Narraciones breves
Narraciones breves
 
El hombre que no podía amar
Luis de la Fuente (2018).
 

Se dirigió hacia el pasillo y observó por segunda vez el calendario. Estaba seguro de que había arrancado la hoja antes de abandonar la casa esa misma mañana y que era viernes veintiséis, sin embargo, haciéndole dudar de su cordura, la hoja intacta del día anterior se agitaba ante su vista movida por la corriente de aire cálido que se establecía entre las dos ventanas del corredor. Es cierto que cuando se realizan acciones reiteradas de manera mecánica la mente puede jugar malas pasadas, pero ¿por qué entonces recordó aquella mañana frente al calendario que era viernes, el mismo día del mes que falleció su madre justo diez años antes? ¿Qué sentido hubiese tenido recordar aquel detalle si el calendario no mostraba esa fecha para él tan luctuosa? No era la primera vez que sentía como si le hubieran añadido un día a la semana y el sábado no fuera a llegar nunca, o como si se lo hubiesen robado y la tarde del viernes se presentara antes de lo esperado, sin embargo, en esta ocasión había algo distinto. ¿Qué había cambiado? ¿Su cerebro le había comenzado a jugar malas pasadas como le sucedió a su padre cuando comenzó a tener los primeros síntomas de demencia? ¿O quizá fuese la llegada de aquella mujer aún joven cuyo rostro parecía haber sido cincelado con una precisión fuera de este mundo y con la que bajó en el ascensor por la mañana para entablar conversación y darse así a conocer? ¡Dios mío, tal era su belleza y tantos recuerdos habían aflorado en su mente al contemplarla que apenas se atrevió a levantar la vista por temor a que sus miradas se encontraran y esa preciosa ninfa de pupilas celestes pudiera leer en sus ojos la turbación que su presencia le causaba! ¿Qué edad tendría? ¿Treinta y dos? ¿Treinta y cinco años a lo sumo? Era el vivo retrato de esa actriz norteamericana que trabajó en aquella película estadounidense de dinosaurios… ¿Cómo se llamaba? ¡Qué más daba! Aquella mujer de cabellos rubios y ojos del color del mar al atardecer se había mudado al cuarto derecha de ese añejo bloque de vecinos y ocupaba ahora la casa situada justo al otro lado de la escalera, que dicho así podría parecer que les separaba si no una distancia inconmensurable sí enorme, pero eran apenas poco más de cinco metros mal medidos imbuidos en una lóbrega oscuridad que trataba inútilmente de iluminar una lámpara antigua de hierro forjado de principios del siglo pasado, colgada del techo a medio camino entre ambas puertas. En realidad, raramente utilizaba el ascensor para bajar la escalera, pero cuando la vio en el rellano esperándolo no quiso dar la impresión de querer evitar compartir con ella ese espacio diminuto de madera noble, espejo biselado y botones nacarados cuya arcaica mecánica había sido reemplazada por motores de última generación al poco de venirse abajo las Torres Gemelas de Nueva York. No dejó de escudriñarla furtivamente en el espejo de soslayo mientras descendía junto a ella el corto trayecto que les separaba del bajo. Esa mujer, más allá de su exultante belleza, tenía algo especial que no sabría definir, algo en su porte y maneras que la diferenciaba del resto. Se asomó a una de las ventanas del pasillo y escuchó el sonido del patio de vecinos, que era más bien un rumor contenido en el que deambulaban retazos de voces apenas perceptibles, descargas sordas de cisternas y sonidos de pasos y de puertas procedentes de la intimidad de las viviendas. Se acordó de la portera, que fisgoneaba a través de la cancela siempre abierta y bajaba las basuras a eso de las ocho. Y de Julia, la dentista franca y llana del segundo que añoraba la juventud perdida y lo animaba a aprovechar sus años de lozanía. Y del vecino de abajo que, al perder la vista aún joven, y tras un primer intento infructuoso, acabó con su vida dejando tras de sí a una familia destrozada. Y de Juanito, el ingeniero jubilado que fue perdiendo poco a poco la razón y se pasaba las horas esperando en el portal el regreso de entre los muertos de su amada. No sólo el vetusto bloque de vecinos de seis plantas era otro, el barrio entero había cambiado; la cafetería de siempre ya no estaba, ni tampoco el muchacho ciego que vendía lotería en la esquina y que reclamaba la atención de los viandantes con un pri, pri, pri que llegaba hasta el patio de vecinos en los calmos atardeceres de verano; la tienda de caramelos de aquellos hermanos huraños y cortos de vista que pesaban los dulces con precisión de relojero ahora era un banco, y el local que alguna vez cobijó la cestería se alquilaba. Ya no quedaba nada de aquella escena que se desarrollaba entorno a sí cuando era un crío y que desde su inocencia de infante se le antojaba interminable. Su madre no volvería a ponerle la bufanda para llevarle al colegio de la mano ni escucharía de nuevo, reconfortado, los pasos de su padre al llegar de la oficina. Tampoco oiría el teclear de las baldosas sueltas del pasillo cuando, entre agudos ladridos de gozo, su pequeña perra Chucha se dirigía a la carrera hacia la entrada para recibirle con nerviosos lametones de alegría. Aquella perra casi humana a la que aún veía deambulando medio coja cuando la vejez se le echó encima casi de golpe y a la que se vio obligado a sacrificar porque se ahogaba entre estertores. A Chucha no podía sucederle nada malo estando en su compañía, por eso irrumpió en el sueño eterno mirándole confiada, esperando quizá un nuevo paseo tras dejar atrás aquel lugar horrible al que entraba siempre entre temblores pese a las muestras de simpatía del avezado veterinario. Nunca regresó a casa con tanta tristeza y sentimiento de vacío como aquella tarde amarga en la que Chucha, ya descansando en el silencio de la muerte, quedó tumbada en la mesa de la clínica como un viejo peluche del que ya sólo restaba deshacerse. No deseaba que un mal sin solución, o la vejez, a fin de cuentas inevitable, le viese obligado a traicionar la confianza infinita puesta en él por otro ángel de cuatro patas, viéndose obligado a determinar el fin de su presencia en este mundo, y jamás volvió a adoptar a otro animal de compañía. En todo caso, él quería una muerte así, sin sufrimientos, sin dolores, sin ahogos, sin espasmos, entrar apaciblemente en un sueño sin memoria para no despertar jamás, al menos, no en este mundo. Y así lo había redactado en su testamento vital poco después de la muerte de Chucha.

