Se asomó a una de las ventanas del pasillo y escuchó el sonido
del patio de vecinos, que era más bien un rumor contenido en el que deambulaban
retazos de voces apenas discernibles, descargas sordas de cisternas y sonidos
de pasos y de puertas procedentes de la intimidad de las viviendas. Se acordó
de la portera, que fisgoneaba a través de la cancela siempre abierta y bajaba
las basuras a eso de las ocho. Y de Julia, la dentista franca y llana del
segundo que añoraba la juventud perdida y lo animaba a aprovechar sus años
de lozanía. Y del vecino de abajo que, al perder la vista aún joven y tras
un primer intento infructuoso, acabó con su vida dejando tras de sí a una
familia destrozada. Y de Juanito, el ingeniero jubilado que fue perdiendo
poco a poco la razón y se pasaba las horas esperando en el portal el regreso
de entre los muertos de su amada. No sólo el vetusto bloque de vecinos de
seis plantas era otro, el barrio entero había cambiado; la cafetería de
siempre ya no estaba, ni tampoco el muchacho ciego que vendía lotería en
la esquina y que reclamaba la atención de los viandantes con un pri, pri,
pri que llegaba hasta el patio de vecinos en los calmos atardeceres de verano;
la tienda de caramelos de aquellos hermanos huraños y cortos de vista que
pesaban los dulces con precisión de relojero ahora era un banco, y el local
que alguna vez cobijó la cestería se alquilaba. Ya no quedaba nada de aquella
escena que se desarrollaba entorno a sí cuando era un crío y que desde su
inocencia de infante se le antojaba interminable. Su madre no volvería a
ponerle la bufanda para llevarle al colegio de la mano ni escucharía de
nuevo, reconfortado, los pasos de su padre al llegar de la oficina a última
hora de la tarde. Tampoco oiría el teclear de las baldosas sueltas del pasillo
cuando, entre agudos ladridos de gozo, su pequeña perra Chucha se dirigía
a la carrera hacia la entrada para recibirle con nerviosos lametones de
alegría. Aquella perra casi humana a la que aún veía deambulando medio coja
cuando la vejez se le echó encima casi de golpe y a la que se vio obligado
a sacrificar porque se ahogaba entre estertores. A Chucha no podía sucederle
nada malo estando en su compañía, por eso irrumpió en el sueño eterno mirándole
confiada, esperando quizá un nuevo paseo tras dejar atrás aquel lugar horrible
al que entraba siempre entre temblores pese a las muestras de cariño
de ese buen veterinario. Nunca regresó a casa con tanta tristeza y sentimiento
de vacío como aquella tarde amarga en la que Chucha, ya descansando en el
silencio de la muerte, quedó tumbada en la mesa de la clínica como un viejo
peluche del que ya sólo restaba deshacerse. No deseaba que un mal sin solución,
o la vejez, a fin de cuentas inevitable, le viese obligado a traicionar
la confianza infinita puesta en él por otro ángel de cuatro patas, viéndose
obligado a determinar el fin de su presencia en este mundo, y jamás volvió
a adoptar a otro animal de compañía. En todo caso, él quería una muerte
así, sin sufrimientos, sin dolores, sin ahogos, sin espasmos, entrar apaciblemente
en un sueño sin memoria para no despertar jamás, al menos, no en este mundo.
Y así lo había redactado en su testamento vital poco después de la muerte
de Chucha.
¿Qué había cambiado? ¿Su cerebro le había comenzado a jugar malas pasadas
como le sucedió a su padre cuando comenzó a tener los primeros síntomas
de demencia? ¿O quizá fuese la llegada de aquella mujer aún joven cuyo rostro
parecía haber sido cincelado con una precisión fuera de este mundo y con
la que bajó en el ascensor por la mañana para entablar conversación y darse
así a conocer? ¡Dios mío, tal era su belleza y tantos recuerdos habían aflorado
en su mente al contemplarla que apenas se atrevió a levantar la vista por
temor a que sus miradas se encontraran y esa preciosa ninfa de pupilas celestes
pudiera leer en sus ojos la turbación que su presencia le causaba! ¿Qué
edad tendría? ¿Treinta y dos? ¿Treinta y cinco años a lo sumo? Era el vivo
retrato de esa actriz norteamericana que trabajó en aquella película estadounidense
de dinosaurios… ¿Cómo se llamaba? ¡Qué más daba! Aquella mujer de cabellos
rubios y ojos cristalinos de un azul líquido se había mudado al cuarto derecha
de ese añejo bloque de vecinos y ocupaba ahora la casa situada justo al
otro lado de la escalera, que dicho así podría parecer que les separaba
si no una distancia inconmensurable sí enorme, pero eran apenas poco más
de cinco metros mal medidos imbuidos en una lóbrega oscuridad que trataba
inútilmente de iluminar una lámpara antigua de hierro forjado de principios
del siglo pasado, colgada del techo a medio camino entre ambas puertas.
