Insomnio
Capítulo 39 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

Insomnio
Un penetrante olor a fuel procedente de los pesqueros amarrados a puerto se extendía por todo el muelle de Sag Harbor. Fue una tarde tranquila en la que el sonido tardo y cadencioso de los grandes motores diesel de los barcos se mezclaba con el de las gaviotas y con el del agua, grasienta, chapoteando entre los huecos de las embarcaciones, cuyos cascos de madera crujían desde lo más profundo con cada vaivén de la marea.

Angya y Miguel deambulaban de un lado a otro tratando de asentar sus corazones enamorados y dar forma a un futuro nuevo en el que hubiese espacio para los dos. En realidad, Miguel no había mentido a Angya en ningún momento, pero su naturaleza reservada le había impedido sincerarse del todo con ella. Quizá debería haber aprovechado esa plácida tarde para mostrarse tal cual era y explicarle el porqué le costaba tanto decir lo que pensaba, o por qué tenía que esforzarse para no parecer disgustado y sonreír, pero no hubiera podido sincerarse con Angya hasta el punto de decirle que tenía miedo a que la relación que acababan de iniciar no prosperase, no por desconfianza hacia ella sino hacia el futuro, llámesele suerte, destino o porvenir. Si se quedaba en Estados Unidos, su padre le daría la espalda, suponiendo que no lo hubiera hecho ya, pues esa era la impresión que tenía desde hacía tiempo, y sin Angya a su lado se encontraría definitivamente solo.

Sag Harbor era un pueblecito de pescadores en cuyos embarcaderos relucían los mástiles de un buen número de yates y veleros pertenecientes a la alta sociedad de los Hamptons, gentes cuya visión de la vida, a tenor de sus actitudes, debía ser del todo superficial. Sin embargo, paseando aquella serena tarde junto a su ángel de ojos azules, nadie hubiera acertado a sospechar que el mundo al cual Miguel pertenecía se encontraba en las profundidades abisales de un patio de ladrillo y cemento en el que ni si quiera el sol de mediodía se atrevía a dibujar contraluces.

Los días habían transcurrido demasiado deprisa y no quedaba apenas tiempo; la parte más etérea de su cuerpo comenzaba ya a sentirse inquieta ante la inminencia de la marcha y un creciente desasosiego le impedía conciliar el sueño. El mundo gris del que procedía abría sus fauces para devorarle.

Miguel se giró en la cama y clavó su vista en la playa iluminada levemente por la luna. Las olas rompían sobra la playa removiendo con estrépito los guijarros que se extendían sobre la arena. Cada ola era distinta; algunas llegaban cansadas a la playa, como si la distancia recorrida les hubiera robado las fuerzas; otras, embravecidas, la acometían con violencia inusitada; había olas impetuosas que se montaban sobre otras y unas pocas, perdidas, no llegaban, dejando sólo un instante de demora y un silencio.

No se oía ningún ruido; sólo la acompasada respiración de Angya, que descansaba plácidamente a su lado, y el rumor de las olas, mansas, ya casi dormidas. Miguel levantó de nuevo la vista hacia la playa y vio a su madre entre las lágrimas que le resbalaban por el rostro humedeciendo la almohada.

 
 
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