El cartel luminoso
Capítulo 44 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

El cartel luminoso
La luz de las bombillas de colores que daban vida a los adornos navideños dispuestos en la avenida se filtraba a través del hueco que dejaba la persiana y el suelo del balcón, iluminando en una mezcla de tonos azules, verdes, rojos y amarillos el interior de la habitación, desde la que se percibía el rumor de la lluvia mojando los alféizares de las ventanas, las paredes grises de las casas y las losetas de hormigón de las aceras. Llovía en todo Madrid y parecía que no iba a escampar nunca.

Miguel se giró en el lecho que compartía junto a Berta y al mirar a ésta, que dormía profundamente, imaginó que llevaban juntos mucho tiempo y que Ana también era hija suya. Luego, mientras el insomnio le hacía encaminarse a oscuras hacia el acogedor salón de la casa de Berta, pensó que, si bien nada de eso era cierto, el sentimiento de soledad que le embargaría en ese momento sería el mismo.

Miguel aproximó su rostro hacia el cristal de la ventana, húmedo y frío, y se quedó observando fijamente la avenida desierta mientras su mente retrocedía en el tiempo hasta aquella mañana de sábado en la que lo oscuro hacía de nuevo acto de presencia en su vida. Recuerda que estaba duchándose cuando sonó el teléfono. Su padre, que libraba en el taller, lo descolgó, y este simple hecho unido a su silencio al teléfono, fue suficiente para que el corazón de Miguel se sobrecogiera. Alguien preguntaba por él y Miguel se vio obligado a salir a toda prisa del baño. Cuando cogió el auricular lo que menos imaginaba era que el padre de Carlos pudiera encontrarse al otro lado de la línea, por eso al principio vaciló, algo confundido, para después alarmarse, presintiendo lo peor. Nacho trató de ser lo más considerado posible, pero la noticia que se vio obligado a trasmitirle era absolutamente demoledora. Lo más duro para Miguel fue evitar deshacerse en lágrimas delante de su padre cuando Nacho, con la voz entrecortada por le emoción, le explicó a través del auricular que su hermana había sufrido un accidente de automóvil conduciendo un vehículo de alquiler de camino al aeropuerto. Le facilitó la dirección de la iglesia en la que la familia celebraría el funeral y la fecha en la que el mismo se llevaría a cabo, insistiéndole en que comprendería perfectamente que no se sintiera con el ánimo suficiente como para acudir. Y le dijo también, mientras Miguel se veía así mismo asomado a la ventana de Cranberry Street aquella mañana en la que, cual funesto presagio, contempló horrorizado cómo Angya trataba inútilmente de sujetarse su pierna temblorosa, que no debía perseguirle la fatalidad del accidente porque él no era culpable de nada, pero que recordara siempre que los nombres que Angya repitió una y otra vez al equipo médico que la atendió hasta que dejó de existir fue el de su hijo y el suyo.

Miguel levantó la vista hacia el cartel luminoso que se encontraba dispuesto de un lado a otro de la avenida y se quedó mirándolo, absorto; en sus ojos el pasado se derramaba lentamente convertido en sal mojada mientras el reflejo de su rostro en el vidrio de la ventana se confundía con el de Angya, de pie junto a la playa anegada, despidiéndose de él a medida que su taxi se alejaba.

Desde fuera, la lluvia convertía a Miguel en una silueta de rasgos imprecisos asomada a una oquedad iluminada por las bombillas multicolores de un adorno de felicitación navideña, cuyo mensaje luminoso se reflejaba en el vidrio de la ventana al revés. Y al revés se reflejaba su existencia que, observada desde fuera y a distancia, era tan imprecisa como su silueta y tan frágil como una hoja a punto de desprenderse del árbol que le dio la vida cuando el otoño se cierne sobre sus ramas. Su madre, María, su padre, su abuela, Angya y el pequeño Jaime; todos eran hojas caídas. Todos eran sombras.

 
 
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