En realidad, raramente utilizaba el ascensor para bajar la escalera, pero
cuando la vio en el rellano esperándolo no quiso dar la impresión de querer
evitar compartir con ella ese espacio diminuto de madera noble, espejo biselado
y botones nacarados cuya arcaica mecánica había sido reemplazada por motores
de última generación al poco de venirse abajo las Torres Gemelas de Nueva
York. No dejó de escudriñarla furtivamente en el espejo de soslayo mientras
descendía junto a ella el corto trayecto que les separaba del bajo. Esa
mujer, más allá de su exultante belleza, tenía algo especial que no sabría
definir, algo en su porte y maneras que la diferenciaba del resto.
Todo había cambiado, pero lo había hecho lentamente, como las olas del mar
desgastan los guijarros de la playa a lo largo de los años hasta convertirlos
en arena fina. Y aunque se sentía a veces como un niño, o como un adolescente
enamorado, que era como en aquella tarde de finales de mayo se sentía, el
tiempo no dejaba de empujarle hacia la puerta de salida. Su cuerpo también
había cambiado, pero su mente permanecía fondeada en la treintena como una
boya decolorada y rota que, pese a estar a merced de la marea, permanece
siempre anclada frente a la escollera.
Aquella mañana de domingo se disponía a abandonar la vivienda cuando escuchó
cómo su vecina recién llegada golpeaba las puertas del ascensor mientras
solicitaba socorro a voz en grito en la escalera. No era la primera vez
que algún vecino se había quedado encerrado en la vetusta cabina y sabía
cómo proceder. Sólo tenía que introducir el mango de un cazo a través de
la verja de hierro que separaba la escalera del hueco del ascensor y tirar
hacia sí de la palanca que impedía la apertura de la puerta exterior para
que ésta se liberase; un mecanismo electromecánico que ocasionalmente se
trababa al no realizar el recorrido completo e impedía el desbloqueo de
la puerta exterior. Nunca comprendió por qué se instaló ese obsoleto sistema
que lo único que daba era problemas ni tampoco por qué después de tantos
años dando fallos no se había optado por una solución más confiable. Se
dirigió a la cocina, cogió el cazo sopero y se encaminó a toda prisa hacia
el rellano de la escalera. Esa mujer aún joven de belleza extraordinaria
que se encontraba encerrada en la añeja caja del elevador observó con gesto
incrédulo cómo su caballero andante, armado con un cazo sopero a modo de
herramienta mágica, la liberó del encierro con portentosa facilidad, y si
no eran para tanto los pensamientos que pasaban por la mente de esa preciosa
criatura confinada, al menos cierto asombro sí se reflejaba en su cara,
lo que era mejor que nada. La mujer salió de la cabina, le agradeció la
ayuda prestada y, tras mantener con él una conversación distendida relacionada
con el mal funcionamiento de la puerta y no exenta de sana socarronería
a costa del utensilio de cocina, se dispuso a entrar en su vivienda. Antes
de hacerlo, se volvió hacia él y se presentó:
Por cierto, me llamo Paloma.
Yo me llamo Carlos, aunque también puedes llamarme mister cazo.
La mujer sonrió de buena gana y, antes de entrar en su vivienda y cerrar
la puerta tras de sí, dijo:
Gracias nuevamente, Carlos.
Tan pronto como el rellano de la escalera quedó en silencio se giró hacia
el ascensor, cuyo espejo le devolvió la imagen de un hombre maduro de pelo
cano, entradas prominentes y espalda algo encorvada. Esa era la imagen que
los demás veían de él, la de un hombre solitario a punto de cumplir los
sesenta que convivía con sus recuerdos entre las mismas cuatro paredes que
lo vieron nacer mientras su universo propio se diluía progresivamente a
medida que envejecía.
