Narraciones breves
Narraciones breves
 
Fractal
Luis de la Fuente (2018).
 

Era la segunda vez que le sucedía en dos meses. Pero en esta ocasión no había duda. La escena del accidente era la misma con la que había soñado la noche anterior. El modelo de automóvil, las personas que viajaban en su interior, las ambulancias, los tres coches de policía, la gente arremolinada, la farola caída, el cruce de la calle con la avenida e incluso el punto de vista desde el que, como testigo, presenció el terrible impacto y el desarrollo de los acontecimientos posteriores.

El primer sueño lúcido fue distinto, aunque no por su simplicidad le dejó de inquietar. Se encontraba bajando las escaleras de su vivienda porque el ascensor había dejado de funcionar. Al llegar al rellano del segundo piso se cruzó con Don Alfonso, el vecino del tercero que subía entre jadeos la escalera. Le preguntó si había presenciado el accidente, pero antes de que pudiera contestar dio un traspié en un escalón y al asirse al pasamanos para no caer escaleras abajo se despertó abruptamente.

Llevaba tres meses cuestionándose cómo era posible que aquellos dos sueños se hubiesen hecho realidad. ¿De no haber despertado en el primer sueño hubiese acabado cayendo por las escaleras? ¿Se habría despertado después de golpearse contra el suelo? ¿El sueño se hubiese prolongado para siempre hasta no despertar o simplemente podía percibir retazos del futuro en estado onírico mientras su cuerpo descansaba? ¿Aquel vecino con el que se cruzó en las escaleras le preguntó por el accidente que presenciaría en el sueño subsiguiente o se refería a otro? ¿Por qué cuando se cruzó en vigilia con Don Alfonso no lo contestó cuando le preguntó a qué accidente hacía referencia?

Su padre, que no era precisamente proclive al misticismo ni a las creencias religiosas, le comentó poco después de que su madre falleciera que tenía la certeza de que la reencarnación era una realidad, pero no como un devenir cíclico en diferentes momentos del tiempo y circunstancias, sino como un proceso fractal en el que los sucesos estaban determinados a repetirse una y otra vez hasta quedar reducidos, en un futuro inabarcable para la mente humana, a la nada, en un ciclo de eterna reiteración sin fin alguno. Cada vida, según él, se repetía un innumerable número de veces en lo que él llamaba el castigo de Sísifo. La muerte y el nacimiento se enlazaban en cada ser para vivir las mismas experiencias en los mismos lugares, con similares identidades y con las mismas personas que en las existencias anteriores. El pasado pertenecía a la historia que vivieron otros una y otra vez; lo que no se viviría formaba parte del futuro que otros habían ya vivido y repetirían tras la muerte al igual que la vida del que vivía en su presente. Su padre aclaró que se refería tanto a los cuerpos y sus fisonomías como a los acontecimientos y los lugares en los que sus vidas transcurrían. Que un hombre no sólo siempre nacería y moriría siendo un hombre sino que siempre nacería siendo el mismo para vivir los mismos hechos junto a las mismas personas hasta que, como una película que de tanto proyectarse acabara velada, no quedara rastro de ninguna existencia anterior y la entropía del universo aniquilase ese alma. Se mofaba abiertamente de los reencarnacionistas de la llamada Nueva Era y de sus manidos postulados que hacían del supuesto desarrollo de las almas durante el transcurso de sus vidas la razón del renacimiento en este mundo para vivir otra vida nueva o, a falta de dicho desarrollo, la muerte definitiva del ego. El planteamiento de su padre, sin embargo, no daba opción a nuevas vidas, a otras oportunidades en diferentes cuerpos y escenarios, a otros futuros. Todo quedaba reducido a una existencia cíclica de la que ni siquiera cada ser es consciente debido a la extinción de la memoria con la muerte. Un futuro incoherente y desesperanzador que se asemejaba a una suerte de eterno presente en un universo descarnado e infinitamente cruel.

Ni aunque la demencia senil hubiera pasado de puntillas por la mente de su padre durante sus últimos meses de vida hubiese aceptado semejante desatino por mucho que su capacidad de discurso se mantuviera relativamente intacta hasta pocas semanas antes de su fallecimiento. Aquella idea, allá por donde se encarase, le resultaba simplemente absurda, aunque no dejaba de inquietarle la insistencia con la que su padre defendía tan descabellados postulados. Quizá no le prestó la suficiente atención mientras hablaba y alguna vez se lo dijo, pero no acertaba a recordar en qué basaba esas hipótesis disparatas que acabó asumiendo como dogmas. ¿Fueron ideas propias o las dio forma tras leer un libro de algún autor iluminado mientras la enfermedad mermaba poco a poco su cordura? ¿Fue tal vez su hermano, que sobrevivió a una muerte clínica, quién le contó alguna experiencia que él malinterpretó? ¿O realmente vivió lo inefable y quedó tan abrumado que necesitó relatar a su hermano aquella supuesta experiencia? Y si fue así, ¿no se trataría de una visión de pesadilla causada por la falta de oxígeno cuando el corazón dejó de latirle y se paró?

No se habían vuelto a repetir los sueños premonitorios durante los seis meses posteriores y concluyó que aquellas dos ensoñaciones que tan grabadas habían quedado en su memoria podrían haber sido simples premoniciones, sin tener muy claro en su intelecto qué velada verdad podría esconderse tras ese término de uso habitual en las ciencias psíquicas y ocultas y que realmente tan poco aclaraba, por no decir nada. Ciertamente, y aunque esa pudiera ser la explicación, aquella noche se acostó con miedo, dejando la luz de la mesilla de noche encendida como cuando era un niño. Si su mujer, cuyo retrato observó durante unos instantes, aún viviera tendría al menos compañía y podría entrar en el sueño con mayor serenidad. Pero su cabeza no hacía otra cosa que dar vueltas. Si su padre hubiera planteado una hipótesis acertada, por muy absurda que ésta pareciese, quizá ahora estaría conociendo de nuevo a su madre en aquel colegio al que fue trasladado nada más terminar la carrera de magisterio e invitándola a salir. Tal vez estarían casándose, o concibiéndole en la intimidad de aquella casa humilde que, a duras penas y no sin estrecheces económicas, lograron adquirir y hacer suya a base de vivencias y recuerdos. Quizá estuviese en el entierro de su madre intentando mantener la compostura mientras la recordaba en su infancia anudándole al cuello la bufanda. O escuchando aquellas duras palabas del médico cuando le aconsejó despedirse de su mujer para sedarla y evitarle la agonía.

Se despertó aquella mañana, lluviosa y fría, como si hubiese dormido una eternidad, sin recordar cuál fue el último pensamiento que le condujo al sueño. Nada más levantarse se dirigió a la cocina, que olía a café recién hecho y pan tostado. Su madre le había untado mantequilla en las tostadas que había dorado directamente sobre unos de los fuegos de la cocina. Y, como hacía siempre, le dio un beso en la mejilla y los buenos días.

 
 
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