Todo había cambiado, pero lo había hecho lentamente, como las olas del mar desgastan los guijarros de la playa a lo largo de los años hasta convertirlos en arena fina. Y aunque se sentía a veces como un niño, o como un adolescente enamorado, que era como en aquella tarde de finales de Mayo se sentía, el tiempo no dejaba de empujarle hacia la puerta de salida. Su cuerpo también había cambiado, pero su mente permanecía fondeada en la treintena como una boya decolorada y rota que, pese a estar a merced de la marea, permanece siempre anclada a la escollera.

 
* * * * * * * *
 
Aquella mañana de domingo se disponía a abandonar la vivienda cuando escuchó cómo su vecina recién llegada golpeaba las puertas del ascensor mientras solicitaba socorro a voz en grito en la escalera. No era la primera vez que algún vecino se había quedado encerrado en la vetusta cabina y sabía cómo proceder. Sólo tenía que introducir el mango de un cazo a través de la verja de hierro que separaba la escalera del hueco del ascensor y tirar hacia sí de la palanca que impedía la apertura de la puerta exterior para que ésta se liberase. Se trataba de un mecanismo electromecánico que ocasionalmente se trababa al no realizar el recorrido completo e impedía el desbloqueo de la puerta exterior. Nunca comprendió por qué se instaló ese obsoleto sistema que lo único que daba era problemas ni tampoco por qué después de tantos años dando fallos no se había optado por una solución más confiable. Se dirigió a la cocina, cogió el cazo sopero y se encaminó a toda prisa hacia el rellano de la escalera. Esa mujer joven de belleza extraordinaria que se encontraba encerrada en la añeja caja del elevador observó con gesto incrédulo cómo su caballero andante, armado con un cazo sopero a modo de herramienta mágica, la liberó del encierro con portentosa facilidad, y si no eran para tanto los pensamientos que pasaban por la mente de esa preciosa criatura confinada, al menos cierto asombro sí se reflejaba en su cara, lo que era mejor que nada. La mujer salió de la cabina, le agradeció la ayuda prestada y, tras mantener con él una conversación distendida relacionada con el mal funcionamiento de la puerta y no exenta de sana socarronería a costa del utensilio de cocina, se dispuso a entrar en su vivienda. Antes de hacerlo, se volvió hacia él y se presentó:
-Por cierto, me llamo Paloma.
-Yo me llamo Carlos, aunque también puedes llamarme mister cazo.
La mujer sonrió de buena gana y, antes de entrar en su vivienda y cerrar la puerta tras de sí, dijo:
-Gracias nuevamente, Carlos.
Tan pronto como el rellano de la escalera quedó en silencio se giró hacia el ascensor, cuyo espejo le devolvió la imagen de un hombre maduro de pelo cano, entradas prominentes y espalda algo encorvada. Esa era la imagen que los demás veían de él, la de un hombre solitario a punto de cumplir los sesenta que convivía con sus recuerdos entre las mismas cuatro paredes que lo vieron nacer mientras su universo propio se diluía progresivamente a medida que envejecía.

