La espera
Capítulo 43 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

La espera
Miguel, movido por la impaciencia, entró en el locutorio público a eso de las ocho menos cuarto, las dos menos cuarto hora de Nueva York, y se dirigió a la cabina de teléfono que más le agradaba, la última a la izquierda, en donde creía gozar de un poco más de intimidad que en otras por ser la última de la hilera y estar contigua a la pared del fondo del local. Tras marcar el número de teléfono de Angya, esperó ansioso a que ésta levantara el auricular, sin embargo, no fue así. Lo intentó varias veces hasta que se dio por vencido. Si Angya regresaba en el vuelo de las cinco, existía cierta probabilidad de que a esas horas estuviese de camino al aeropuerto.

Miguel salió del locutorio y se encaminó hacia su casa por la calle de la Estafeta, que se encontraba abarrotada de gentes sencillas que paseaban en familia y de chavales jóvenes, y no tan jóvenes, dispuestos a tomar el metro y el autobús para atiborrarse de cervezas en los garitos del centro hasta que cerrasen. Miguel encaminó sus pasos hacia casa por si Angya le llamaba; esa noche se acostó pronto, aunque de nada le sirvió porque tardó mucho en dormirse. Siempre le sucedía lo mismo; basta que la necesidad de madrugar entrara por la puerta para que el sueño saliera disparado por la ventana. Si Angya había tomado el vuelo de las cinco, su avión aterrizaría en Barajas a eso de las seis de la mañana, las siete si venía con retraso. Aunque quizá no le llamara, porque si su hermano iba a buscarla al aeropuerto lo más probable es que Angya evitara que ambos se encontraran. ¿Qué quiso decir Angya cuando dijo que había hablado con su hermano acerca de su "situación personal"? ¿Conocía el padre de Carlos el motivo por el que su hermana regresaba? Miguel debería haberla preguntado abiertamente sobre éste y otros asuntos en vez de pasar por alto los temas conflictivos.

El domingo para Miguel sólo fue un día vacío e interminable, que consumió en su totalidad esperando, como le sucedió el lunes y el martes, cuyas horas transcurrieron con tedio sin apartarse apenas del teléfono. Por eso aquellos días desesperados los vivió como si se tratara de un tiempo robado durante el cual se sintió la persona más desdichada del mundo, incapaz de comprender qué es lo que había hecho mal para sufrir semejante castigo y cuál era la razón por la que ni Angya ni Carlos se ponían en contacto con él. Lamentó una y mil veces no haber tomado nota del número de teléfono de Eve cuando ésta se lo ofreció; lamentó haber regresado a Madrid en vez de haberse quedado junto a Angya en Nueva York; lamentó haberle dicho que no le llamara a su casa para evitar que su padre pudiera escuchar sus conversaciones e, incluso, por lamentar, lamentó su viaje a Nueva York y que el destino le hubiera puesto a Angya en su camino.

El miércoles volvió a marcar el número de teléfono de Angya, pero esta vez lo hizo desde casa aprovechando la ausencia de su padre. El teléfono sonaba, pero Angya no lo cogía. Tal vez sólo fuera cuestión de paciencia, después de todo el ya sabía lo que era esperar una llamada que no llega o una visita anunciada que no se presenta. Podrían haber surgido problemas, imprevistos... Pero resultaba todo tan extraño, tan incoherente, que ni de lejos acertaba a imaginar qué podría llegar a ser tan importante como para impedir a Angya llamarle por teléfono. Se sentía como si la suerte le hubiera escogido para convertirle en protagonista de una farsa de pésimo gusto que estaba comenzando a destrozarle los nervios. Si el sábado no tenía noticias de Angya, se armaría de valor y llamaría por teléfono a casa de Carlos para preguntar por ella. Si Carlos no hubiese regresado aún de Nueva York, hablaría con su hermano, y si no, con su madre o con su padre. Pero no esperaría ni un solo minuto más. Ni uno sólo.

 
 
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