Jaime
Capítulo 36 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

Jaime
Angya estaba bellísima aquella noche, por eso no era de extrañar que consiguiera desviar todas las miradas hacia su persona. Escogieron una mesa situada junto a uno de los ventanales del restaurante, desde el cual, y pese a la oscuridad, no sólo podía barruntarse la playa, sino el batir de las olas, cuyo rumor destacaba a veces sobre el murmullo de los comensales a nada que estos bajasen la voz. Aunque no tan extrovertida y locuaz como en otras ocasiones, la actitud de Angya era francamente distendida. Brindaron con vino y con champán y amenizaron la velada con un par de cócteles de ingredientes explosivos cuyos efectos no tardaron en dejarse sentir. Poco a poco, según Miguel lo recuerda, el silencio fue cubriendo la mesa en la que se encontraban hasta crear la engañosa apariencia de que todo había sido dicho ya entre ambos. Tras dejar bagar su vista por la playa, Angya se volvió hacia Miguel y le dijo con denotado esfuerzo:
-Yo no vi jamás a mi hijo muerto. Tom no me dejó hacerlo. Dijo que era mejor que lo recordara como era en vida. El, sin embargo, tuvo que reconocer el cuerpo.
Angya iba a decir algo más, pero se le formó un nudo en la garganta y no pudo continuar. Miguel, paciente, prefirió esperar a que Angya fuera capaz de proseguir.
-No lo resistió. Fue superior a sus fuerzas. Y se marchó justo cuando más lo necesitaba. Si no hubiera ocurrido aquello, quizá ahora estaríamos juntos, y yo sería como una de esas tantas mujeres que se consumen, eclipsadas, a la sombra de un matrimonio desgraciado. Edwards y Francesca, los padres de Tom, demandaron al colegio por negligencia. Pero a mí eso no me devolvería a mi hijo.
Angya dio un sorbo a su cóctel y continuó:
-Se portaron desde el primer momento muy bien conmigo. La casa en la que vivo es de ellos, de los padres de Tom. La compraron en el cincuenta y nueve para nosotros. Debió costarles una auténtica fortuna. Me dejaron vivir en ella con la esperanza de que su hijo regresara algún día y todo pudiese volver a ser como antes. Pero ni ellos ni yo volvimos a saber nada de él. A veces pienso que quizá esté muerto.
-¿Sigues viendo a sus padres? -preguntó Miguel, intrigado.
-Sí, son buenas personas. Lo cierto es que he querido marcharme muchas veces de esa casa y mudarme a Queens, pero ellos no me han dejado hacerlo, como si el hecho de que yo estuviera allí les hiciera sentirse más cerca de su hijo; y allí he vivido todos estos años, en una residencia cuyo alquiler no hubiese podido pagar ni ganando quince veces mi sueldo. Lo cierto es que han estado perdiendo muchísimo dinero conmigo.
Angya, cuyos ojos ligeramente congestionados por la bebida daban la impresión de tornarse líquidos por momentos, apuró su cóctel hasta dejar la copa vacía.
-Las fotografías arrancadas del álbum...
-Se las entregué a sus padres -dijo Angya sin dar tiempo si quiera a Miguel a acabar la frase.- No pienses que fui yo quien las tiró por despecho. Mi resentimiento no hubiera llegado tan lejos, después de todo, si algo hubiese que haberle echado en cara a Tom fue su cobardía, pero no otra cosa.
-Debió ser terriblemente duro todo aquello.
-Lo fue.
Angya estaba realizando un esfuerzo titánico para controlar sus emociones y evitar desmoronarse.
-A veces, cuando pienso en lo rápido que han pasado todos estos años, me invade el vértigo. He sufrido incluso ataques de pánico; creía que me moría y que lo hacía sola, sin tener a nadie próximo a quién mirar, como le sucedió a mi pequeño Jaime, que durante catorce interminables minutos estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte de camino al hospital. Me he preguntado infinidad de veces cómo serían esos últimos instantes para él, y siempre que lo he hecho me he visto obligada a abandonar ese pensamiento porque me aterrorizaba. Intentar concebir la muerte desde dentro es horrible
-¿No crees que pueda haber algo más allá de la muerte? -preguntó Miguel a Angya muy serio.
-No sé qué pensar -contesto Angya tras unos instantes de ensimismamiento-. A veces pienso que más allá de la muerte sólo está la vida de los que se quedan y se ven obligados a seguir adelante cada vez más solos, y otras, sin embargo, creo que es la única explicación posible a tanta injusticia.
-¿Has oído hablar de Friedrich Jürgenson?
-No, ¿quién es? -preguntó Angya con curiosidad.
-Es un sueco que ha conseguido grabar las voces de los difuntos en cinta magnetofónica. He leído varios artículos sobre eso y han podido comprobar que sucede.
-¿Quién lo ha comprobado?
-Varios científicos. Jürgenson realizó pruebas delante de ellos y comprobaron que era cierto. El problema es que las voces quedan registradas muy cerca del ruido del fondo de la cinta y luego hay que amplificarlas para poder entender lo que dicen. El proceso es muy simple, sólo hay que dejar una grabadora funcionando un par de minutos, rebobinar y escuchar con atención la grabación.
-¿Tú lo has probado? -le preguntó Angya después de mirarle con fijeza durante unos momentos.
-No -contestó Miguel muy serio.
-¿Por qué? ¿Tienes miedo de volver a escuchar la voz de tu madre?
-No, no se trata de eso -replicó Miguel sin atreverse a puntualizar una cuestión que para él era tan íntima como llena de matices.
-¿Cómo sucedió exactamente? Lo de tu madre, me refiero, cuando oíste su voz.
-Sucedió mientras me duchaba -dijo Miguel tras unos instantes-. De pronto empecé a oír como una especie de zumbido; al principio, creí que procedía de la calle, pero luego, superponiéndose a él, empecé a escuchar la voz de mi madre. Bueno, no era exactamente su voz, sino más bien una imitación de su voz, era algo metálica y muy grave, y las palabras daban la impresión de haber sido grabadas previamente. Fue algo muy raro.
-¿Qué fue exactamente lo que oíste?
-Fueron cinco frases, una detrás de otra: "Debes ser fuerte. Tu padre llora mi ausencia. En tus átomos figura mi espíritu. Ya feliz. Algún día...". La última frase no logró terminarla. El zumbido desapareció de golpe y con él su voz.
Angya, que le miraba con gravedad, comentó tras unos instantes de reflexión:
-¡Qué cosa tan extraña! Si yo oyera la voz de mi hijo hablándome de ese modo echaría a correr de miedo.
Berta volvió su vista hacia la playa y exclamó para sí con infinita pesadumbre:
-¡Pobre hijo mío, qué corta fue su vida!
Un denso silencio se adueñó de la mesa.
No volvieron hablar jamás del pequeño Jaime, ni a mantener una conversación tan triste y sombría como aquella.
Recuerda que, tras abonar la cuenta del restaurante, salieron al paseo marítimo y lo recorrieron abrazados de camino al apartamento. Y recuerda también el suave ruido de las olas batiendo sobre la playa y la luna, toda blanca, reflejándose en el agua.

Miguel notó cómo Berta le miraba, pero ésta se limitó a mostrarle otra fotografía.

 
 
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