Esa noche, inducido por el incidente acaecido en la escalera, entró en el
sueño imaginando que el ascensor de su edificio era una especie de máquina
del tiempo en la que bastaba descender pisos para retroceder semanas o años
en el calendario y subirlos para volver a ganarlos. En el supuesto de que,
más allá de su imaginación tal entelequia fuese posible, el desplazamiento
en el tiempo sólo debería afectar a la persona que hiciera uso de semejante
atajo temporal, de lo contrario el salto en el tiempo afectaría a todos
por igual y la máquina sería totalmente inútil. Bastaría quizá un retroceso
de veinte o veinticinco años para que Paloma no lo viera como un abuelo
o un padre entrado en años. Pero no sólo debería retroceder en el tiempo
para que aquel encuentro fuera posible en su quimérica ensoñación, debería
pergeñar las circunstancias propicias que hicieran posible el encuentro,
algo que en la vida real era del todo imposible. Siempre le habían atraído
las mujeres de rostros hermosos, pero la ulterior aproximación carnal, con
sus rituales, olores y fluidos se interponía como una barrera densa entre
él y la mujer deseada, convirtiendo lo que consideraba sublime en algo absolutamente
banal. Bien sabía que esas huecas distinciones entre el amor hacia la pareja
y el resto del mundo, sea hacia los amigos, hermanos, padres, hijos o animales
de compañía sólo escondían elevadas dosis de hipocresía para evitar llamar
a las cosas por su nombre. El amor, al igual que el odio, no se hace, se
siente, es una fuerza proyectiva que emana del interior de los seres, pero
en su entendimiento nunca fue posible asimilar el acto carnal como la culminación
o sublimación del amor de pareja, como una suerte de triunfo tras una carrera
de obstáculos. Ese encuentro íntimo implica la pérdida inmediata de libertad
por parte de los sujetos implicados, que quedan tras ese acto literalmente
apresados como insectos en un bloque de ámbar. El libre albedrío se quiebra
y la posesión se convierte en el aglutinante de la relación. No, ciertamente
Paloma no era la única mujer de rostro bellísimo con la que se había cruzado
en su azarosa existencia. Ese rasgo suyo huidizo, esa aparente falta de
determinación, ese deseo velado, esa insinuación a medias, esa seducción
ponderada hacía revolotear a su alrededor a los individuos del sexo femenino,
inalcanzables para la mayoría de los hombres, como falenas seducidas por
la luz de un solitario farol ubicado en un callejón angosto y oscuro aparentemente
lleno de secretos. Esa era su naturaleza, la que lo había conducido a lo
largo de su vida a relacionarse con las mujeres más bellas y deseadas a
las que, sin embargo, no llegó a amar en ningún caso del todo, al menos
no en el sentido más mundano del término, pues jamás se entregó más allá
de esos primeros abrazos apasionados colmados de besos sinceros que le precipitaban
hacia el abismo en cuyo fondo se encontraba la resina dispuesta a atrapar
su espíritu e inmovilizarlo, impidiéndole alzar el vuelo, tal vez errático,
sin curso definido, sin destino ni objetivo, pero una y mil veces libre.
¡Cómo hubiese deseado ser un sujeto libertino que no diera ninguna importancia
a la relación carnal y amar con plenitud a todas esas mujeres seleccionadas
con la avezada agudeza de un coleccionista de joyas que sólo tiene ojos
para las piezas más exquisitas e inalcanzables de engarces dorados y piedras
de zafiro azul! El rostro bellísimo de Paloma lo había transportado, sin
ella sospecharlo, a sus años postreros de juventud, y mientras descendía
en el ascensor no era a Paloma a quien veía, sino a Sara, a la que todos
miraban embobados preguntándose tal vez qué milagro había obrado para que
una mujer de belleza tan inusual y extraordinaria se relacionase con él.
A esa ninfa de cabellos dorados y ojos celestes la tuvo entre sus brazos,
la besó apasionadamente, la amó con una intensidad imposible de describir
con palabras y la dejó emprender el vuelo antes de que la ley no escrita
de la carne convirtiera el amor en posesión y acabara siendo amalgamado
por aquella mujer de belleza inigualable perdiendo la libertad y, con ella,
la capacidad de dejarse seducir por otras mujeres con las que tampoco hubiese
llegado a intimar, en una suerte de círculo vicioso del que jamás pudo liberarse
¿Por qué, si consideraba el encuentro amoroso algo de escaso valor que podía
ser adquirido por un puñado de monedas, resultaba tan determinante en una
relación? ¿Por qué esos juegos íntimos le causaban tanto rechazo si constituían
uno de esos burdos placeres mundanos por los que una buena parte de la humanidad
encaminaba sus acciones hasta límites rayando a veces en lo absurdo? ¿Por
qué tenía pánico a perder la libertad? ¿Por qué no podía ser, en definitiva,
un hombre normal? ¿Qué le había proporcionado el más absoluto libre albedrío
del que supuestamente disfrutó a lo largo de su vida que no fuera a fin
de cuentas soledad en el más amplio sentido del término? Tal vez fuese un
fracasado, como su padre no dejaba de repetirle hasta que la enfermedad,
arrasando a un tiempo su presente y su pasado en unos pocos años, le hizo
olvidar quiénes eran ambos, pero el semblante de los rostros ajenos, y el
de sus padres no era una excepción, poco o nada se diferenciaba del suyo.
