La estafeta
Capítulo 42 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

La estafeta
Su padre apenas le hizo preguntas, lo cual Miguel agradeció porque sabía que era el mejor regalo que podía hacerle. Algún que otro comentario relacionado con los rascacielos de Nueva York y poco más, no fuera a ser que un exceso de familiaridad entre ambos desembocara en una conversación de tú a tú y Miguel perdiera el respeto a su padre. El vacío causado por la ausencia de Angya le perseguía allá donde fuera, haciéndole sentirse como un extraño en el barrio, que se presentaba a sus ojos sucio, paupérrimo y diminuto.

Un día sí y otro no se dirigía al locutorio público de la calle de la Estafeta para hablar con Angya por teléfono a la hora que habían acordado; Angya conocía las razones por las que Miguel prefería ser él quien la llamara, pero le daba algo de rabia y se apenaba. Eran conversaciones breves, sinceras y directas, cuya duración dependía de las monedas que Miguel llevara en el bolsillo, salvo la última, que duró más de lo previsto, cuando Angya le sorprendió diciéndole que había logrado vender su coche y la mayor parte de sus pertenencias, que había también hablado con su hermano con respecto al trabajo y a su situación personal y que, salvo imprevistos, regresaría a España definitivamente ese mismo fin de semana.

Miguel salió del locutorio transformado; por segunda vez, Angya le había demostrado que su palabra tenía la consistencia del diamante y que dudar de ella constituía un autentico agravio hacia su persona. Pletórico, no sabía que hacer con tanta dicha, y pensó que lo mejor era compartirla al fin con su abuela.

Aquella noche estuvo mirando al cielo a través de su pequeño refractor hasta bien entrada la madrugada; en realidad, y exceptuando cierta ocasión en la que logró barruntar un cúmulo globular muy cerca de la cornisa del edificio de enfrente, lo cierto es que habitualmente sólo alcanzaba a distinguir algún que otro pobre agrupamiento de estrellas, la Luna, Júpiter, Saturno, casi tan alto que apenas podía dirigir el tubo del telescopio hacia él, y poco más. Pero el silencio en el que la noche sumía a la colonia le embriagaba. ¿Estaría Angya asomada a la ventana del salón, disfrutando de sus últimas noches en Brooklyn Heighs? Miguel cerró los ojos en un intento de aprehender sus recuerdos y creyó escuchar por un momento la Brooklyn-Queens Expressway, cuyo rumor se confundía en la imaginación de Miguel con el tráfico en la Avenida de Andalucía, a espaldas de su casa. Si se pudieran grabar los acontecimientos de la misma forma que se hace con la música, para poder después revivirlos, aquella noche en Brooklyn Heighs sería su preferida; después, quizá, el atardecer en el que se amaron por vez primera frente a la playa, en Long Beach. Y esos dos momentos mágicos, uno en casa de Angya y otro en el pub de David, cuando se miraron abiertamente, incapaces de desviar la mirada.

Miguel se tumbó en la cama y cerró los ojos en un intento de verse transportado a aquella habitación tranquila desde la que se percibía el suave rumor de las hojas de los árboles y el eco profundo y distante de las sirenas de los barcos entrando y saliendo de la bahía; aquella habitación en la que él y el pequeño Jaime -sólo ellos dos habían dormido en ella- soñaron con cuidar de Angya para siempre. Pero por más que se esforzaba, el silencio frío de la Colonia se imponía; todo lo demás era penumbra, una experiencia abocada a la extinción en su memoria, al igual que lo sería para Angya, que dejaría enterrados sus recuerdos más queridos en una casa a la que no tendría oportunidad de regresar jamás. Angya lo era todo para Miguel, y así se lo hizo saber al día siguiente a su madre, ante cuya sepultura, en el Cementerio de la Almudena, le manifestó lo mucho que quería a Angya y lo feliz que estaba dispuesto a ser compartiendo su vida con ella. En realidad, hablarle a una lápida, por mucho que en la misma figurase inscrito el nombre de su madre bajorrelieve, era algo que, además de absurdo, le hacía sentirse especialmente apesadumbrado, por lo que pidió perdón a su madre, a Dios, o a lo que fuese y decidió no volver al cementerio. Si los muertos gozaban de algún tipo de vida, desde luego en ese recinto no quedaba ni rastro. Claro que su primera intención no había sido acudir al cementerio aquella tarde, sino visitar a su abuela, a la que incluso se encontraba dispuesto a hablarle de Angya y a mostrarle su fotografía, pero se echó atrás en el último momento porque se encontraba muy nervioso. No había quedado citado de nuevo con Angya para llamarla por teléfono y tampoco ésta había concretado si llegaría en el vuelo del sábado o en el del domingo.

Su padre regresó tarde del taller, cenó algo ligero y se durmió frente al televisor, como hacía siempre. La incertidumbre apenas permitió conciliar el sueño esa noche a Miguel, que trataba inútilmente de concebir cómo podría llegar a ser su relación con Angya en Madrid, despojada ya de ese halo de ensueño en la que se hallaba inmersa durante su estancia en Nueva York. ¿Serían su padre, o su abuela, capaces de aceptar su relación con una mujer que le doblaba la edad cuando ni tan si quiera había contado con la comprensión de Carlos? Miguel sabía que las cosas no iban a ser fáciles para ninguno de los dos, pero si Angya y él habían sido capaces de superar las barreras que en un primer momento les separaban y que hubieran dado al traste con cualquier otra relación, las que les aguardaban eran sólo nimiedades comparadas con las anteriores. Y si las cosas se torcían, siempre podía hacer las maletas y marcharse de una vez por todas.

 
 
Alquiler de apartamentos
 
 
 
Textos breves
Luis de la Fuente
Alberto Garijo
 
Transcomunicación
Psicofonías y psicoimágenes
 
In Memoriam
In Memoriam
 
Enlaces de interés
Enlaces de interés
 
Contacto
staff[arroba]dosautores.com
 
Alquiler de apartamentos
 
Scooters de movilidad
 
Advertencia legal: todos los contenidos de esta página están sujetos a copyright.
Cualquier plagio de los textos o imágenes publicados en www.dosautores.com será puesto en conocimiento de los juzgados de Madrid y/o San Sebastián.
Esta actuación se hará extensiva a la publicación de la totalidad, o parte del texto, fuera o dentro de internet, sin consentimiento por escrito del correspondiente autor.
 
Ayudan a mantener este espacio en la red:
www.25kmh.es
www.alquilerplaya.com