y sólo hubo dos o tres tardes despejadas a lo largo de aquella última semana. El apartamento que alquilaron se encontraba en el segundo piso de un horrible y deprimente pabellón de cuatro plantas ubicado en primera línea de playa, justo en la esquina de Riverside Boulevard y Road Shore. ¿Cómo era posible que recordara a la perfección la expresión que adquirió el rostro de Angya al salir del coche y contemplar aquel monstruoso edificio y, sin embargo, no fuera capaz de recordar nada de lo que sucedió esa mañana de lunes, apenas unas horas antes? En una batalla desigual, y perdida de antemano, el tiempo había logrado arrebatarle de nuevo otro momento de su vida. De lo único que estaba seguro es que al llegar a Long Beach sus vidas, las de ambos, se encontraban en una difícil encrucijada.
Miguel no olvidaría jamás la expresión que adquirió el rostro de Angya al bajar del automóvil y mirar a su alrededor porque fue devastadora. No era el horrible pabellón de ladrillo rojo lo que Angya tenía ante sí, no era la playa encharcada por la lluvia ni las farolas del paseo marítimo, cuyas luces algún dispositivo automático había ya encendido en un vano intento de dar luz a una tarde tan lóbrega como los pensamientos que la mirada de Angya dejaba traslucir, sino a su hijo corriendo junto a la orilla tras aquella enorme pelota de colores que su abuela le compró en alguna tienda del paseo; veía a su hijo en el puesto de helados preguntándola si volverían a Long Beach el próximo verano; abrazándose a su padre, a quién quería con locura; contemplando el horizonte desde el embarcadero; dormido en el asiento de atrás del viejo Chevrolet aquel domingo de regreso a Brooklyn. Veía a su hijo muerto allá donde mirara. Recordaba a Angya asomada a la pequeña y herrumbrosa terraza del apartamento, contemplando en silencio la playa totalmente anegada mientras su verdadera mirada se perdía por momentos en las profundidades de un universo descarnado, cuyos únicos pobladores eran ya sólo fantasmas que el paso de los años había vuelto cada vez más y más transparentes. Angya había vivido alimentándose de ellos, aislándose del resto del mundo en un intento de salvaguardar la parte más hermosa de su existencia, que, de otra manera, hubiera acabado diluida entre el devenir de una vida plena. Pero el tiempo había ido poco a poco distorsionando sus recuerdos hasta convertir algunos de ellos en una especie de vulgar caricatura; la película de su vida no podía ser reproducida una y otra vez sin deteriorarse, y algunas partes de ella estaban tan veladas que sólo la imaginación de Angya era capaz de darles algún color.

Podían haber regresado a Brooklyn sin haber abierto si quiera las maletas, pero se quedaron en aquel horrible lugar, que sería el último en el que la levedad de sus existencias convergirían.

 
 
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