Las tres
Capítulo 41 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

Las tres
Berta apartó la vista del ordenador y se volvió hacia Miguel, cuyo rostro dejaba entrever la turbación que le había provocado recordar tantos detalles olvidados a medida que las fotografías de Berta desfilaban por la pantalla. En realidad, y aunque Miguel no había comentado nada de esto con Berta, llevaba todo el día haciendo repaso a su vida y preguntándose si su amigo Carlos, al que creyó ver esa misma mañana detenido frente a un semáforo al volante de un elegante automóvil, había vuelto la cabeza hacia la acera contraria para evitar saludarle o es que simplemente no se fijó en él y por eso no alcanzó a reconocerle. Un encuentro como ese difícilmente podría volver a repetirse, y si Carlos había vuelto la cabeza premeditadamente era porque en su interior no quedaba nada de aquella amistad que se procesaron mutuamente cuando jóvenes y que él, sin embargo, retuvo siempre para sí como el primer día. ¿Tanto había envejecido que Carlos no acertó a reconocerle, o es que su corazón lo había dado ya por muerto? ¿Tal vez no tenía buenas noticas para darle y prefirió obviar el encuentro? ¿Tanto resentimiento le guardaba después de casi treinta años?
Las miradas de Berta y Miguel se encontraron casi sin querer en el silencio cálido en el que se hallaba sumida la habitación. Berta, azorada, cogió su vaso y propuso un brindis:
-¡Feliz Navidad!
-¡Feliz Navidad! -exclamó Miguel haciendo chocar su vaso con el de Berta mientras la imagen de un jovencísimo Carlos, secretamente enamorado de su tía Angya, se desvanecía en su intelecto.
Ambos bebieron de sus vasos hasta apurarlos.
-¿Te apetece otra copa? -preguntó Berta evidenciando su deseo de recibir una respuesta afirmativa.
Miguel asintió y siguió los pasos de Berta de camino a la cocina, y más tarde hacia el salón, en cuyo sofá se acomodaron justo cuando el reloj de la estancia daba las tres.
Su padre no fue a buscarle al aeropuerto y tampoco se molestó en esperarle en casa para darle la bienvenida a su vuelta. Al llegar a Madrid asumió que nada había cambiado salvo él, y que lo mejor que podía hacer era esperar paciente la llegada de Angya. Si siempre le había resultado difícilmente soportable vivir entre aquellas paredes, ahora, cegado por todas las bondades que habían desfilado ante sus ojos, aquellos muros le hacían sentirse en una cárcel. Dejó las maletas sin deshacer en su habitación y bajó al bar a desayunar, como de costumbre, por no estar allí.
-¿Tienes familiares con los que pasar la Navidad? -preguntó Berta, interrumpiendo las cavilaciones de Miguel.
Miguel tenía la íntima certeza de que sus pensamientos eran un libro abierto para Berta, por lo que prefirió sincerarse:
-Tengo un par de primos, pero no tengo trato con ellos.
-¿Y tu compañero del taller?
-Tiene su familia.
-Así que hoy has estado igual de solo que todos los días.
-Me he quedado organizando facturas y papeleo en el taller hasta muy tarde.
-¡No me irás a decir que has cenado en el taller! -exclamó Berta.
-Prefería picar algo en la oficina a encerrarme entre las cuatro paredes de mi casa.
Berta se quedó mirando a Miguel con aire preocupado; finalmente, se atrevió a decir:
-Yo no puedo permitir que comas solo en Navidad. Mañana te vienes a comer con nosotros a casa de mis padres.
-¿Y qué pensarán tus padres, Berta?
-¡Qué más da lo que piensen, ya no tengo quince años! Además, siempre han creído que estoy un poco mal de la cabeza. ¡Tú te vienes conmigo y ya está! Mañana, de comer solo, nada.
-No estoy muy acostumbrado a relacionarme con la gente, Berta, soy muy mal conversador, ya te habrás dado cuenta.
-Te vienes a comer con nosotros y no hay nada más que hablar. ¡Ya verás qué sorpresa se va a llevar Rafa! -dijo Berta encaminando sus pasos hacia la extensa colección de discos y cedes que se disponía en una de las baldas de la estantería que presidía el salón.
Desde luego -murmuró Miguel en tono de voz casi imperceptible mientras seguía con la vista el recorrido de Berta por la habitación.
-¿Te gusta algún tipo de música en particular? -le preguntó Berta.
Miguel se aproximó hacia los discos compactos; tras repasar uno a uno los títulos de los temas, apartó uno del conjunto y se lo mostró a Berta.
-Elton John... No está mal -comentó Berta mientras extraía el disco compacto de su funda y lo introducía en el lector del equipo de música.
Los primeros acordes de uno de los temas del disco comenzaron a llenar la habitación. Miguel tomó a Berta por la cintura y comenzaron a bailar lentamente al ritmo suave y cadencioso de la melodía. Era tiempo de que sus cuerpos se hicieran uno con sus corazones.

 
 
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