Esa noche, inducido por el lapsus del calendario en el que se vio inmerso horas antes, entró en el sueño imaginando que el ascensor de su edificio era una especie de máquina del tiempo en la que bastaba descender pisos para retroceder semanas o años en el calendario y subirlos para volver a ganarlos. En el supuesto de que, más allá de su imaginación tal entelequia fuese posible, el desplazamiento en el tiempo sólo debería afectar a la persona que hiciera uso de semejante atajo temporal, de lo contrario el salto en el tiempo afectaría a todos por igual y la máquina sería totalmente inútil. Bastaría quizá un retroceso de veinte o veinticinco años para que Paloma no lo viera como un abuelo o un padre entrado en años. Pero no sólo debería retroceder en el tiempo para que aquel encuentro fuera posible en su quimérica ensoñación, debería pergeñar las circunstancias propicias que hicieran posible el encuentro, algo que en la vida real era del todo imposible. Siempre le habían atraído las mujeres de rostros hermosos, pero la ulterior aproximación carnal, con sus rituales, olores y fluidos se interponía como una barrera densa entre él y la mujer deseada, convirtiendo lo que consideraba excelso en algo absolutamente banal. Bien sabía que esas huecas distinciones entre el amor hacia la pareja y el resto del mundo, sea hacia los amigos, hermanos, padres, hijos o animales de compañía sólo escondían elevadas dosis de hipocresía para evitar llamar a las cosas por su nombre. El amor, al igual que el odio, no se hace, se siente, es una fuerza proyectiva que emana del interior de los seres, pero en su entendimiento nunca fue posible asimilar el acto carnal como la culminación o sublimación del amor de pareja, como una suerte de triunfo tras una carrera de obstáculos. Ese encuentro íntimo implica la pérdida inmediata de libertad por parte de los sujetos implicados, que quedan tras ese acto literalmente apresados como insectos en un bloque de ámbar. El libre albedrío se quiebra y la posesión se convierte en el aglutinante de la relación. No, ciertamente Paloma no era la única mujer de rostro bellísimo con la que se había cruzado en su azarosa existencia. Ese rasgo suyo huidizo, esa aparente falta de determinación, ese deseo velado, esa insinuación a medias, esa seducción ponderada hacía revolotear a su alrededor a los individuos del sexo femenino inalcanzables para la mayoría de los hombres como falenas seducidas por la luz de un solitario farol ubicado en un callejón angosto y oscuro aparentemente lleno de secretos. Esa era su naturaleza, la que lo había conducido a lo largo de su vida a relacionarse con las mujeres más bellas y deseadas a las que, sin embargo, y con la única excepción de su primer amor de juventud, no llegó a amar del todo, al menos no en el sentido más mundano del término, pues en ningún caso mantuvo relación sexual alguna más allá de esos primeros abrazos apasionados colmados de besos sinceros que le precipitaban hacia el abismo en cuyo fondo se encontraba la resina dispuesta a atrapar su espíritu e inmovilizarlo, impidiéndole alzar el vuelo, tal vez errático, sin curso definido, sin destino ni objetivo, pero una y mil veces libre. ¡Cómo hubiese deseado ser un sujeto libertino que no diera ninguna importancia a la relación carnal y amar con plenitud a todas esas mujeres seleccionadas con la avezada agudeza de un coleccionista de joyas que sólo tiene ojos para las piezas más exquisitas e inalcanzables de engarces dorados y piedras de zafiro azul! El rostro bellísimo de Paloma lo había transportado sin ella sospecharlo a sus años postreros de juventud, y mientras descendía en el ascensor no era a Paloma a quien veía, sino a Sara, a la que todos miraban embobados preguntándose tal vez qué milagro había obrado para que una mujer de belleza tan inusual y extraordinaria se relacionase con él. A esa ninfa de cabellos dorados y ojos celestes la tuvo entre sus brazos, la besó apasionadamente, la amó con una intensidad imposible de describir con palabras y la dejó emprender el vuelo antes de que la ley no escrita de la carne convirtiera el amor en posesión y acabara siendo amalgamado por aquella mujer de belleza inigualable perdiendo la libertad y, con ella, la capacidad de dejarse seducir por otras mujeres con las que tampoco hubiese llegado a intimar, en una suerte de círculo vicioso del que jamás pudo liberarse ¿Por qué, si consideraba el sexo algo de escaso valor que podía ser adquirido por un puñado de monedas, resultaba tan determinante en una relación? ¿Por qué esos juegos íntimos, y fundamentalmente la penetración, le causaban tanto rechazo si constituían uno de esos burdos placeres mundanos por los que una buena parte de la humanidad encaminaba sus acciones hasta límites rayando a veces en lo absurdo? ¿Por qué tenía pánico a perder la libertad? ¿Por qué no podía ser, en definitiva, un hombre normal? ¿Qué le había proporcionado el más absoluto libre albedrío del que supuestamente disfrutó a lo largo de su vida que no fuera a fin de cuentas soledad en el más amplio sentido del término? Tal vez fuese un fracasado, como su padre no dejaba de repetirle hasta que la enfermedad, arrasando a un tiempo su presente y su pasado en unos pocos años, le hizo olvidar quiénes eran ambos, pero el semblante de los rostros ajenos, y el de sus padres no era una excepción, poco o nada se diferenciaba del suyo. Que sus padres se entregaron el uno al otro no cabía duda alguna; él era la prueba tangible de ello. Que hubieran sentido el goce del amor como él lo sintió en cada cruce prolongado de miradas, en el abrazo sutil de enamorado durante el cual el tiempo parece detenerse, en las caricias delicadas, en los besos suaves que se deslizan sin prisa ascendiendo de la nuca a los labios erizando la piel de los amantes y que hacen derramar lágrimas de felicidad en un éxtasis compartido, lo dudaba. Nunca percibió el menor atisbo de felicidad en la vida marital de sus padres. Nunca los vio besarse ni abrazarse. Nunca los vio amarse. Imaginarse su vida de alcoba le causaba una profunda desazón a la vez que un rechazo visceral. El amor sórdido de diez minutos que tantas veces había escuchado durante su infancia tras la puerta cerrada de aquella habitación de matrimonio a modo de golpes de ariete amortiguados y repetitivos, le repugnaba.

