Narraciones breves
Narraciones breves
 
El apeadero
Luis de la Fuente (2018).
 

El sol estaba a punto de desaparecer bajo el horizonte mientras las sombras de los árboles cercanos, elongándose amenazadoramente a medida que caía la tarde, cubrían con su oscuro manto el viejo apeadero gris y mustio hacia el que, como todos los atardeceres desde hacía casi cuarenta años, se dirigía para tomar el cercanías que lo llevaría de regreso a casa. Aquella noche había tenido un sueño de infancia tan real y desconcertante que no fue capaz de quitárselo de la cabeza a lo largo del día. Afortunadamente, su labor era mecánica y podía dejar vagar la mente y pensar en sus cosas mientras sus manos realizaban el trabajo por sí solas. A veces se maravillaba comprobando la cantidad de juguetes que había ensamblado sin ser consciente de ello tras imaginarse caminando entre pinos junto a su padre por aquel sendero fresco y umbrío o dándose un baño en la playa con su hermano cuando ambos eran niños mientras sus manos trabajaban solas en la fábrica colocando las piezas de cada juguete en el lugar exacto sin intervención alguna por su parte. Para él la infancia había sido tan determinante y la echaba tanto de menos que no era extraño que se presentara aquel tiempo idílico entre las sombras de su dormitorio en las duermevelas a las que el insomnio lo tenía acostumbrado. Pero nunca antes había tenido un sueño tan vivido como el de aquella noche. No podría asegurar si las imágenes que en el mismo se habían mostrado eran reales o pergeñadas, si realmente pertenecían a un pasado que no recordaba, si correspondían a un momento determinado de su infancia o simplemente eran retazos de momentos dispares que su mente había mezclado con soberbia maestría para crear un recuerdo ficticio sumamente elaborado que su intelecto había incorporado ya al acervo de recuerdos de su infancia. Lo que más asombro le causó fue cómo el sueño progresaba pese a tener conciencia de haberse despertado, como mínimo, un par de veces a lo largo de la noche. Esas interrupciones no lograban afectar en absoluto al devenir de los acontecimientos oníricos; al volver a dormirse todo comenzaba exactamente en el punto que había finalizado sin que el despertar afectase al discurrir de la ensoñación. ¡Y todo era sorprendentemente real! Tan inmerso se encontraba recordando el sueño de la noche anterior que apenas fue consciente de haber recorrido la distancia entre la fábrica y el apeadero. Sus pies, al igual que sus manos, parecían haberse convertido con el paso de los años en autómatas que realizaban la función que la costumbre les había asignado.