Que sus padres se entregaron el uno al otro no cabía duda alguna; él era
la prueba tangible de ello. Que hubieran sentido el goce del amor como él
lo sintió en cada cruce prolongado de miradas, en el abrazo sutil de enamorado
durante el cual el tiempo parece detenerse, en las caricias delicadas, en
los besos suaves que se deslizan sin prisa ascendiendo de la nuca a los
labios erizando la piel de los amantes y que hacen derramar lágrimas de
felicidad en un éxtasis compartido, lo dudaba. Nunca percibió el menor atisbo
de felicidad en la vida marital de sus padres. Nunca los vio besarse ni
abrazarse. Nunca los vio amarse. Imaginarse su vida de alcoba le causaba
una profunda desazón a la vez que un rechazo visceral. El amor sórdido de
diez minutos que tantas veces había escuchado durante su infancia tras la
puerta cerrada de aquella habitación de matrimonio, a modo de golpes de
ariete amortiguados y repetitivos, le repugnaba.
Aquella noche imaginó que Paloma lo abordaba en el rellano de la escalera
con manifiesta preocupación preguntándole si había visto a su gato y que,
al invitarla a pasar a su vivienda para tratar de localizar entre los dos
al desorientado animalito, éste, que quizá había accedido a su piso por
el balcón, se encontraba cómodamente recostado en el sofá de la sala. Imaginó
que iniciaban una conversación en tono desenvuelto que de lo superfluo incursionaba
con sutileza en aspectos cada vez más íntimos de sus leves existencias,
poniendo de manifiesto lo felices que eran juntos. Imaginó que Paloma entendía
los aspectos más controvertidos de su ser sin tener que dar explicaciones
y que iniciaban una relación romántica y apasionada a la vez. Carlos se
giró en la cama y contempló el reflejo que le devolvía el espejo del armario
de la habitación entre las lágrimas que resbalaban por su rostro y humedecían
la almohada. El fracaso es consustancial al transcurrir del tiempo, se siente
mientras la sangre recorre las venas cada vez más viejas, los músculos pierden
su fuerza, la vista no alcanza, la piel se repliega y el corazón, laxo,
se agota. El fracaso es el material con el que está revestido el
camino que conduce hacia la senectud y al final de la vida. Si hubiese amado
sin más aspiración que la de asentarse y procrear, si hubiese sentido el
pulso sexual como la mayor parte de sus congéneres masculinos tal vez sería
ahora un abuelo más paseando por el barrio a sus nietos, ese hombre convencional
con las inquietudes domadas al que sus padres intentaron infructuosamente
dar forma a su imagen y semejanza sin sospechar que cuanto mayores eran
sus esfuerzos más lo distanciaban de ellos, siendo los hacedores involuntarios
de su ser desencantado y decadente. O tal vez fuese un divorciado tratando
de enmendar inútilmente una vida rota como quien trata de unir los trozos
de un papel hecho añicos. Si hubiese amado sin inquietudes ni temores, asumiendo
que el amor carnal constituye un componente más de la vida en pareja, grosero
y burdo tal vez, pero ineludible, no hubiese existido en su vida más allá
de uno o dos nombres de mujer y tendría, o tal vez hubiese tenido, una familia,
pero entonces jamás hubiese llegado a conocer a esas maravillosas ninfas
adorables con las que temió comprometerse y que, ajenas al devenir
y sin proponérselo, le condujeron hacia Sara, la mujer educada, dulce,
elegante, paciente y bellísima que tuvo entre sus brazos y dejó escapar
por ese rasgo de su carácter que obró en su contra impidiéndole ser su compañero
de vida. ¡Quién, si no un loco, hubiese dado la espalda a una mujer tan
sublime después de demostrar su interés por ella y enamorarla! Era cierto
que su corazón estaba hecho de la materia con la que se erigen los sueños
y sin ellos simplemente dejaba de sentir y emocionarse, dejaba de existir,
era cierto que tenía un temor patológico a recorrer la misma senda que sus
progenitores, pero aquella decisión de vida constituía sin ninguna duda
el mayor de sus fracasos y, a medida que transcurrían los años, se tornaba
más y más dolorosa. Se equivocó y no podía dar marcha atrás en el tiempo.
Nada podía hacer salvo lamentarlo desde lo más hondo de su corazón cuando
su pasado se abría paso en la noche como la proa de un rompehielos en un
océano helado y le fragmentaba el alma en decenas de pedazos que trataba
en vano de recomponer cada mañana para no desmoronarse al alba de los días
en una tierra yerma cuya simiente se convirtió en rastrojos que no
florecerían en ninguna primavera.