Aquella noche imaginó que Paloma lo abordaba en el rellano de la escalera con manifiesta preocupación preguntándole si había visto a su gato y que al invitarla a pasar a su vivienda para tratar de localizar entre los dos al precioso animalito, éste, que quizá había accedido a su piso por el balcón, se encontraba cómodamente recostado en el sofá de la sala. Imaginó que iniciaban una conversación en tono desenvuelto que de lo superfluo iba incursionando con sutileza en aspectos cada vez más íntimos, poniendo de manifiesto lo cómodos que se encontraban en su mutua compañía. Imaginó que Paloma entendía los aspectos más controvertidos de su ser sin tener que dar explicaciones y que iniciaban una relación romántica y apasionada. Carlos se giró en la cama y contempló el reflejo que le devolvía el espejo del armario de la habitación entre las lágrimas que resbalaban por su rostro, humedeciendo la almohada. El fracaso es consustancial al transcurrir del tiempo, se siente mientras la sangre recorre las venas cada vez más viejas, los músculos pierden su fuerza, la vista no alcanza, la piel se repliega y el corazón, laxo, se agota. El fracaso es la materia de la que está hecho el camino que conduce hacia la senectud y el final de la vida. Si hubiese amado sin más aspiración que la de asentarse y procrear, si hubiese sentido el pulso sexual como la mayor parte de sus congéneres masculinos tal vez sería ahora un abuelo más paseando por el barrio a sus nietos, ese hombre convencional con las inquietudes domadas al que sus padres intentaron infructuosamente dar forma a su imagen y semejanza sin sospechar que cuanto mayores eran sus esfuerzos más lo distanciaban de ellos, siendo los hacedores involuntarios de su ser inusual e incompleto. O, tal vez, fuese un divorciado tratando de enmendar inútilmente una vida rota como quien trata de unir los trozos de un papel hecho añicos. Si hubiese amado sin inquietudes ni temores, asumiendo que el amor físico constituye un componente más de la vida en pareja, grosero y burdo tal vez, pero ineludible, no hubiese existido en su vida más allá de uno o dos nombres de mujer y tendría, o tal vez hubiese tenido, una familia, pero entonces jamás hubiese llegado a conocer a Sara, la mujer educada, dulce, elegante, paciente y bellísima que tuvo entre sus brazos y dejó escapar por ese rasgo de su carácter que obró en su contra impidiéndole ser su compañero de vida. ¡Quién, si no un loco, hubiese dado la espalda a una mujer como Sara después de demostrar su interés por ella y enamorarla! Era cierto que su corazón estaba hecho de la materia con la que se erigen los sueños y sin ellos simplemente dejaba de sentir y emocionarse, dejaba de existir, era cierto que tenía un temor patológico a recorrer la misma senda que sus progenitores, pero aquella decisión de vida constituía sin ninguna duda el mayor de sus fracasos y, a medida que transcurrían los años, se tornaba más y más dolorosa. Se equivocó y no podía dar marcha atrás en el tiempo. Nada podía hacer salvo lamentarlo desde lo más hondo de su corazón cuando su pasado se abría paso en la noche como la proa de un rompehielos en un océano helado y le hacía trizas el alma partiéndola en decenas de pedazos que trataba de recomponer cada mañana para no desmoronarse al alba de los días en una tierra yerma de rastrojos que se marchitaron sin florecer en primavera.
 
 
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