Cuando el tren se detenía a esas horas en la diminuta terminal nadie bajaba del mismo, sólo él subía, por lo que estaba seguro de que el maquinista no detenía el cercanías los fines de semana o las pocas veces que por enfermedad o causa mayor no había podido acudir al trabajo. Esa tarde, sin embargo, el único banco con el que contaba el apeadero se encontraba ocupado. Estuvo tentado de esperar al tren junto a una de las farolas que, llegada la noche, iluminaban tristemente el recinto, sin embargo, ¿por qué debería permitir que aquel extraño variase su rutina y hacerle permanecer de pie a la espera del convoy casi media hora? Aquel sujeto de rasgos imprecisos tenía algo que le resultaba familiar, no sabría decir qué, pero no le era del todo desconocido. Al llegar a la altura del banco saludó a la persona que lo ocupaba. Fue entonces, al volverse hacia él y responder a su saludo con un sonoro y rotundo "buenas noches", cuando creyó reconocerlo. Aunque fuese imposible parecía tratarse de aquel actor tan maravilloso de su infancia y juventud. Aquel actor enorme de voz gruesa que llenaba por sí solo el escenario ¿Cómo se llamaba? ¡José Bódalo! ¡José Bódalo era su nombre! Aquello era imposible y lo sabía. Aquel magnífico actor había fallecido cuando él debía tener veintitrés años. Recordaba perfectamente ese detalle porque admiraba su trabajo. Alzó la vista y contempló cómo las falenas revoloteaban alrededor de la farola que iluminaba de ambarino el banco donde acababa de tomar asiento. Debía volverse hacia el sujeto que se encontraba sentado a su izquierda y comprobar quién era realmente sin incomodarlo, después de todo, si algo tenía claro es que, por mucho que pudiera parecerse aquel hombre a ese afamado actor de su infancia, no podría tratarse de la misma persona. De repente, la inconfundible voz de José Bódalo se materializó de nuevo junto a su oído:
-El recuerdo lo es todo.
Volvió el rostro hacia el extraño y lo observó de arriba a abajo. Era imposible, pero allí estaba, o al menos quien estaba era el doble perfecto de su afamado actor de juventud. Preguntar a ese hombre si era Bódalo estaba fuera de lugar. Simplemente, era absurdo. Se miró las manos y luego recorrió con la vista el pequeño apeadero de punta a punta. Todo parecía normal. "El recuerdo lo es todo". ¿Qué podía responder a eso?
-¡Qué no daríamos a veces por volver a estar con nuestros seres queridos aunque fuese sólo un instante! -exclamó el extraño dirigiendo su mirada hacia el horizonte.
El hombre miró su reloj y comprobó que faltaban algo más de veinte minutos para la llegada del tren, en el supuesto de que no llegase con retraso. Estaba seguro de que había llegado al apeadero caminando desde la fábrica como hacía todas las tardes y que no estaba soñando, pero esa misma extraña sensación de falsa realidad ya la había experimentado la noche pasada y únicamente al despertar fue consciente de que lo vivido no era tal. ¿Cómo sabría que no se trataba de un sueño si no despertaba?
-Mientras yo esté aquí, no llegará -dijo el extraño.
-¿Quién? -preguntó intrigado el hombre volviéndose hacia él.
-El tren. Mientras yo esté aquí, no llegará.
El hombre, que observaba fijamente a ese sujeto que tanto se parecía al actor que admiró durante su infancia y juventud, miró hacia las vías en ambas direcciones con ansiedad mal disimulada.
-No se angustie, Fernando -dijo el calco de José Bódalo-. Lo que tengo que decirle es importante.
Fernando miró al extraño sin saber qué pensar.
-¿A Usted le gustaría regresar a un momento determinado de su pasado? ¿Vivirlo con la misma intensidad en todos sus detalles? ¿Volver a sentir el abrazo de su madre? ¿Regresar a la casa de su infancia y recorrer de nuevo aquel largo pasillo en el triciclo que le regaló su abuela? ¿Percibir el aroma de esa tarta que desde que murió su madre no ha vuelto a probar? ¿Recorrer el camino que conducía al río cuando su padre lo llevaba a pescar? Dígame, ¿le gustaría? -preguntó el extraño.
-¿Cómo sabe todo eso de mí? -interpeló con más preocupación que disgusto.
-Ahora no importa, Fernando. Contésteme, haga el favor.
-¿Y por qué tendría que volver al pasado? -preguntó nuevamente.
El extraño se quedó mirando muy serio a Fernando. Tras unos instantes durante los cuales parecía estar buscando las palabras adecuadas, dijo:
-Fernando, ha sufrido un ictus al llegar al apeadero. Ni siquiera ha sido consciente de que se ha derrumbado en el suelo.
-¿Qué está Usted diciendo? -dijo el hombre a punto de perder los nervios.
-¡Esto va a ser difícil! -exclamó para sí en voz baja el extraño tratando de buscar el modo de convencer a Fernando-. Diríjase a la esquina del apeadero, dé la vuelta a la estación y verá su cuerpo tendido en el suelo junto a la pared de la edificación. ¡Hágalo y luego regrese! No dispone de mucho tiempo.
Fernando, que observaba al extraño con los ojos desorbitados, se levantó del banco y se encamino hacia la esquina de la edificación, primero a grandes zancadas y luego a la carrera. Al asomarse por el lateral del edificio contempló el cuerpo de un hombre tendido de bruces contra el suelo en posición grotesca. El rostro de aquel sujeto se encontraba cubierto de polvo del camino y sangraba por la nariz. Fernando se aproximó hacia el cuerpo, se arrodilló junto a él y trató de tocarlo, pero sus manos lo atravesaron. Asustado, se incorporó de un rápido movimiento, observó de nuevo aquel cuerpo que era el suyo, y se volvió hacia donde se encontraba el extraño con manifiesta confusión.
-¿Estoy muerto? -preguntó Fernando con la angustia reflejada en su mirada según llegaba a la altura del extraño.
-Aún no, pero nadie lo ha visto desmayarse y su cuerpo no está a la vista. Nadie le ayudará. Es sólo cuestión de minutos… Siéntese, Fernando, haga el favor.
Fernando, abatido, se sentó junto al extraño.
-¿Eso es lo que he hecho esta noche? ¿Regresar al pasado?
-No exactamente. Esta noche sólo estaba soñando. Yo me refiero a ir hacia atrás en el tiempo. A volver a vivir todo de nuevo. Vivirlo otra vez. Usted tuvo una infancia muy dichosa.
-¡Todo esto es absurdo! -exclamó Fernando con una mezcla de abatimiento y desesperación.
-Comprendo perfectamente cómo se siente. Yo pasé por lo mismo.
-¡Que pasó Usted por lo mismo! -exclamó Fernando.
-Sí, Fernando, pero, por favor, contésteme a lo que le he preguntado. No tenemos mucho tiempo. ¿Le gustaría regresar a su infancia?
Fernando se quedó mirando al extraño sin saber qué decir. Tras unos instantes de introspección, preguntó:
-¿Podría elegir el punto del tiempo hacia el cual regresar?
-Sí.
-¿Y podría saltar los momentos dolorosos?
-No, eso no sería posible. Desde el instante en el tiempo al que regresara todo empezaría a repetirse de nuevo.
-¿Sin un cambio?
-Sin un solo cambio. Pero no lo sabría. Para Usted no sería un recuerdo, sino simplemente su vida en tiempo presente.
-¿Y no recordaría nada de lo vivido hasta hoy?
-No, sería un viaje hacia atrás en el tiempo únicamente de ida.
Fernando bajó la mirada y permaneció pensativo unos instantes. Finalmente, no muy convencido, preguntó:
-¿Y qué sacaría con ello si no conservo los recuerdos? Si regresara al pasado nunca lo sabría.
Fernando se quedó mirando al extraño mientras en su mente hervían las ideas.
-Existen otras posibilidades.
-¿Otras posibilidades? -preguntó Fernando, intrigado.
-Puede entrar en el cuerpo de una persona en coma y empezar una vida totalmente distinta. No recordará tampoco nada de la vida que ha vivido hasta ahora y sus familiares, los familiares de ese cuerpo que yace en la cama de cualquier hospital esperando a que recupere la consciencia, deberán enseñarle todo de nuevo, incluyendo su pasado, el pasado de ese cuerpo que yace en la cama, por descontado, no el suyo.
-Eso no me hace mucha gracia - dijo Fernando manifestando su disconformidad.
-También puede esperar a morir. Si lo hace así se reencontrará con sus amigos y familiares fallecidos. Incluso con sus animales de compañía. Será un reencuentro extraordinariamente feliz.
-¿Y luego?
-Luego vivirá junto a ellos en un mundo maravilloso de colores resplandecientes en el que no echará de menos nada, como lo hice yo durante algún tiempo. Un mundo de paisajes increíbles en el que todo está vivo y en armonía.
-¿Para siempre?
El extraño lo miró circunspecto durante un buen rato. Finalmente, dijo muy serio:
-¿Por qué está tan obsesionado con el tiempo?
-Usted mismo me lo ha dicho: "el recuerdo lo es todo". La palabra siempre no tiene sentido si la memoria se pierde. Le pregunto si la estancia en ese mundo maravilloso al que Usted ha hecho referencia es para siempre.
-Sólo lo absoluto puede conservar todos los recuerdos, Fernando.
-Yo no hablo de todos los recuerdos, sino de los míos.
-Fernando, Usted estuvo casado durante treinta años. ¿Nunca le dijo su mujer que había estado hablando o gritando en sueños y Usted al despertar no lo recordaba? El recuerdo por sí mismo no es nada, debe ser procesado por la consciencia. La consciencia es lo que recuerda. La consciencia es una, el recuerdo es múltiple y eso es lo que conforma la individualidad.
-No me ha respondido.
-Lo estoy haciendo ahora mismo.
-No, no lo está haciendo, por lo menos no está siendo Usted claro.
-¡Demonios! No sé por qué los vivos piensan que los muertos debemos tener todas las respuestas. No le he respondido porque no sé qué responderle. No queda mucho tiempo, Fernando, tiene que elegir o simplemente dejarse ir.
-¿Demonios? -dijo Fernando extrañado-. Demonios no es una palabra que debería ser pronunciada por una especie de ángel como Usted.
-Yo no soy un ángel, Fernando, sólo soy un difunto a punto de cumplir su primera misión en la Tierra. No es lo mismo. Y me lo está poniendo Usted muy difícil, créame. ¿Qué decide?
Fernando niega reiteradamente con la cabeza para manifestar su disgusto y dice:
-No tiene ningún sentido vivir una segunda vida en la que no podré recordar quién he sido ni a quién he amado. Para mí no lo tiene.
-Entonces, déjese ir.
-¡Que me deje ir! Pero si ni siquiera tengo la certeza de estar soñando o sufriendo una alucinación. O quizá esté realmente muriéndome y mi mente haya iniciado una especie de desintegración mientras trata inútilmente de hilvanar ideas hasta que entre en un vacío sin tiempo y se extinga irremediablemente. ¡Tendría gracia que las últimas imágenes de mi vida fueran Usted y este apeadero!
-Bueno, eso no tendría nada de malo, alguna imagen tendría que ser la última.
Fernando bajó la vista, alicaído. Tras observarlo durante unos instantes esperando algún tipo de respuesta, el extraño se levantó y dijo:
-Decídase, Fernando, en cualquier momento su corazón se detendrá.
El extraño empezó a caminar. Tras recorrer apenas una decena de pasos se volvió, le sonrió con afecto y se alejó sin prisas apeadero adelante. Fernando notó cómo alguien le asía de la mano y miró a su diestra. Su padre, que se encontraba sentado a su lado, dijo:
-No podemos seguir esperando más la llegada del expreso, Fernandito. Si llegamos tarde, mamá se enfadará.
Padre e hijo se alejan del apeadero cogidos de la mano. Un chasquido eléctrico en la vía que se asemeja al restallo de un látigo desplegado en la distancia con enorme fuerza hace que el niño se vuelva hacia la vía.
-¡Papá, papá, ya viene el tren, espera un poco más!

 
En homenaje al actor José Bódalo.
 
 
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